Mostrando entradas con la etiqueta Los perros románticos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los perros románticos. Mostrar todas las entradas

el sueño de la torre

RAYOS X

Si miramos con rayos X la casa del paciente
veremos los fantasmas de los libros en estanterías silenciosas
o apilados en el pasillo o sobre veladores y mesas.
También veremos una libreta con dibujos, líneas y flechas
que divergen y se intersecan: son los viajes en compañía
de la muerte. Pero la muerte, pese al soberbio aide- mémoire,
aun no ha triunfado. Los rayos X nos dicen que el tiempo
se ensancha y adelgaza como la cola de un cometa
en el interior de la casa. La vida aún da los mejores
frutos. Y así como el mar prometió a Jaufré Rudel
la visión del amor, esta casa cercana al mar promete
a su habitante el sueño de la torre destruida y construida.
Si miramos, no obstante, con rayos X el interior del hombre
veremos huesos y sombras: fantasmas de fiestas
y paisajes en movimiento como contemplados desde un avión
en barrena. Veremos los ojos que él vio, los labios
que sus dedos rozaron, un cuerpo surgido
de un temporal de nieve. Y veremos el cuerpo desnudo
tal como él lo vio, y los ojos y los labios que rozó,
y sabremos que no hay remedio.

Roberto Bolaño

fría pero amable

LA SUERTE

Él venía de una semana de trabajo en el campo
en casa de un hijo de puta y era diciembre o enero,
no lo recuerdo, pero hacía frío y al llegar a Barcelona la nieve
comenzó a caer y él tomó el metro y llegó hasta la esquina
de la casa de su amiga y la llamó por teléfono para que
bajara y viera la nieve. Una noche hermosa, sin duda,
y su amiga lo invitó a tomar café y luego hicieron el amor
y conversaron y mucho después él se quedó dormido y soñó
que llegaba a una casa en el campo y caía la nieve
detrás de la casa, detrás de las montañas, caía la nieve
y él se encontraba atrapado en el valle y llamaba por teléfono
a su amiga y la voz fría (¡fría pero amable!) le decía
que de ese hoyo inmaculado no salía ni el mas valiente
a menos que tuviera mucha suerte.

Roberto Bolaño

no puedes perderte

LLUVIA

Llueve y tú dices es como si las nubes
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras
el paso. ¿Cómo si esas nubes escuálidas lloraran?
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia,
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?
La naturaleza oculta algunos de sus procedimientos
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde
que consideras similar a una tarde del fin del mundo
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos
que resuenan en el camino del acantilado importan.
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.

Roberto Bolaño

John Wiltshire


EL SEÑOR WILTSHIRE

Todo ha terminado, dice la voz del sueño, y ahora eres el reflejo
de aquel señor Wiltshire, comerciante de copra en los mares del sur,
el blanco que desposó a Uma, que tuvo muchos hijos,
el que mató a Case y el que jamás volvió a Inglaterra,
eres como el cojo a quien el amor convirtió en héroe:
nunca regresarás a tu tierra (¿pero cuál es tu tierra?),
nunca serás un hombre sabio, vaya, ni siquiera un hombre
razonablemente inteligente, pero el amor y tu sangre
te hicieron dar un paso, incierto pero necesario, en medio
de la noche, y el amor que guio ese paso te salva.

Roberto Bolaño

John Wiltshire y su trama están aquí. El relato completo, aquí.

a tus ojos me fiaré

LA GRIEGA

Vimos a una mujer morena construir el acantilado.
No más de un segundo, como alanceada por el sol. Como
los párpados heridos del dios, el niño premeditado
de nuestra playa infinita. La griega, la griega,
repetían las putas del Mediterráneo, la brisa
magistral: la que se autodirige, como una falange
de estatuas de mármol, veteadas de sangre y voluntad,
como un plan diabólico y risueño sostenido por el cielo
y por tus ojos. Renegada de las ciudades y de la República,
cuando crea que todo está perdido a tus ojos me fiaré.
Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil
que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.

alancear
 
1. tr. Dar lanzadas.
2. tr. desus. zaherir.

