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pasos

No sólo Jaime intertextualiza. En este poema, Javier coge dos de Alfredo Costafreda. Esos dos los adelanté aquí hace unos días. Alfredo, por cierto, era de la generación y grupo de Jaime, Barral, Goytisolo y compañía. Pero era el patito feo. Yo lo descubrí por este poema. Desde entonces me acompaña.

Posible vida malograda

Sólo un sueño quizá, pero puedo sentirlo
con una intensidad desconcertante:
es invierno, un invierno durísimo. Está solo,
lejos de los amigos de la infancia, de la ciudad que un día
sintió como una soga, del sueño que alumbró
un futuro distinto y literario. Ya no puede mentirse,
y este descubrimiento -como un disparo súbito,
como un perro maltrecho en mitad de la calle-
lo obliga a detenerse. Más de cuarenta inviernos
puedo contar aquí. Vienen a su memoria, muy despacio,
los versos de un poeta  que no supo vivir
del lado del fracaso, el día a día
de la resignación y la vergüenza,
quebrado el asidero de la fe en sus palabras.
Su cercanía alumbra un hecho indiscutible:
el cansancio es a veces un punto sin retorno.

El hombre está parado en mitad de la acera.
Es un invierno duro en la edad más difícil,
en la ciudad de su desolación.
Vida tan malograda no debiera contarse,
pero todo, al final, es materia de olvido
y poco importa que la cuenten,
lo que piensen los otros, el modo en que la expliquen.
El hombre mira su reloj. Las agujas señalan
la hora que el destino fijó para su golpe,
el frío concluyente de la tarde,
la quijada feroz del abandono.

Quizás mis pasos, hoy, me llevan a ese hombre,
a la ciudad fatal de los suicidas,
al puerto del que nunca zarparon barcos
si no es para incendiarse.
Yo podría llamarme Costafreda.

Javier Cánaves.

Celalba

Soneto 46 de Góngora, escrito en 1596. Construido sobre la base de una crecida calamitosa del Guadalquivir, el poema habla de otro asunto. El primer y el último verso nos lo muestran. A Jaime no se le escapó el soneto, faltaría más, y lo usó de cita en su De senectute, así como lo intertextualizó en el penúltimo verso. Pero eso, otro día. Hoy con Celalba vamos servidos.

Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:
cascarse nubes, desbocarse vientos,
altas torres besar sus fundamentos
y vomitar la tierra sus entrañas;

duras puentes romper, cual tiernas cañas,
arroyos prodigiosos, ríos violentos,
mal vadeados de los pensamientos
y enfrenados peor de las montañas;

los días de Noé, gentes subidas
en los más altos pinos levantados,
en las robustas hayas más crecidas.

Pastores, perros, chozas y ganados
sobre las aguas vi, sin forma y vidas,
y nada temí más que mis cuidados.

a propósito de su torre abolida

En el reino de la Poesía cada poema es una torre que se yergue a instancias secretas para ser habitada por un príncipe (¿el poeta, nosotros, alguien que vendrá?) Ese príncipe sabe que sobre el discurrir profuso de lo cotidiano, de lo abismante de las cosas, la máxima certeza es el desconsuelo felizmente asumido, sabe que los poemas al ser torres próximas a derrumbarse, son en sí la interrogación permanente que no necesita o busca respuestas fidedignas, sino el goce de formular esas mismas preguntas con el mayor sentimiento y perfección posibles.


Ismael Gavilán

las horas

Sucede a veces que de A se puede pasar a B no porque uno crea que hay una conexión, sino porque la conexión no depende de la creencia subjetiva del espectador, sino de la deliberada intención del creador. Esto Jaime lo hacía mucho; de hecho, diría que construía A con una suma de B, C, D y lo que se le ocurriese. Siempre B, C, D, etc eran de alto calado y, también siempre, A quedaba limpia como si la suma que albergaba en su interior no atendiese a reglas matemáticas elementales, como si de resultas de sumar dos más dos diese cinco. Cuando los demás copiaban, él intertextualizaba lo más fino que había dado la poesía inglesa, la francesa, la clásica, hasta abrumar en cada frase, en cada posible evocación, si uno pretendía seguir el hilo hacia atrás; y hasta deleitar, claro, con su simple lectura.

Tratar en un cuaderno como este de tirar del hilo es un asunto de una laboriosidad mayor, pero con paciencia y osadía lo haré de cuando en cuando, como lo he hecho con las traducciones de algunos poemas escritos en inglés. Voy a empezar por uno que me ronda desde hace tiempo, bello hasta el dolor, y que me llevará varias entradas:

PRÍNCIPE DE AQUITANIA, EN SU TORRE ABOLIDA 

Una clara conciencia de lo que ha perdido,
es lo que le consuela. Se levanta
cada mañana a fallecer, discurre por estancias
en donde sórdamente duele el tiempo
que se detuvo, la herida mal cerrada.
Dura en ningún lugar este otro mundo,
y vuelve por la noche en las paradas
del sueño fatigoso... Reino suyo
dorado, cuántas veces
por él pregunta en la mitad del día,
con el temor de olvidar algo!
Las horas, largo viaje desabrido.
La historia es un instante preferido,
un tesoro en imágenes, que él guarda
para su necesaria consulta con la muerte.
Y el final de la historia es esta pausa.

Jaime Gil de Biedma