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contra Jorge Manrique

Contra Jorge Manrique, podría llamarse el poema, haciendo un guiño a aquel de Contra JG de B. Contra la idea manriqueana, si es que existe este adjetivo. Viene al pelo el poema, tras el asomo del monstruo de nuevo.
Pocas veces dedico las entradas; esta vez sí:
Para  el chico de la pizza a la caída de la tarde, el que hace ya tiempo detectó que, o río, o nada. Con inmensa gratitud; con inmenso placer.

Nada saben los ríos ni los lagos
nada saben del mar
nadie diga a los ríos que su vida es morir
y su muerte es el mar

ser río es ir luchando por ser más río siempre
por ser -¿quién sabe?- el mar
ser río es ver pasar y ser pasando
ser río es ir dejando atrás el cauce necesario
el camino los árboles las piedras
ser río es ir buscando más árboles más piedras

ser río es ir abriendo camino para el río
recibiendo las aguas de los ríos que han sido y siguen siendo
ser río es preguntar vivir viviendo
sin aceptar jamás la respuesta del cielo
ser río es no ser lago defendiendo
la libertad del agua por encima de todo entre la tierra
ser río es ir dejando haber dejado
el mismo hilo para siempre por el mapa

ser río es ir viviendo hacía los ríos
hacia la mar
que es el vivir.

Jesús López Pacheco

en el solsticio de invierno

Lago canadiense. Tarjeta postal

No te verán los ojos sino las cámaras fotográficas
lago entre las montañas más viejas de la tierra
cargadas de hombros pero cubiertas siempre
por una juventud de árboles interminable
no te verán isleta juguete de las aguas
paraíso pequeño para niños que sueñan con canoas
no te verán cuando al amanecer las hijas
recién nacidas de las nubes
vuelan y bailan al ras de las olas iguales y pequeñas
dibujadas por un indio que ya no viene a verlas
no te verán aunque te miren un momento
desde alguna terraza:
se taparán un ojo y cerrarán el otro
apretarán la palanquita y sonará
el ruidito más seco y más frío de este mundo.
Yo te he visto con los ojos abiertos
hasta la cámara clara de mi corazón,
y te he dejado entrar en silencio y despacio,
porque quiero llevarles, también, a los que amo
tu belleza de tarjeta real
pequeño lago canadiense.

Jesús López Pacheco

la termodinámica de Jesús

Nuestro Jesús se exilia a Canadá. Y en Canadá hace frío, y hay nieve, y la tierra se hiela. y las imágenes que todo ello genera el poeta lo utiliza en medio, imagino, de la desazón del desarraigo, de la extrañeza de una lengua, de un paisaje, de un mundo. Nadie muere de frío/ de distancia, dice en voz alta, como queriendo convencerse, exorcizando su dolor, aferrándose a la inevitable primavera.

Tres poemas breves y una comunicación

1

Está tan frío el mundo
que duele la vida en los ojos

inútil sol que sólo sirves
para hacer que la nieve sea más nieve.

2 

Y sin embargo el agua
aún vive bajo el hielo
donde el agua se defiende de ser hielo

la hierba está esperando
abrigada del frío por el frío.

3

Nadie muere de frío
de distancia

como los árboles déjate
helar para guardar la vida dura-
mente mientras la vida es dura y fría

las yemas de los dedos de los árboles
no han perdido el color de la esperanza.

4

Si llamas
al bosque
por teléfono
lo cogerá el invierno
seguramente

pero si vas
al bosque
en invierno
hablarás con los árboles
directamente
sobre la inevitable
primavera.

Jesús López Pacheco

tristeza entendible

Es tristísimo tener espalda.
No saberme desde todos los ángulos,
no haberme mirado
desde los árboles, 
desde la tierra. 

Es tristísimo 
no poder encontrarme conmigo en la calle 
y serme presentado por un amigo. 
No saber cuántas veces 
mi perfil ha coincidido con un árbol 
ni cuántas he llenado 
el hueco de las cosas ausentes. 

Ya estoy cansado 
de estar siempre conmigo. 
Quiero estar en las cosas, 
decirme adiós 
cuando me cruce conmigo. 
Dejar de ser una mandíbula 
desconocida 
que no se cierra jamás sobre mi sombra. 
Hacer sincera mi espalda. 
Redimirme en una cruz de direcciones. 
Enseñarme a las cosas 
linealmente sincero. 

Y observarme 
desde un portal disimulado 
con una risa divertida entre mis labios. 


Jesús López Pacheco

Parece como si el anterior poema de Oliverio y este (aparecido en 1953) se concatenaran. No es de extrañar. Jesús, con 38 años, se tuvo que ir a Canadá a vivir, a poder vivir, porque aquí había lo que había; hablo de 1968, que no todo fue París. Allí quedó hasta su muerte, 30 años después. No nos hacemos una idea de los efectos del exilio, el interior, el exterior, el de ellos que se fueron, el de nosotros que estamos.