El hombre que existió
Versión al español de Lidia Taillefer y Álvaro García
the man who was
I can't imagine
Margaret Atwood
descalzaperros
m. Contienda, revuelta, barullo.
filias y parafilias en otro cuaderno de Juan Bay
El hombre que existió
Versión al español de Lidia Taillefer y Álvaro García
the man who was
I can't imagine
Margaret Atwood
descalzaperros
m. Contienda, revuelta, barullo.
EN LA HORA PROPICIA
Raimnundo es muy, pero que muy bueno. Quien me lo envió también, lunes a mediodía.
SUNDAY NIGHT
Raymond Carver
Lamentablemente no sé quién traduce la siguiente versión:
Domingo por la noche
Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este pitillo de entre los dedos,
Esos pies en el sofá,
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.
After Violin Concerto in D minor, RV 813, by Antonio Vivaldi (formerly RV Anh. 10 attributed to Torelli)
La columna, de este viernes pasado, no es de mis preferidas literariamente hablando. Sin embargo, coincido tanto con su tercer párrafo.
Permanecer atentos
Hay días en los que uno se
levanta necesitando desesperadamente que ocurra algo bueno. Algo bueno, aunque
se trate de algo bueno pequeño, de algo bueno normal, de algo bueno doméstico.
Dios mío, si me sintonizas, envíame algo bueno. ¿Nos sintoniza Dios como
sintonizamos nosotros una emisora de radio? ¿Mueve Dios un dial por el que un
día escucha a Àngels Barceló y otro a Carlos Herrera? Ahí estoy yo también, en
todo caso, pidiéndole algo, no un milagro, no una intervención grandiosa, sino
un gesto, un guiño, un destello, una disculpa. Y me pregunto si la señal le
llega distorsionada, como cuando las emisoras de radio se mezclan entre sí y no
sabes si hablan a favor de Ucrania o en su contra.
Aun así, sigo
pidiendo. Cuanto
más ateo me vuelvo más pido, aunque sospeche que nadie se encuentra al otro
lado. Porque uno pide incluso cuando sabe que es uno mismo quien debe
conseguirse ese algo bueno. Permanecemos aferrados a aquella parte de la
infancia en la que el mundo podía transformarse en un instante por la aparición
de un regalo inesperado del Ratoncito Pérez, de una palabra de reconocimiento
del profesor de Lengua, de la luz que entraba por la ventana el día de Reyes.
Quizá lo que esperamos es la
confirmación de que no estamos completamente solos en el interior de nuestra
cabeza. Que hay un orden secreto, una coreografía mínima, un pacto silencioso
entre lo que pensamos y lo que sucede. Un pacto que a veces se cumple y a veces
no, como ocurre con las señales de radio cuando el viento cambia de dirección y
se mueve la antena. Me gusta creer que lo bueno que pedimos no siempre llega en
el envoltorio imaginado. Que a veces se disfraza de rutina, de una conversación
trivial, de una sonrisa que aparece donde no la esperabas. Y que, si existiera
ese Dios radiófilo, tal vez nos revelaría que la oración más eficaz es la que
emitimos cuando dejamos de suplicar y empezamos, simplemente, a permanecer
atentos.
Juan José Millás