Satie en su estudio

LOS CREPÚSCULOS DE BARCELONA

Qué decir sobre los crepúsculos ahogados de Barcelona. ¿Recordáis
el cuadro de Rusiñol Erik Satie en el seu estudi? Así
son los crepúsculos magnéticos de Barcelona, como los ojos y la
cabellera de Satie, como las manos de Satie y como la simpatía
de Rusiñol. Crepúsculos habitados por siluetas soberanas, magnificencia
del sol y del mar sobre estas viviendas colgantes o subterráneas
para el amor construidas. La ciudad de Sara Gibert y de Lola Paniagua,
la ciudad de las estelas y de las confidencias absolutamente gratuitas.
la ciudad de las genuflexiones y de los cordeles.

LOLA PANIAGUA

Contra ti he intentado irme alejarme
la clausura requería velocidad
pero finalmente eras tú la que abría la puerta.

Estabas en cualquier cosa que pudiera
caminar llorar caerse al pozo
y desde la claridad me preguntabas por mi salud.

Estoy mal Lola casi no sueño.

Roberto Bolaño

Respecto a Lola:
Ella era una recién licenciada en Química que un día de 1977 recaló en Barcelona desde Hospitalet.

Y de Sara, pues aquí y aquí.

entre ambas indefensiones

LAS ENFERMERAS

Una estela de enfermeras emprenden el regreso a casa. Protegido
por mis polaroid las observo ir y volver.
Ellas están protegidas por el crepúsculo.
Una estela de enfermeras y una estela de alacranes.
Van y vienen.
¿A las siete de la tarde? ¿A las ocho
de la tarde?
A veces alguna levanta la mano y me saluda. Luego alcanza
su coche, sin volverse, y desaparece
protegida por el crepúsculo corno yo por mis polaroid.
Entre ambas indefensiones está el jarrón de Poe.
El florero sin fondo que contiene todos los crepúsculos,
todos los lentes negros, todos
los hospitales.

Roberto Bolaño

nieve, dijo

PALINGENESIA

Estaba conversando con Archibald MacLeish en el bar «Los Marinos»
de la Barceloneta cuando la vi aparecer, una estatua de yeso
caminando penosamente sobre los adoquines. Mi interlocutor
también la vio y envió a un mozo a buscarla. Durante los primeros
minutos ella no dijo una palabra. MacLeish pidió consomé y tapas
de Mariscos, pan de payés con tomate y aceite, y cerveza San Miguel.
Yo me conformé con una infusión de manzanilla y rodajas de pan
integral. Debía cuidarme, dije. Entonces ella se decidió a hablar:
Los bárbaros avanzan, susurró melodiosamente, una masa disforme,
grávida de aullidos y juramentos, una larga noche manteada
para iluminar el matrimonio de los músculos y la grasa. Luego
su voz se apagó y dedicóse a ingerir las viandas. Una mujer Hambrienta y hermosa, dijo
MacLeish, una tentación irresistible
para dos poetas, si bien de diferentes lenguas, del mismo indómito
Nuevo Mundo. Le di la razón sin entender del todos sus palabras
y cerré los ojos. Cuando desperté MacLeish se había ido. La estatua
estaba allí, en la calle, sus restos esparcidos entre la irregular
acera y los viejos adoquines. El cielo, horas antes azul, se había vuelto
negro como un rencor insuperable. Va a llover, dijo un niño
descalzo, temblando sin motivo aparente. Nos miramos un rato:
con el dedo indicó los trozos de yeso en el suelo. Nieve, dijo.
No tiembles, respondí, no ocurrirá nada, la pesadilla, aunque cercana,
ha pasado sin apenas tocamos.

Roberto Bolaño

palingenesia
Del lat. mediev. palingenesia, y este del gr. παλιγγενεσία palingenesía.

1. f. Regeneraciónrenacimiento de los seres.

química pura

Qué bien hecho lo de Dino, de veras, pero qué bien trazado. Sibilla incluida, que para qué iba a llamarse de otro modo. No se le escapa una a Roberto.


