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le daba solo en la mitad

El sol de la tarde

Este cuarto ¡que bien me lo conozco!
Ahora lo alquilan, junto con el de al lado,
para oficinas comerciales. Toda la casa
transformada en oficinas de intermediarios,
y de comerciantes, en Compañías.

¡Ay, este cuarto, qué familiar me es!

Aquí, junto a la puerta, estaba el sofá;
delante de él la alfombra turca;
cerca el estante con dos jarrones amarillos.
A la derecha, no, enfrente un armario de luna.
En el centro la mesa en que escribía,
y tres sillas de paja, grandes.
Y junto a la ventana aquella cama
en la que nos amamos tantas veces.

En algún sitio estarán aún los pobres.

Y junto a la ventana aquella cama;
el sol de la tarde le daba solo en la mitad.

… Una tarde, a las cuatro, nos habíamos separado
por una semana solamente… ¡Ay!,
la semana aquella ha sido para siempre.

C. Kavafis.
Traducción de Ramón Irigoyen.

sin noticias de

Me la encontré anoche en un poema de Constantino. Qué ignorancia la mía.

ignaro, ra
Del lat. ignārus.
1. adj. Que no tiene noticia de las cosas.

Traducción de Ramón Irigoyen:



Héctor, Troilo y demás parentela

Tres versiones de Troyanos. De la última desconozco la autoría. 

Desventurados son nuestros esfuerzos;
inútiles como aquellos de los troyanos.
Conseguimos un pequeño éxito; ganamos
un poco de confianza; y la esperanza
y el valor renacen.
Mas siempre algo sucede que nos frustra.
Aquiles surge de la tumba ante nosotros
y acobardan sus gritos nuestros ánimos.

Nuestros esfuerzos son como los de los troyanos.
Pensamos que con decisión y con audacia
podríamos cambiar el curso del destino,
y miramos fuera al campo de batalla.

Mas cuando el momento supremo llega,
audacia y decisión se desvanecen;
se turba y paraliza nuestra alma;
y alrededor corremos de los muros
buscando salvación en la huida.

Sin embargo qué cierta es la derrota. Arriba,
en las murallas, ha empezado ya la elegía.
Llora la memoria y la pasión de nuestros días.
Amargamente Príamo y Écuba lloran por nosotros.

Sobre lo expresado en la Ilíada por Homero, Kavafis parece prestar particular interés a Héctor y su desesperación. Notabilísimo artificio (N.del T.) 
Traducción José Maria Alvarez

Nuestros esfuerzos son desventurados
y parecen esfuerzos de troyanos.
Apenas comenzamos a tener algo,
a sacar fuerzas de nuestra debilidad,
a hacernos casi audaces y esperanzados,
el infortunio llega siempre a frenarnos:
Salta Aquiles del foso ante nosotros
y su grito brutal nos acobarda.

Nuestro esfuerzo parece de troyanos.
Confiamos en vencer a la adversidad,
nos mostramos valientes y decididos
y salimos dispuestos a la batalla.
Pero al llegar la hora verdadera
resolución y audacia se disuelven.
Nuestro ánimo vacila, se derrumba
y corriendo volvemos a las murallas.

Se consumó el desastre. En las almenas
los cantos funerales han empezado.
Llanto amargo de Hécuba y de Príamo,
lamentable recuerdo de nuestros días.

Traducción de José Emilio Pacheco

Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.-
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.
Lloran sentimientos y recuerdos de nuestros días.
Amargamente por nosotros Príamo y Hécuba lloran.

Respecto a Héctor y su visión, a la que alude J. M. Álvarez, aquí podemos empezar.
Nosotros podemos ser Troya tomada o Troilo, por citar lo más evidente. Nosotros podemos ser la inexorable derrota, la pérdida inevitable, el deceso del hijo a manos del invasor, la nada cotidiana bajo una capa espumosa con aroma de lúpulo.
Constantino es brillante en expresar su asunción del sino trágico, su Sísifo en vida. Como guía vital, me parece un pelín cansina.
No sé por qué no estudiamos más que  mitología y poco  más desde críos.

esas cosas se saben:no iba a durar mucho

Al atardecer, de Kavafis, me llega a última hora del día. La primera versión, de José Mª Álvarez; la segunda, de Harold Alvarado Tenorio.

Al atardecer

De cualquier forma aquellas cosas no hubieran durado mucho.
La experiencia
de los años así lo enseña. Mas qué bruscamente
todo cambió.
Corta fue la hermosa vida.
Pero qué poderosos perfumes,
en qué lechos espléndidos caímos,
a qué placeres dimos nuestros cuerpos.
Un eco de aquellos días de placer,
un eco de aquellos días volvió a mí,
las cenizas del fuego de nuestra juventud;
en mis manos cogí de nuevo la carta,
y leí y volví a leer hasta que se desvaneció la luz.
Y melancólicamente salí al balcón -
salí para distraer mis pensamientos mirando
un poco la ciudad que amo,
un poco del bullicio de sus calles y sus tiendas.

