šabattum

Es sábado y ha anochecido hace poco. No hace demasiado frío ahí afuera. Tengo puesta una lavadora. Terminé un café con leche escaso y sigo con una infusión. Me pregunto por qué eBarça tiene solo un base puro en su plantilla y prácticamente ninguno impuro. Suenan campanas cuyo tañido no sé descifrar.

El poema contiene un oxímoron de primero de lógica. Pero sí, en ocasiones dan ganas de opacarse.

20-V-2013

Hemos entregado nuestra libertad.
Cada uno de nuestros gestos es vigilado;
cada uno de nuestros actos, juzgado.
Muy pronto nuestros pensamientos
serán ofrecidos en sacrificio al verdugo.
Únicamente el que esté dispuesto a permanecer solo,
invisible a las miradas, opaco al mundo,
sobrevivirá para contarlo a los hombres futuros.

Rafael Argullol

arquear

La foto es de E., que en sus múltiples viajes (primavera de este año, Varsovia) tuvo a bien regalarme esta barbaridad:


Ludwig escribe y estrena esto en el tramo final de su vida, con una sordera prácticamente total y una economía catastrófica. No puedo imaginar.


non ci sei più tu

Excelsa en lo suyo, esta versión de Guy R. La b.s.o. está aquí completa. 
De Napoleón solo a Han Solo hay un paso. Y de UNCLE a la TIA, ninguno.
El tema de Peppino es una brutalidad.



agnominando, si existiere

 rétor

Del lat. rhetor, y este del gr. ῥήτωρ rḗtōr.

1. m. Hombre que escribía o enseñaba retórica.






Cuarto solo

Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá

LA VERDAD DE ESTA VIEJA PARED

que es frío es verde que también se mueve
llama jadea grazna es halo es hielo
hilos vibran tiemblan
                      hilos
es verde estoy muriendo
es muro es mero muro es mudo mira muere

Alejandra Pizarnik


Imagino que Alejandra leía a FGL. O que los colores implican notas.

Tiene aspecto de hacer muy buen día.

ni llegaron

Por culpa de Alejandra llegué tarde al trabajo esta mañana. Ellos, los alumnos, ni llegaron. Como si fuera un poema.



explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome


Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida.)


alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va


EL CORAZÓN DE LO QUE EXISTE

No me entregues
tristísima medianoche,
al impuro mediodía blanco


Buscar

No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.

Alejandra Pizarnik

más guarnicionero que talabartero

talabartero, ra

De talabarte y -ero.

1. m. y f. Guarnicionero que hace talabartes y otros correajes.

guarnicionero, ra

De guarnición y -ero.

1. m. y f. Operario que trabaja o hace objetos de cuerocomo maletasbolsoscorreasetc.

2. m. y f. Fabricante o vendedor de guarniciones (‖ correajes que se ponen a las caballerías).

talabarte

Del occit. talabart.

1. m. Pretina o cinturónordinariamente de cueroque lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o el sable.

pretina

Del lat. *pectorīna, de pectus, -ŏris 'pecho1'.

1. f. Correa o cinta con hebilla o broche para sujetar en la cintura

ciertas prendas de ropa.

tiro2

25. m. pl. Correas pendientes de las que cuelga la espada.

when you were mine you wore an earphone

El hijo del joyero

En una clase de escritura creativa, después de que una alumna hubiera leído un texto de encargo, pregunté a uno de sus compañeros qué le había parecido. 

Me ha gustado mucho porque lo he entendido y a mí me gustan las cosas que entiendo —dijo. 

Su afirmación acerca de las virtudes de lo inteligible fue tan categórica, tan agresiva incluso, que no me atreví a replicar. Esperé a la siguiente clase para decir algo. 

¿Te gusta alguna cosa que no entiendas? —le pregunté con cautela. 

No —repitió tajante—, lo que no entiendo no me gusta. Desconecto, me voy. 

Estuve por hurgar un poco en el asunto. Pero juzgué que no era el momento. Además, no quería poner en aprietos al chico, que me caía bien; era un buen tipo. Había acudido al taller para aprender a escribir como se habla porque pretendía hacer diálogos para el cine y la televisión. 

Si quieres escribir como se habla —le dije al principio—, no me necesitas a mí. Basta con que grabes a la gente y transcribas a continuación la cinta. 