DINO CAMPANA REVISA SU BIOGRAFÍA EN EL PSIQUIÁTRICO DE CASTEL PULCI

Servía para la química, para la química pura.
Pero preferí ser un vagabundo.
Vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta.
Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho.
Decían que no estaba bien de la cabeza .
Tomé trenes y barcos, recorrí la tierra de los justos
en la hora más temprana y con la gente más humilde:
gitanos y feriantes.
Me despertaba temprano o no dormía. En la hora
en que la niebla aún no ha despejado
y los fantasmas guardianes del sueño avisan inútilmente.
Oí los avisos y las alertas pero no supe descifrarlos.
No iban dirigidos a mí sino a los que dormían,
pero no supe descifrarlos.
Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas
extranjeras oí adonde quiera que fuese.
Ejercí los oficios más bajos.
Recorrí la Argentina y toda Europa en la hora en que todos
duermen y los fantasmas guardianes del sueño aparecen.
Pero guardaban el sueño de los otros y no supe
descifrar sus mensajes urgentes.
Fragmentos tal vez sí, y por eso visité los manicomios
y las cárceles. Fragmentos,
sílabas quemantes.
No creí en la posteridad, aunque a veces
creí en la Quimera.
Servía para la química, para la química pura.

Roberto Bolaño

nunca estuvo esto tan solo

Por fin llueve el agua contenida durante estos días.
Se oye aparato eléctrico.
Dormí ocho horas seguidas.
No me extraña lo de Roberto en el bar, malherido o no.

VERSOS DE JUAN RAMÓN

Malherido en un bar que podía ser o podía no ser mi victoria,
como un charro mexicano de finos bigotes negros
y traje de paño con recamados de plata, sentencié
sin mayores reflexiones la pena de la lengua española. No hay
poeta mayor que Juan Ramón Jiménez, dije, ni versos más altos
en la lírica goda del siglo XX que estos que a continuación recito:
Mare, me jeché arena zobre la quemaúra.
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca
ejtubo esto tan zolo! Laj yama me comían,
mare, y yo te yamaba, y tú nunca benía!
Después permanecí en silencio, hundido de quijada en mis fantasmas,
pensando en Juan Ramón y pensando en las islas que se hinchan,
que se juntan, que se separan.
Como un charro mexicano del infierno, dijo horas o días más tarde
la mujer con la que vivía. Es posible.
Como un charro mexicano de carbón
entre la legión de inocentes. 

Roberto Bolaño

LA CARBONERILLA QUEMADA 

En la siesta de julio, ascua violenta y ciega, 
prendió el horno las ropas de la niña. La arena 
quemaba cual con fiebre; dolían las cigarras; 
el cielo era igual que de plata calcinada. 

...Con la tarde, volvió –¡anda, potro!– la madre. 

El pinar se reía. El cielo era de esmalte 
violeta. La brisa renovaba la vida...   

La niña, rosa y negra, moría en carne viva. 
Todo le lastimaba. El roce de los besos, 
el roce de los ojos, el aire alegre y bello: 
— «Mare, me jeché arena zobre la quemaúra. 
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca 
ejtubo ejto tan zolo! Laj yama me comían, 
mare, y yo te yamaba, y tú nunca benía!» 
    
Por el camino –¡largo! –, sobre el potrillo rojo, 
murió la niña. Abiertos, espantados, sus ojos 
eran como raíces secas de las estrellas. 
La brisa jugueteaba, ensombrecida y fresca. 
Corría el agua por el lado del camino. 
Ondulaba la yerba. Trotaban los pollinos, 
oyendo ya los gritos de los niños del pueblo...     

Dios estaba bañándose en su azul de luceros.

Juan Ramón Jiménez

públicos y secretos

GODZILLA EN MÉXICO

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían
sobre la ciudad de México
pero nadie se daba cuenta.
El aire llevó el veneno a través
de las calles y las ventanas abiertas.
Tú acababas de comer y veías en la tele
los dibujos animados.
Yo leía en la habitación de al lado
cuando supe que íbamos a morir.
Pese al mareo y las náuseas me arrastré
hasta el comedor y te encontré en el suelo.
Nos abrazamos. Me preguntaste qué pasaba
y yo no dije que estábamos en el programa de la muerte
sino que íbamos a iniciar un viaje,
uno más, juntos, y que no tuvieras miedo.
Al marcharse, la muerte ni siquiera
nos cerró los ojos.
¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después,
¿hormigas, abejas, cifras equivocadas
en la gran sopa podrida del azar?
Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros,
héroes públicos y secretos.