Al atardecer

De todas maneras no iba a durar mucho -
la experiencia lo ha demostrado.
Pero el destino llegó y las detuvo.
Sin embargo, qué fuertes fueron los perfumes,
cuán espléndido el lecho donde dimos placer a nuestros cuerpos.
Un eco de mis días de placer,
un eco de aquellos días volvió a mí,
algo del fuego de nuestra juventud:
tomé una carta de nuevo,
y leí y releí hasta que la luz faltó.
Entonces, triste, salí al balcón,
para mudar mis pensamientos, mirando,
por un instante, la ciudad que amo;
por un momento las calles y las tiendas.

la única salida de emergencia o Leila vista por Juan José

Como ya conté el otro día, acabo de descubrir y quedarme automáticamente hipnotizado por Leila. Hoy traigo otra dosis de ella. Juan José la glosa perfectamente:

La trastienda de una india

Leila Guerriero tiene cara de india, ojos de india, cabellera de india… No india de India ni de ningún otro sitio, sino india del espíritu. Una india metafísica, diríamos, en lucha perpetua contra los americanos. Y tampoco hablamos de los americanos de América, sino del arquetipo que se desprende de las películas del Oeste. Los americanos de la india Guerriero son los adjetivos fáciles, los sustantivos obvios, las frases hechas, la sintaxis previsible, el orden gramatical dominante, el orden a secas. Escribe crónicas, perfiles, artículos, escribe libros como Los suicidas del fin del mundo o Una historia sencilla. Sus crónicas y perfiles están recogidas en volúmenes como Frutos extraños y Plano americano.
De Leila Guerriero, sobre todo si eres escritor, resulta difícil leer más de cuatro páginas seguidas porque a la tercera te levantas roído por la ansiedad, diciéndote es esto, era esto. Y te vas al ordenador intentando emular uno de sus comienzos, de sus finales, lo mismo da, pero enseguida vuelves a la cuarta página de su libro como vuelves al cigarrillo, al vino, al Valium, al jarabe para la tos con codeína. Y mientras pasas las páginas lo ves. Era esto, era esto. Para escribir bien, tienes que ser un indio todo el rato, no puedes bajar la guardia frente a las propuestas convenidas de la Lengua. Hay que luchar también contra el oficio, contra la certidumbre, contra el ritmo traidor, contra la melodía pegadiza de las vocales y la armonía fácil de las consonantes. Si te dejas llevar, al poco devienes en un americano, peor aún: en el americano que vende las armas a los indios. Y tú, en todo caso, eres el indio que las compra. Tú eres el apache Gerónimo, tú eres Toro Sentado, tú eres Wilma Mankiller, eres Nube Roja, Cochise, Caballo Salvaje… Como decía aquel otro indio metafísico de Queimada, la película de Gillo Pontecorvo, “si a los ingleses les conviene que viva, es que debo morir”. Leila, para fastidiar al inglés que lleva dentro (todos llevamos uno), perece en cada oración. Escribe cada una de sus frases con la cautela del suicida que sella las ranuras de las puertas del garaje antes de arrancar el motor del coche y comenzar a respirar anhídrido carbónico. Las crónicas de Leila son puro CO2, te matan porque ella se ha muerto antes, escribiéndolas.
Dice Stephen Greenblatt en el prólogo de El Giro que lo que le llamó la atención de la primera lectura de Rerum Natura, el conocido poema de Lucrecio, era que “algo estaba y se movía dentro de las frases”. Tal es exactamente el secreto de la prosa de Guerriero: que algo está y se mueve dentro de sus frases. Significa que cada oración, con independencia de lo que diga acerca de la peripecia que describe, nos dice también algo de sí misma, algo del drama gramatical que se desarrolla en sus entrañas.
Y bien, venía todo a cuento de que Círculo de Tiza acaba de publicar Zona deobras, un libro en el que Guerriero reúne un conjunto de textos en los que reflexiona sobre el oficio de escribir. He dicho “reflexiona”, pero lo que hace es “contar”. En realidad cuenta y reflexiona a la vez porque sus reflexiones resultan narrativas, y sus narraciones, reflexivas. Gracias a esa amalgama, alcanza el equilibrio necesario entre la acción y el pensamiento. Ahí vemos cómo se enfrentó a un reportaje, cómo preparó un perfil, cómo son las lecturas que la ponen en marcha, qué trabajos propone a los alumnos del taller que imparte en su casa de Buenos Aires… En resumen, muestra su cocina proporcionando al lector un curso acelerado de escritura creativa. De escritura creativa periodística, añadimos, ya que Guerriero no escribe ficción, nunca ha pretendido hacerlo.
¿Para qué se escribe, por qué se escribe, cómo se escribe? Tales son las preguntas a las que va respondiendo a lo largo del libro, lo que es tanto como invitarte a visitar su trastienda. Los textos de este libro se parecen a esos relojes con la carcasa de cristal, de modo que, al tiempo de darte la hora, te muestran el mecanismo que lo hace posible. Igual que los investigadores han logrado, por manipulación genética, fabricar ratones transparentes, Guerriero ha conseguido mostrarnos los engranajes de sus historias. Zona de obras es, en fin, simultáneamente, una poética, un libro de relatos y una sucesión de acercamientos al proceso creativo. Por ello mismo, es también un libro de misterio, una pesquisa detectivesca sobre la necesidad de narrar. En otras palabras: sobre la necesidad de leer.