Sospecho que hay un truco —respondió él. 

El truco —le dije— consiste en otorgar a la escritura una apariencia de oralidad. 

¿Una apariencia? —dijo él. 

Una apariencia —dije yo. 

¿Significa que parezca oral, pero que no lo sea? —dijo él. 

Exactamente —dije yo. 

¿Y eso cómo se logra? —preguntó él. 

Buscándose uno la vida —respondí yo. 

Por alguna misteriosa razón, pensaba mucho en este chico. Había en él una suerte de opacidad que me resultaba conmovedora. Un día leí en el taller la primera frase de La Regenta, la novela de Clarín. 

Escuchad esto —pronuncié abriendo el libro—: “La heroica ciudad dormía la siesta”. 

Me dirigí luego al chico al que solo le gustaba lo que entendía y al que en el futuro llamaremos Pedro: 

Pedro, ¿te gusta este comienzo? 

¿Te importaría volver a leerlo? —dijo él. 

—“La heroica ciudad dormía la siesta” —repetí yo. 

Está bien —dijo él. 

¿Pero es una obra maestra? —dije yo. 

Hombre, tanto como obra maestra… —dudó él. 

A lo mejor no lo has entendido —aventuré yo. 

Sí que lo he entendido —se ofendió él—. Dice que la heroica ciudad dormía la siesta. No tiene más misterio. 

¿Y tú te imaginas a un héroe durmiendo la siesta? —pregunté yo. 

Perfectamente —dijo él. 

Ponme un ejemplo —dije yo. 

Mi padre —dijo él—. Mi padre se levanta a las tres de la madrugada, va al mercado central, compra la carne del día, la transporta hasta su puesto en el mercado del barrio, la coloca, abre la tienda, atiende a los clientes. Mi padre pesa 120 kilos. Es un gigante, no le tiene miedo a nada. Y después de comer da una cabezada en el sofá. 

¿Qué responder a eso? El heroico padre de Pedro dormía la siesta. Un día que fuimos a tomar una cerveza al terminar la clase le pregunté: 

Pedro, ¿tú me entiendes? 

No —dijo. 

¿Y te gusto como profesor? 

No —respondió sin vacilar. 

¿Por qué vienes entonces a mis clases?

Porque sabes algo sobre la construcción de los diálogos que yo no sé. 

Al día siguiente, leí en clase el comienzo de un cuento de Raymond Chandler que dice así: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Pregunté a Pedro si le parecía genial. 

Creo que sí —dijo—, creo que es muy bueno. 

¿Por qué? —pregunté yo. 

Porque da, en muy poco espacio, mucha información sobre el que habla. Nos dice que es un tipo cansado. 

¿Y crees que las personas se expresan de ese modo? 

Dudó. Me dirigí a la clase y pregunté si la gente, en la vida real, habla como los personajes en las novelas y en el cine. Los alumnos se miraron unos a otros. No era un grupo muy participativo. Saqué de mi cartera un papel donde llevaba impreso el famoso diálogo entre los dos protagonistas de Johnny Guitar: 

Él: ¿A cuántos hombres has olvidado? 

Ella: A tantos como mujeres tú recuerdas. 

Él: No te vayas. 

Ella: No me he movido. 

Él: Dime algo agradable. 

Ella: Claro, qué quieres que te diga. 

Él: Miénteme, dime que me has esperado todos estos años. Dímelo. 

Ella: Te he esperado todos estos años. 

Él: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto. 

Ella: Habría muerto si no hubieses vuelto. 

Él: Dime que aún me quieres como yo te quiero. 

Ella: Aún te quiero como tú me quieres. 

Él: Gracias, muchas gracias. 

Me volví de nuevo a la clase. Volví a preguntar si la gente hablaba así en la vida. Tuvieron que aceptar que no. Les dije que el día anterior, preparando la clase, había tropezado en Internet con una curiosa demanda. Alguien solicitaba una especie de catálogo de frases típicas de telenovela. La respuesta con más puntos citaba las siguientes: 

No soy más que una simple criada. 

¿Por qué tuve que nacer ciega? 

Hay que impedirlo a toda costa. 

Estoy esperando un hijo tuyo. 