Roberto Bolaño

sangre semen sudor lágrimas

Quizás sea el día, el bochorno húmedo desde el amanecer, el agua que no rompe, Kafka persiguiéndome en un castillo del que ni él ni podemos salir. Quizás sea el cansancio, el sueño pegajoso, el dolor de las articulaciones, las derrotas que se presentan con traje nuevo recién planchado, como si fueran otras. Quizás ninguno de los tres, de los cuatro porque me incluyo, esté llorando, pero hoy quizás sea este poema el definitivo, el poema hasta ahora de todos los perros románticos, de todos los detectives salvajes suicidas en la noche de Roberto.
También hoy aquí atardece con una lentitud inaudita, desde ayer diría yo, desde hace unas semanas que no termina de atardecer.

LA VISITA AL CONVALECIENTE

Es 1976 y la Revolución ha sido derrotada
pero aún no lo sabemos.
Tenemos 22, 23 años.
Mario Santiago y yo caminamos por una calle en blanco y negro.
Al final de la calle, en una vecindad escapada de una película de los años cincuenta está la casa de los padres de Darío Galicia.
Es el año 1976 y a Darío Galicia le han trepanado el cerebro.
Está vivo, la Revolución ha sido derrotada, el día es bonito
pese a los nubarrones que avanzan lentamente desde el norte cruzando el valle.
Darío nos recibe recostado en un diván.
Pero antes hablamos con sus padres, dos personas ya mayores,
el señor y la señora Ardilla que contemplan cómo el bosque
se quema desde una rama verde suspendida en el sueño.
Y la madre nos mira y no nos ve o ve cosas de nosotros que nosotros no sabemos.
Es 1976 y aunque todas las puertas parecen abiertas,
de hecho, si prestáramos atención, podríamos oír cómo
una a una las puertas se cierran.
Las puertas: secciones de metal, planchas de acero reforzado, una a una se van cerrando en la película del infinito.
Pero nosotros tenemos 22 o 23 años y el infinito no nos asusta.
A Darío Galicia le han trepanado el cerebro, ¡dos veces!,
y uno de los aneurismas se le reventó en medio del Sueño.
Los amigos dicen que ha perdido la memoria.
Así, pues, Mario y yo nos abrimos paso entre películas mexicanas de los cuarenta
y llegamos hasta sus manos flacas que reposan sobre las rodillas en un gesto de plácida espera.
Es 1976 y es México y los amigos dicen que Darío lo ha olvidado todo, incluso su propia
homosexualidad.
Y el padre de Darío dice que no hay mal que por bien no venga.
Y afuera llueve a cántaros:
en el patio de la vecindad la lluvia barre las escaleras
y los pasillos
y se desliza por los rostros de Tin Tan, Resortes y Calambres
que velan en la semi transparencia el año de 1976.
Y Darío comienza a hablar. Está emocionado.
Está contento de que lo hayamos ido a visitar.
Su voz como la de un pájaro: aguda, otra voz,
como si le hubieran hecho algo en las cuerdas vocales.
Ya le crece el pelo pero aún pueden verse las cicatrices de la trepanación.
Estoy bien, dice.
A veces el sueño es tan monótono.
Rincones, regiones desconocidas, pero del mismo sueño.
Naturalmente no ha olvidado que es homosexual (nos reímos),
como tampoco ha olvidado respirar.
Estuve a punto de morir, dice después de pensarlo mucho.
Por un momento creemos que va a llorar.
Pero no es él el que llora.
Tampoco es Mario ni yo.
Sin embargo alguien llora mientras atardece con una lentitud inaudita.
Y Darío dice: el pire definitivo y habla de Vera que estuvo con él en el hospital y de
otros rostros que Mario y yo no conocemos y que ahora él tampoco reconoce.
El pire en blanco y negro de las películas de los cuarenta-cincuenta.
Pedro Infante y Tony Aguilar vestidos de policías
recorriendo en sus motos el atardecer infinito de México.
Y alguien llora pero no somos nosotros.
Si escucháramos con atención podríamos oír los portazos de la historia o del destino.
Pero nosotros sólo escuchamos los hipos de alguien que llora
en alguna parte.
Y Mario se pone a leer poemas.
Le lee poemas a Darío, la voz de Mario tan hermosa mientras afuera cae la lluvia,
y Darío susurra que le gustan los poetas franceses.
Poetas que sólo él y Mario y yo conocemos.
Muchachos de la entonces inimaginable ciudad de París con los ojos enrojecidos por el
suicidio.
¡Cuánto le gustan!
Como a mí me gustaban las calles de México en 1968.
Tenía entonces quince años y acababa de llegar.
Era un emigrante de quince años pero las calles de México lo primero que me dicen es
que allí todos somos emigrantes, emigrantes del Espíritu.
Ah, las hermosas, las nunca demasiado ponderadas, las terribles
calles de México colgando del abismo
mientras las demás ciudades del mundo
se hunden en lo uniforme y silencioso.
Y los muchachos, los valientes muchachos homosexuales estampados como santos
fosforescentes en todos estos años, desde 1968 hasta 1976.
Como en un túnel del tiempo, el hoyo que aparece donde menos te lo esperas,
el hoyo metafísico de los adolescentes maricas que se enfrentan
−¡más valientes que nadie!− a la poesía y a la adversidad.
Pero es el año 1976 y la cabeza de Darío Galicia tiene las marcas indelebles de una
trepanación.
Es el año previo de los adioses
que avanza como un enorme pájaro drogado
por los callejones sin salida de una vecindad
detenida en el tiempo.
Como un río de negra orina que circunvala la arteria principal de México,
río hablado y navegado por las ratas negras de Chapultepec,
río-palabra, el anillo líquido de las vecindades perdidas en el tiempo.
Y aunque la voz de Mario y la actual voz de Darío
aguda como la de un dibujo animado
llenen de calidez nuestro aire adverso,
yo sé que en las imágenes que nos contemplan con anticipada piedad,
en los iconos transparentes de la pasión mexicana,
se agazapan la gran advertencia y el gran perdón,
aquello innombrable, parte del sueño, que muchos años después
llamaremos con nombres varios que significan derrota.
La derrota de la poesía verdadera, la que nosotros escribimos con sangre.
Y semen y sudor, dice Darío.
Y lágrimas, dice Mario.
Aunque ninguno de los tres está llorando.