Juan José Millás

Y esta que sigue es su columna de este miércoles pasado, donde nuestra referenciada no hace sino cumplir punto por punto lo descrito por Millás:

Sin salida

Éramos como dos samuráis ofreciéndonos el cuello el uno al otro, por ver quién cortaba primero. Yo no tenía 20 y él, entonces, 40. Le debía respeto, era mi padre, pero hacía rato que yo no usaba esas convenciones. Era verano, yo estaba en el pueblo en el que nací, y no sé por qué discutimos aquel día. Nunca gritábamos, solo nos mirábamos de un modo en que yo jamás he mirado a nadie y él, supongo, solo a gente a la que ha querido matar. Lo dejé de pie en la cocina, tomé las llaves del auto, me subí y di marcha atrás para sacarlo del garaje chirriando, como en una mala película. Era un Torino, un auto de fabricación nacional, una bestia repleta de motor y caballos de fuerzas. Salí de la ciudad rumbo a la ruta, sin plan. Solo quería hacer algo, mover algo en el mundo. Escuchaba a todo volumen a Los Redonditos de Ricota, una banda que era mi Biblia, cuando se reventó un neumático. Venía un camión de frente. Frené como me había enseñado mi padre —mi padre— con la palanca de cambios, y terminé en la banquina, a metros de un canal. Usaba —uno no olvida esas cosas— un vestido floreado y alpargatas. Bajé. Me obligué a detener el beat de mi corazón. Abrí el baúl, saqué las balizas, la llave cruz, el gato, la rueda de auxilio. Unos nenes que estaban pescando se acercaron a ayudarme. Les dije que no hacía falta. Cambié el neumático, ajusté las tuercas, quité el gato, volví a ajustar las tuercas un poco más. Todavía con el recuerdo del auto removiéndose como un pez demasiado grande fuera de control, subí, lo puse en marcha, volví a la ruta. Y regresé a mi pueblo, despacio. “La ciudad siempre es la misma —decía Kavafis—. Otra no busques / —no la hay—, / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra”. La única salida de emergencia es la que llevamos dentro. Al menos, lo aprendí temprano.

Leila Guerriero

Y por finalizar, por poner el punto en algún lugar porque esta entrada podría ser la entrada sin fin, una suerte de entrada que fuera enlazando un tema con otro y creciera día a día, en una especie de idea totalitaria y casi angustiosa. Por finalizar, decía, Constantino. Casi nada lo suyo. Dejo dos versiones, la de José María Álvarez -la primera- y la de Lázaro Santana obtenida de aquí.

LA CIUDAD

Dices «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí».
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
           -no hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

LA CIUDAD

Dijiste: “Iré a otra tierra, iré a otro mar;
buscaré una ciudad mejor que ésta;
son un fracaso todos mis esfuerzos,
y está mi corazón sin vida,
como un cadáver. ¿Hasta cuándo
entre estas sombras vagará mi espíritu?
Adonde vuelvo los ojos sólo veo
las ruinas de mi vida, tantos años
que aquí pasé, perdí y destruí.”

No hallarás otras tierras ni otros mares.
La ciudad irá contigo a donde vayas.
Errarás por las mismas calles; en los mismos
suburbios y en las mismas
casas, irás envejeciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para
otro sitio -es inútil que aguardes-
no hay barco ni hay camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta angosta
esquina de la tierra, en todo
el mundo la destruiste.

μονοτονία

MONOTONÍA

A un día monótono otro
monótono, invariable sigue: Pasarán
las mismas cosas, volverán a pasar -
los mismos instantes nos hallan y nos dejan.
Un mes pasa y trae otro mes.
Lo que viene uno fácilmente lo adivina:
son aquellas mismas cosas fastidiosas de ayer.
Y llega el mañana ya a no parecer mañana.