Los alumnos rieron al reconocer el lenguaje del melodrama, muy parecido al lenguaje de la vida. La vida les hacía gracia. Pedro, en cambio, se había quedado pensativo. Me pidió que desmontara la frase con la que había comenzado todo: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Se trataba de un ejercicio, el de desmontar frases, que hacíamos a veces, y que les gustaba. Les solicité que pensaran en avenidas y en callejones. Dije que a veces uno camina por la avenida principal de una ciudad cuando le sale al paso un callejón más atractivo, en el que se introduce con la intuición de que romperá así la monotonía grandiosa, aunque previsible, de la avenida. 

Lo curioso —añadí— es que todo el mundo sabe lo que es un callejón, pero no todo el mundo sabe lo que es una oración subordinada. 

La que nos habíamos propuesto desmontar era una oración compuesta por una principal (era uno de esos hermosos días de finales de abril) y una subordinada (si a uno le importan esas cosas). La principal, les expliqué, era principal porque podría sobrevivir sin la subordinada, y la subordinada era subordinada porque carecía de sentido por sí sola. Ahora bien, añadí, la principal, pese a su capacidad de supervivencia, parecía idiota. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril” se le ocurre a cualquiera. De hecho la inteligencia de la frase residía en la subordinada (“si a uno le importan esas cosas”). Observad, les pedí, la capacidad irónica de ese callejón gramatical. Repetimos: si a uno le importan esas cosas. De súbito, y gracias a su subordinada, la frase principal, que por sí misma no valía un céntimo, adquiere una fuerza asombrosa. Bueno, estaba intentando explicarles (y explicar a Pedro en particular) lo que diferencia a la escritura creativa de la prosa común, del habla. Una frase pretenciosa, manoseada, mala (era uno de esos hermosos días de finales de abril) se convierte en buena si haces salir de ella, a modo de apéndice, un callejón inesperado (si a uno le importan esas cosas).

El lenguaje literario era en cierto modo un intruso que intentaba pasar inadvertido entre el lenguaje común. Parte de su interés, si no todo, residía en esa capacidad no ya de ser tolerado por el sistema siendo tan diferente a él, sino de confundirse con él hasta el punto de que mucha gente, como Pedro, suponía que aprender a escribir diálogos consistía en aprender a escribir como se habla. Confundía la literatura con la vida. Quería llevar su vida (su habla) a la escritura, quizá quería convertir su vida en una película. ¿Qué distingue a las frases magnéticas de las comunes? Que en su interior sucede un drama de carácter semántico. “La heroica ciudad dormía la siesta”. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril si a uno le importan esas cosas”. Por cierto, que Pedro, mi alumno del taller de escritura, era un tipo magnético, aunque de un magnetismo turbio, oscuro, un magnetismo con lagunas de opacidad. En una ocasión leí en el taller un verso de Anne Sexton que dice así: “Cuando fuiste mía llevabas un audífono”. Se rieron todos, menos Pedro. 

¿Por qué os reís? —pregunté. 