Roberto Bolaño

y ya no pides nada, sólo a Edna

EL FANTASMA DE EDNA LIEBERMAN

Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿ y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.

Roberto Bolaño

Eurídice en las llamas de san Juan

FRAGMENTOS

Detective abrumado ... Ciudades extranjeras
con teatros de nombres griegos
los muchachos mallorquines se suicidaron
en el balcón a las cuatro de la mañana
las chicas se asomaron al oír el primer disparo
Dionisios Apolo Venus Hércules...
Con variedad El amanecer
sobre los edificios alineados
Un tipo que escucha las noticias dentro del coche
y la lluvia repiquetea sobre la carrocería
Orfeo...

Roberto Bolaño

qué es un espejo convexo

LOS DETECTIVES HELADOS

Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos
que intentaban mantener los ojos abiertos
en medio del sueño.
Soñé con crímenes horribles
y con tipos cuidadosos
que procuraban no pisar los charcos de sangre
y al mismo tiempo abarcar con una sola mirada
el escenario del crimen.
Soñé con detectives perdidos
nuestra época, nuestras perspectivas,
nuestros modelos del Espanto.

Roberto Bolaño

la amnesia no es elegible

LOS DETECTIVES PERDIDOS

Los detectives perdidos en la ciudad oscura.
Oí sus gemidos.
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud.
Una voz que avanza como una flecha.
Sombra de cafés y parques
frecuentados en la adolescencia.
Los detectives que observan
sus manos abiertas,
el destino manchado con la propia sangre.
Y tú no puedes ni siquiera recordar
en dónde estuvo la herida,
los rostros que una vez amaste,
la mujer que te salvó la vida.

Roberto Bolaño