C. Kavafis. Versión de Miguel Castillo Didier. 

los miedos de Constantino

Ventanas

En esas habitaciones oscuras donde vivo
pesados días, con qué anhelo contemplo a veces
las ventanas. -Cuándo se abrirá
una de ellas y qué han de traerme-.
Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizás mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mí otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría.

Constantino Kavafis. Traducción de José María Álvarez.

la memoria del cuerpo

El amigo Kavafis, a lo suyo, que decíamos el otro día:

Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
más también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.

Versión de César Conti

Cuerpo, recuerda no solamente cuánto fuiste amado,
no solo los lechos en que te acostaste,
sino también aquellos deseos que por ti
brillaban en los ojos manifiestamente,
y temblaban en la voz; y algún
obstáculo casual los hizo vanos.
Ahora que todo ya está en el pasado,
parece casi como si a los deseos
aquellos te hubieses entregado; cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.


De esta última versión desconozco la autoría.

de noche o a la luz del mediodía

Y si uno quisiera quedarse sólo con la memoria; si hiciese una sublimación del recuerdo de forma sistemática, meticulosa, ese recuerdo que ensalza lo añorado y suprime lo indeseado. Si así fuese sería reconfortante tener a Kavafis al lado, él, que hizo de esa estratagema, más que un recuso estilístico, un leitmotiv vital. En poesía, en casi nada, pero muy acusado en poesía, un servidor no cree que el poeta pueda separar el recurso literario de su caminar vital.

Voluptuosidad (1917)

La delicia y el perfume de mi vida
es la memoria de esas horas
en que encontré y retuve el placer
tal como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida,
para mí que odié
los goces y los amores rutinarios.

En otra versión:

Delicia y perfume de mi vida, la memoria de las horas
en que hallé y retuve el placer como anhelaba.
Delicia y perfume de mi vida, para mí, que maldije
de cada placer de amores rutinarios.

Cuando despierten (1916)

Intenta guardarlas, poeta,
por pocas que sean las que puedan detenerse,
las visiones de tus amoríos.
Ponlas a escondidas en tus frases.
Intenta, poeta, retenerlas
cuando despierten en tu cabeza
de noche o a la luz del mediodía.

Grises

Mirando un ópalo casi gris
recordé unos hermosos ojos grises
que había visto hará unos veinte años...
Nos amamos un mes.
Marchó después a Esmirna, creo,
a trabajar allí y no nos vimos más.
Se habrán empañado -si vive- aquellos ojos;
ajado estará aquel rostro hermoso...
Guárdalos tú, memoria mía, como eran.
Y cuanto de mi amor puedas, memoria,
cuanto puedas, tráemelo de nuevo 
esta noche.

Versión de Pedro Bádenas de la Peña. Del resto, desconozco los traductores.

otra visión del estrecho de Mesina, no más optimista

TERMINADO

En medio del temor y las sospechas,
con espíritu agitado y ojos de pavor,
nos consumimos y planeamos cómo hacer
para evitar el seguro
peligro que así terriblemente nos amenaza.
Y sin embargo estamos equivocados, ése no está en nuestro camino:
falsos eran los mensajes
(o no los escuchamos, o no los entendimos bien).
Otra catástrofe, que no la imaginábamos,
repentina, violenta cae sobre nosotros,
y no preparados -de dónde tiempo ya- nos arrebata.

C. Kavafis.
Traducción de Miguel Ángel Castillo

velas al amanecer

Velas

Los días del futuro se yerguen ante nosotros
como una fila de velitas encendidas
-doradas, calientes y vivaces velitas.

Los días pasados atrás quedan,
una fúnebre fila de velas apagadas;
las más próximas humean todavía,
frías velas, derretidas y dobladas.

No quiero mirarlas; su forma me apena
y me duele recordar su luz primera.
Ante mí veo mis encendidas velas.

No quiero girarme y ver estremecido
lo pronto que la oscura fila se alarga,
lo deprisa que las apagadas velas aumentan.

Constantino Kavafis. Traducción de Luis de Cañigral.

consecuencias de la desatención

Murallas

Sin consideración, sin piedad, sin pudor
en torno mío han levantado altas y sólidas murallas.
Y ahora permanezco aquí en mi soledad.
Meditando en mi destino: la suerte roe mi espíritu:
tanto como tenía que hacer.
Cómo no advertí que levantaban esos muros.
No escuché trabajar a los obreros ni sus voces.
Silenciosamente me tapiaron el mundo.

Constantino Kavafis.
Traducción de José María Álvarez