Las explicaciones fueron al principio confusas, pero poco a poco fuimos aproximándonos a la cuestión. “Cuando fuiste mía”, la oración subordinada, en este caso, carecía de interés. La sorpresa salta al leer la principal, “llevabas un audífono”. ¡Dios mío!, a quién, si no a un genio, se le ocurriría completarla de este modo. Llevabas un audífono. Cuando fuiste mía llevabas un audífono. Si ustedes escriben en Google el sintagma “cuando fuiste mía”, les salen 3.480.000 resultados. Es el primer verso de miles canciones. Pero ninguno, de entre esos millones de “cuando fuiste mía”, se completa con un “llevabas un audífono”. En este caso, la frase principal es la intrusa. ¿Qué rayos hace ahí el “llevabas un audífono”? Se enfrenta al tópico, lo destroza, lo vuelve a su favor. Engaña a la lengua, al monstruo, le hace creer que va a escribir un poema romántico, un poema idiota, un texto de todo a cien, y al dar la vuelta a la frase le da esquinazo, le cuela el “llevabas un audífono”. En resumen, “llevabas un audífono” hace antiliteratura, que es la única forma posible de hacer literatura. Un día leí en el periódico la reseña de una novela a la que el crítico calificaba de “rara”. Imaginé el caso contrario, una crítica sobre una novela cualquiera de la que se dijera que era normal. Tienen ante ustedes una novela normal. ¿Hay novelas normales? Quizá sí. Y quizá sean las que definan el gusto dominante. Las novelas normales poseen una facultad que no tiene precio: que se entienden. Se entienden, digámoslo todo, al modo en que Pedro había entendido el ejercicio de la alumna al que aludíamos al principio de estas líneas. Y no solo se entienden, sino que te entienden. Saben que estás agotado, que tienes en la cabeza mil cosas que resolver. Hay que llamar al servicio técnico del gas para que vengan a hacer la revisión anual, has de llevar el coche a la ITV y el gato al veterinario. La vida diaria está repleta de pequeñas ansiedades que dificultan la concentración. Si aún te queda un hueco para leer una novela, le pides entenderla y que te entienda, es decir, que te dé la razón. ¿Quién quiere una novela que no le dé la razón? ¿Quién quiere un poema de amor que diga que cuando fuiste mía llevabas un audífono? Cuando fuiste mía, no sé, la tormenta arreciaba, o se escuchó el canto de una alondra. Pasaron los años y un día tropecé con Pedro en la calle. Iba vestido como un ejecutivo de éxito. Intercambiamos las frases habituales, tópicas, las frases que nos ordenaba decir la lengua y que jamás se dirían los personajes de una novela. ¡Cuánto tiempo!, ¿cómo te va?, ¿vives en Madrid?, etcétera. Una vez agotado el repertorio, le pregunté si le apetecía tomar un café. 

Claro —dijo él. 

Nos metimos en un bar y continuamos intercambiando banalidades. Casi a punto de despedirnos, Pedro me apuntó con el dedo y me dijo con una sonrisa rara, una sonrisa que podía ser la imitación de una sonrisa: 

De modo que la heroica ciudad dormía la siesta. 

Sí —dije yo—, y cuando fuiste mía llevabas un audífono. 

Verás —dijo él—, entendí perfectamente, a la primera, la heroica ciudad dormía la siesta. La entendí tanto que me asustó y por eso intenté devaluarla. Mi padre no tenía una carnicería ni se levantaba a las tres de la madrugada para ir al mercado central ni pesaba 120 kilos. Mi padre no era un héroe. Mi padre tenía cinco joyerías, cinco; ahora tenemos diez porque me he incorporado yo al negocio. Y me gusta. Entonces, no. Estaba en la época de la rebeldía. No quería parecerme a mi padre. Ignoraba que escribir como se habla era un modo de parecerme a él por otra vía. Tú, sin darte cuenta, me hiciste ver que en el fondo quería ser como él. Un día dijiste en clase que se escribe desde el conflicto, que si no hay conflicto se puede escribir el código penal pero no Crimen y castigo. Yo creía que quería escribir Crimen y castigo, pero no era cierto. Me interesa más el código penal, lo entiendo mejor que Crimen y castigo. Gracias de todo corazón por abrirme los ojos. 

Me quedé perplejo. Pedro no había acudido al taller para aprender a escribir, sino para aprender a escribirse. Cada vez que abría una joyería, añadía un capítulo a su existencia. Un capítulo de un libro que entendía a la perfección, un capítulo de una novela “normal”, perfectamente inteligible. Y de esto era de lo que pretendíamos hablar desde el principio de estas líneas, de las fronteras entre lo inteligible y lo ininteligible; de los problemas de lo que entendemos y las virtudes de lo que no entendemos; de la diferencia entre hablar y ser hablado o escribir y ser escrito. Juan Benet decía que con los libros nos pasa a los seres humanos lo mismo que les pasa a los hombres con las mujeres y a las mujeres con los hombres. Desde el punto de vista del hombre, hay mujeres que nos gustan, pero que no nos interesan, y mujeres que nos interesan, pero que no nos gustan. Nos casamos cuando coinciden el interés y el gusto. Quizá sea así. En todo caso, es verdad que hay libros que nos gustan y libros que nos interesan. No podemos entregarnos solo a los que nos gustan por el mero hecho de que los entendamos. Son los que nos dan la razón, cuando lo que hay que buscar en los libros, y en los cónyuges, es que nos la quiten.

