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dolor, última forma de amar

Pienso en Pedro estos días, leyéndolo. Imagino que el hombre debió de pasarlo fatal: no porque se le rompiera el amor, sino porque sabía  perfectamente lo que le estaba ocurriendo y aun así decidió sumergirse. Su descripción del enamoramiento y la ruptura amorosa es de canon, de tratado, de enciclopedia. Su La voz a ti debida debería enseñarse de alguna forma, pero, de cuál. Yo nunca supe de ella hasta que llegué por mi paso. Y lloro y me río mientras lo leo. Y pienso en los drogadictos. En nosotros.

Cuando tú me elegiste
-el amor eligió-
salí del gran anónimo
de todos, de la nada.
Hasta entonces
nunca era yo más alto
que las sierras del mundo.
Nunca bajé más hondo
de las profundidades
máximas señaladas
en las cartas marinas.
Y mi alegría estaba
triste, como lo están
esos relojes chicos,
sin brazo en que ceñirse
y sin cuerda, parados.
Pero al decirme: “tú”
-a mí, sí, a mí, entre todos-,
más alto ya que estrellas
o corales estuve.
Y mi gozo
se echó a rodar, prendido
a tu ser, en tu pulso.
Posesión tú me dabas
de mí, al dárteme tú.
Viví, vivo. ¿Hasta cuándo?
Sé que te volverás
atrás. Cuando te vayas
retornaré a ese sordo
mundo, sin diferencias,
del gramo, de la gota,
en el agua, en el peso.
Uno más seré yo
al tenerte de menos.
Y perderé mi nombre,
mi edad, mis señas, todo
perdido en mí, de mí.
Vuelto al osario inmenso
de los que no se han muerto
y ya no tienen nada
que morirse en la vida.

No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aquí, más lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.

Pedro Salinas

fe mía

Cuesta creer que por azar servidor publique a esta señora en la misma fecha, dos años después. Eje León-Segovia. Redondo, seguro azar, que diría aquel.
Debe ser primavera: el campo está verde.

Durar

Yo pasaré y apenas habré sido,
-frágil destino de mi pobre arcilla.-

Hijo, cuando yo no exista,
tú serás mi carne, viva.
Verso, cuando yo no hable,
tú, mi palabra inextinta.

Ángela Aymerich Figuera

la otra Galicia

Volví a Weegee, si es que alguna vez me fui desde que lo conocí, aquel 2009. Hablábamos de mirar al que mira. Hace un par de años ya apareció por aquí el tema en boca de don Pedro:
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.
Usher, por cierto, comparte filiación con muchos de los que últimamente por aquí circulan. No por casualidad.













invisibilidad

No te veo. Bien sé
que estás aquí, detrás
de una frágil pared
de ladrillos y cal, bien al alcance
de mi voz, si llamara.
Pero no llamaré.
Te llamaré mañana,
cuando, al no verte ya
me imagine que sigues
aquí cerca, a mi lado,
y que basta hoy la voz
que ayer no quise dar.
Mañana... cuando estés
allá detrás de una
frágil pared de vientos,
de cielos y de años.

Pedro Salinas

seguro azar

Empiezo al azar por Garcilaso, madrugada ventosa, y voy a dar a sus sonetos y alguna canción. No tengo cuerpo para ellos; hoy, Garcilaso querido, me superas. De modo que, también al azar, seguro, paso a Pedro Salinas. Abro y leo lo que sigue abajo. Busco a qué libro pertenecen -manejo Poemas escogidos, Colección Austral- y hallo: La voz a ti debida -1933- y una cita:

... la voz a ti debida.
Garcilaso. Égloga III

Todo queda cerrado, muy al gusto de don Pedro. Unos pequeños extractos para conjurar el viento enajenante:

[...]
Amor, amor, catástrofe.
¡Qué hundimiento del mundo!
Un gran horror a techos
quiebra columnas, tiempos;
los reemplaza por cielos
intemporales. Andas, ando
por entre escombros
de estíos y de inviernos
derrumbados. Se extinguen
las normas y los pesos. 

[...]
Lo que eres
me distrae de lo que dices.

Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te atiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.

Miras de pronto a los lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada, de saeta.
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.