Juan José Millás

Cuando fuiste mía llevabas un audífono.

En el sofá, a media tarde, leyendo una poesía a la que no presto atención, ocupada como está mi cabeza en problemas de orden doméstico. Lo que se entiende, en fin, por una lectura mecánica, que consiste en avanzar a ciegas por la página del libro mientras te concentras realmente en otro asunto. Mañana sin falta, por ejemplo, hemos de llamar al servicio técnico del aire acondicionado porque el calor se ha echado encima de un día para otro y no hay manera de trabajar en la buhardilla. También hemos de llevar el coche a la ITV, aunque quizá convenga pasarse antes por el taller, para que lo pongan a punto y evitar viajes inútiles. La vida cotidiana está llena de ansiedades pequeñas que juegan a retirarse y a volver, como las olas; a vece suben, como la marea, y significa que tienes que ir al dentista, al entierro de un amigo o a renovar el carné de conducir.

 Parece mentira que le quede a uno tiempo para leer, incluso aunque haya aprendido a hacerlo sin enterarse, como yo ahora mismo, que devoro un poema al que no presto atención alguna hasta que tropiezo con el siguiente verso: "Cuando fuiste mía, llevabas un audífono". ¿He leído bien? Cuando fuiste mía, llevabas un audífono. De súbito, todas las alarmas de mi intelecto saltan y me concentro en el poema, como el bombero que abandona el crucigrama al escuchar la sirena. "Cuando fuiste mía, llevabas un audífono". Esto es muy serio, muy espectacular, muy genial, muy desasosegante. He aquí una de esas sorpresas que te obligan a dejarlo todo para regresar al comienzo del texto y releerlo con la atención del que se pone a escuchar una canción que hasta el momento se había limitado a oír. El poema, muy bueno, se titula Algunas cartas extrañas y es de Anne Sexton, cuyas obras completas acaba de publicar Ediciones Linteo. 

Cuando fuiste mía, llevabas un audífono. 

Joder.



Juan José Millás

Some Foreign Letters, sin traducir, está aquí. Traducido no lo he encontrado.

pájaro triste



artes

 estereotomía

De estereo- y -tomía.

1. f. Arq. Arte de cortar piedras y otros materiales para utilizarlos

en la construcción.

En la entrada que al respecto aparece en la Wiki hay una bibliografía con títulos que ya quisiera para sí la poesía:
Escala y estereotomía: El capialzado abocinado en vuelta de la puerta de la sacristía de la capilla de Junterón en la catedral de Murcia.

comes from a country far away

Me gusta la versión de Xoán Abeleira. No la he encontrado en ningún lado, así que la aporto aquí en unas rudimentarias fotografías. Aquí hay una introducción capital al contexto del poema y otra versión, para quien quiera cotejar.





TULIPS

The tulips are too excitable, it is winter here.
Look how white everything is, how quiet, how snowed-in.   
I am learning peacefulness, lying by myself quietly
As the light lies on these white walls, this bed, these hands.   
I am nobody; I have nothing to do with explosions.   
I have given my name and my day-clothes up to the nurses   
And my history to the anesthetist and my body to surgeons.

They have propped my head between the pillow and the sheet-cuff   
Like an eye between two white lids that will not shut.
Stupid pupil, it has to take everything in.
The nurses pass and pass, they are no trouble,
They pass the way gulls pass inland in their white caps,
Doing things with their hands, one just the same as another,   
So it is impossible to tell how many there are.

My body is a pebble to them, they tend it as water
Tends to the pebbles it must run over, smoothing them gently.
They bring me numbness in their bright needles, they bring me sleep.   
Now I have lost myself I am sick of baggage—
My patent leather overnight case like a black pillbox,   
My husband and child smiling out of the family photo;   
Their smiles catch onto my skin, little smiling hooks.

I have let things slip, a thirty-year-old cargo boat   
stubbornly hanging on to my name and address.
They have swabbed me clear of my loving associations.   
Scared and bare on the green plastic-pillowed trolley   
I watched my teaset, my bureaus of linen, my books   
Sink out of sight, and the water went over my head.   
I am a nun now, I have never been so pure.

I didn’t want any flowers, I only wanted
To lie with my hands turned up and be utterly empty.
How free it is, you have no idea how free—
The peacefulness is so big it dazes you,
And it asks nothing, a name tag, a few trinkets.
It is what the dead close on, finally; I imagine them   
Shutting their mouths on it, like a Communion tablet.   

The tulips are too red in the first place, they hurt me.
Even through the gift paper I could hear them breathe   
Lightly, through their white swaddlings, like an awful baby.   
Their redness talks to my wound, it corresponds.
They are subtle: they seem to float, though they weigh me down,   
Upsetting me with their sudden tongues and their color,   
A dozen red lead sinkers round my neck.

Nobody watched me before, now I am watched.   
The tulips turn to me, and the window behind me
Where once a day the light slowly widens and slowly thins,   
And I see myself, flat, ridiculous, a cut-paper shadow   
Between the eye of the sun and the eyes of the tulips,   
And I have no face, I have wanted to efface myself.   
The vivid tulips eat my oxygen.

Before they came the air was calm enough,
Coming and going, breath by breath, without any fuss.   
Then the tulips filled it up like a loud noise.
Now the air snags and eddies round them the way a river   
Snags and eddies round a sunken rust-red engine.   
They concentrate my attention, that was happy   
Playing and resting without committing itself.

The walls, also, seem to be warming themselves.
The tulips should be behind bars like dangerous animals;   
They are opening like the mouth of some great African cat,   
And I am aware of my heart: it opens and closes
Its bowl of red blooms out of sheer love of me.
The water I taste is warm and salt, like the sea,
And comes from a country far away as health.

Sylvia Plath

pero la noche parece saber

La noche
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
Alguna vez volveremos a ser.
Alejandra Pizarnik

it's either




Aquí hay algo más sobre el tema.

They say that these are not the best of timesBut they're the only times I've ever knownAnd I believe there is a time for meditationIn cathedrals of our own
Now I have seen that sad surrender in my lover's eyesAnd I can only stand apart and sympathizeFor we are always what our situations hand usIt's either sadness or euphoria
So we'll argue and we'll compromiseAnd realize that nothing's ever changedFor all our mutual experienceOur separate conclusions are the same
Now we are forced to recognize our inhumanityA reason coexists with our insanityThough we choose between reality and madnessIt's either sadness or euphoria
How thoughtlessly we dissipate our energiesPerhaps we'll help fulfill each other's fantasiesAnd as we stand upon the ledges of our lives
with our respective similaritiesIt's either sadness or euphoria

stay open

Stay open. Stay open. If your defenses come up, you’re fucked. But two vulnerable people will always find a way to connect.

noches de negruras y de lágrimas

Nocturno III

 

Una noche

Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,

Una noche

En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,

A mi lado, lentamente, contra mí ceñida toda,

Muda y pálida

Como si un presentimiento de amarguras infinitas

Hasta el más secreto fondo de tus fibras se agitara,

Por la senda que atraviesa la llanura florecida

Caminabas,

Y la luna llena 

Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca.

Y tu sombra

Fina y lánguida,

Y mi sombra

Por los rayos de la luna proyectadas

Sobre las arenas tristes

De la senda se juntaban

Y eran una

Y eran una

Y eran una sola sombra larga!

Y eran una sola sombra larga!

Y eran una sola sombra larga!

Esta noche

Solo, el alma

Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,

Separado de ti misma por la sombra, por el tiempo y la distancia,

Por el infinito negro

Donde nuestra voz no alcanza,

Solo y mudo

Por la senda caminaba.

Y se oían los ladridos de los perros a la luna,

A la luna pálida,

Y el chillido

De las ranas 

Sentí frío. Era el frío que tenían en tu alcoba

Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas

Entre las blancuras níveas

De las mortuorias sábanas.

Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,

Era el frío de la nada.

Y mi sombra

Por los rayos de la luna proyectada

Iba sola

Iba sola

Iba sola por la estepa solitaria.

Y tu sombra esbelta y ágil;

Fina y lánguida

Como en esa noche tibia de la muerta primavera,

Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,

Se acercó y marchó con ella,

Se acercó y marchó con ella,

Se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!

¡Oh las sombras que se juntan y se buscan en las noches de negruras y de lágrimas!…


José Asunción Silva.


Si alguien quiere escucharlo leído por Juan José Millás, al final del programa lo tiene: