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hablando de ges

Me trajeron a colación este relato breve dentro de la novela de Hammett hace poco. No lo recordaba y era cierto que venía pintiparado respecto al tema que abordábamos. Gracias al respecto.

Está lloviendo y suena el conocido concierto para violín de Tchaikovsky, pero no me convence la interpretación. 

La cursiva es mía.

7. UNA G EN EL AIRE

En su alcoba, a la sazón cuarto de estar, ya que la cama plegable estaba oculta en la pared, Spade recogió el sombrerito y el abrigo de Brigid, acomodó a la chica en una mecedora tapizada y llamó por teléfono al hotel Belvedere. Cairo no había regresado del teatro. Spade dejó su número de teléfono y el encargo de que Cairo llamase tan pronto como regresara.

Se sentó en el sillón que había junto a la mesa, y sin exordio de ninguna clase, sin frase alguna para comenzar, empezó a relatarle a la muchacha una cosa que le había ocurrido unos años antes en el Noroeste.

Hablaba en tono corriente, sin énfasis y sin pausas, aunque de vez en cuando repetía una frase modificándola ligeramente, como si tuviera gran importancia que cada detalle quedara relatado exactamente tal y como ocurrió.

Al principio, Brigid estuvo escuchándole sin especial atención, evidentemente más sorprendida de que Spade le estuviera contando aquello que interesada en lo que narraba, y sintiendo más curiosidad por los motivos que tuviera Spade en contar el relato que por la propia historia; pero luego, según fue desarrollándose el cuento, pareció sentir mayor interés y permaneció inmóvil y escuchando con atención.

Un hombre llamado Flitcraft salió un día de su oficina de corredor de fincas para ir a comer. Salió y jamás volvió. No acudió a una cita que tenía a las cuatro de la tarde para jugar al golf, a pesar de que fue idea suya concertarla y de que lo hizo solamente media hora antes de salir para comer. Su mujer y sus hijos nunca más le volvieron a ver. El matrimonio parecía feliz. Tenía dos hijos, dos niños varones, uno de cinco años y otro de tres. Flitcraft era dueño de su casa en un buen barrio de las afueras de Tacoma, de un «Packard» nuevo y de los demás lujos que denotan el éxito feliz de una vida en Estados Unidos.

Flitcraft había heredado 70.000 dólares de su padre, y el ejercicio de su profesión de corredor de fincas aumentó aún más su peculio, que ascendía a unos 200.000 dólares en el momento de su desaparición. Sus asuntos estaban en buen orden, aunque existían entre ellos algunos aún pendientes; el hecho de que no hubiera tratado de concluirlos era una clara prueba de que no había preparado su desaparición. Por ejemplo, un negocio que le hubiera supuesto un bonito beneficio iba a concluirse al día siguiente al de su desaparición. Nada indicaba que llevara encima más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de esfumarse. Sus costumbres, durante los últimos meses, eran lo suficientemente conocidas como para descartar cualquier sospecha de vicios ocultos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque tanto lo uno como lo otro cabía dentro de lo posible.

—Desapareció —dijo Spade— como desaparece un puño cuando se abre la mano.

Llegaba a este punto su relato cuando sonó el timbre del teléfono.

—¿Diga? —dijo—. ¿Mister Cairo? Habla Spade... ¿Podría usted venir a mi casa, en la Post Street, ahora? Sí, sí, creo que lo es —miró a la muchacha, frunció los labios y añadió rápidamente—: Está aquí missO'Shaughnessy, que quisiera verle.

Brigid O'Shaughnessy se rebulló en la mecedora, pero no dijo nada.

Dejó Spade el teléfono y dijo:

—Vendrá dentro de unos minutos... Bueno, eso ocurrió en 1922. En 1927 yo estaba trabajando en una de las grandes agencias de detectives de Seattle. Un día se nos presentó mistress Flitcraft y nos dijo que alguien había visto en Spokane a un hombre que se parecía prodigiosamente a su marido. Fui allí. Y, efectivamente, era Flitcraft. Llevaba viviendo en Spokane un par de años bajo el nombre de Charles, nombre de pila, Pierce. Era propietario de un negocio de automóviles y tenía unos ingresos de veinte oveinticinco mil dólares al año, una esposa, un hijo de menos de un año y una buena casa en un buen barrio de las afueras de Spokane. Solía jugar al golf a las cuatro de la tarde durante la temporada.

Spade no había recibido instrucciones acerca de la que debía hacer si encontraba a Flitcraft. Estuvo charlando con él en la habitación del hotel Davenporth. Flitcraft no sentía remordimientos de ninguna clase. Había dejado a su familia en posición desahogada, y su conducta le parecía completamente razonable. Lo único que parecía preocuparle era hacerlecomprender a Spade que, efectivamente, se había conducido razonablemente. Nunca había contado a nadie todo aquello, y, por tanto, hasta ahora no había necesitado explicar a ningún interlocutor que su conducta había sido sensata. Y en ese momento estaba procurando hacerlo.

—Bueno, yo le comprendí —dijo Spade a Brigid—, pero su mujer no.

Todo aquello le pareció estúpido. Puede que lo fuera. En cualquier caso, la cosa acabó bien. La mujer no quería escándalos; y después de la faena que él le había hecho -faena según ella-, no quería saber nada de Flitcraft. Así que se divorciaron discretamente y todo el mundo tan contento. Lo que le ocurrió a Flitcraft fue lo siguiente. Cuando salió a comer pasó por una casa aún en obras. Todavía estaban poniendo los andamios. Uno de los andamios cayó a la calle desde una altura de ocho o diez pisos y se estrelló en la acera. Le cayó bastante cerca; no llegó a tocarle, pero sí arrancó de la acera un pedazo de cemento que fue a darle en la mejilla. Aunque sólo le produjo una raspadura, todavía se le notaba la cicatriz cuando le vi. Al hablarme de ella se la acarició, se la acarició con cariño. Naturalmente, el susto que se llevó fue grande, me dijo; pero la verdad es que sintió más sorpresa que miedo. Me contó que fue como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo.

»Flitcraft había sido un buen ciudadano, un buen marido y un buen padre, no porque estuviera animado por un concepto del deber, sino sencillamente porque era un hombre que se desenvolvía más a gusto estando de acuerdo con el ambiente. Le habían educado así. La vida que conocía era algo limpio, bien ordenado, sensato y de responsabilidad. Y ahora, una viga al caer le había demostrado que la vida no es nada de eso.

Él, el buen ciudadano, esposo y padre, podía ser quitado de en medio entre su oficina y el restaurante por una viga caída de lo alto. Comprendió que los hombres mueren así, por azar, y que viven sólo mientras el ciego azar los respeta.

»Lo que le conturbó no fue, primordialmente, la injusticia del hecho, pues lo aceptó una vez que se repuso del susto. Lo que le conturbó fue descubrir que al ordenar sensatamente su existencia se había apartado de la vida en lugar de ajustarse a ella. Me dijo que, tras caminar apenas veinte pasos desde el lugar en donde había caído la viga, comprendió que no disfrutaría nunca más de paz hasta que no se hubiese acostumbrado y ajustado a esa nueva visión de la vida. Para cuando acabó de comer ya había dado con el procedimiento de ajuste. Si una viga al caer accidentalmente podía acabar con su vida, entonces él cambiaría su vida, entregándola al azar, por el sencillo procedimiento de irse a otro lado. Me dijo que quería a su familia como los demás hombres quieren corrientemente a las suyas; pero le constaba que la dejaba en buena posición, y el amor que tenía por los suyos no era de la índole que hace dolorosa la ausencia.

—Se fue a Seattle —continuó Spade— aquella misma tarde, y desde allí a San Francisco. Anduvo vagando por aquella región durante un par de años, hasta que un día regresó al Noroeste, se estableció y se casó en Spokane. Su segunda mujer no se parecía a la primera físicamente, pero las diferencias entre ellas eran menores que sus semejanzas. Ya sabe usted, mujeres las dos, de esas que juegan decentemente al bridge y al golf y que son aficionadas a las nuevas recetas para preparar ensaladas. No lamentaba lo que había hecho. Le parecía razonable. No creo que nunca llegara a darse cuenta de que llevaba la misma clase de vida rutinaria de la que había huido al escapar de Tacoma. Y sin embargo, eso es lo que me gustó de la historia. Se acostumbró primero a la caída de vigas desde lo alto; y no cayeron más vigas; y entonces se acostumbró, se ajustó, a que no cayeran.

—Una historia subyugadora —dijo la muchacha. Se levantó de la mecedora y quedó delante y cerca de él. La mirada de sus ojos muy abiertos era penetrante—. No necesito decirle que, estando Cairo aquí, mi situaciónserá más que desfavorable si usted le escoge a él.

Spade sonrió levemente con los labios juntos y asintió.

—No, no necesita decírmelo.

Dashiell Hammet, El halcón maltés.

la memoria de José Manuel

EN LA HORA PROPICIA


En la hora propicia, el solitario
recuenta su esperanza con la misma avidez
que el avariento sus monedas.
No se equivoca nunca la memoria
del que no puede preguntar. La noche
despojada, lo abolido del mundo,
penetran libres hasta el propio centro
del abandono, mientras van los días
gastando su caudal y la tiniebla
furtiva del ayer ronda el recinto
que ocupara la vida.
El solitario
espera aún, se vuelve hacia su propia
libertad despoblada. Los errores
limítrofes, las medianeras culpas
regresan a ser pasto del silencio.
Nadie le dice la palabra. Bajo
la despreciable paz, el tiempo mudo
brota como la flor de la codicia.

El solitario entonces acrecienta
su acopio de esperanzas, colma el yermo
claustro del corazón con su memoria.
Escrita está la cifra del indulto:
mengua su libertad aquel que olvida
que es su propio recuerdo quien lo salva.

José Manuel Caballero Bonald

los encantadores ecos de Tárrega

Me oyó citar lo de Brasil y le vino el vals a la cabeza en seguida. Fumábamos. Sobre nosotros, un dintel. Al lado, una bodega. Llovía un poco, como ahora. Estaba preciosa y lo sabía. Hacía un uso moderado de ello.

lunes, mediodía

Raimnundo es muy, pero que muy bueno. Quien me lo envió también, lunes a mediodía.

SUNDAY NIGHT

Make use of the things around you.

This light rain

Outside the window, for one.

This cigarette between my fingers,

These feet on the couch.

The faint sound of rock-and-roll,

The red Ferrari in my head.

The woman bumping

Drunkenly around in the kitchen…

Put it all in,

Make use.

Raymond Carver

Lamentablemente no sé quién traduce la siguiente versión:

Domingo por la noche

Utiliza las cosas que te rodean.

Esta ligera lluvia

Del otro lado de la ventana, por ejemplo.

Este pitillo de entre los dedos,

Esos pies en el sofá,

El débil sonido del rock-and-roll,

El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.

La mujer que a trompicones

Borracha por la cocina…

Coge todo eso,

Utilízalo.


mezcla racémica

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.  No sé cuál de los dos escribe esta página.   

Jorge Luis Borges

halcones y densidades

Vuelvo a leer y, no sé si por ello, o por la suma de la proximidad de las vacaciones navideñas, el frío, los cielos cubiertos, la nieve ocasional, el extrañamiento en la ciudad, los halcones desde los ventanales de la sala de profesores a los que nadie otorga una mirada, la música que me llega -como esto-; vuelvo a leer, decía, y todo se esponja, se ahueca más.


Por cierto, y esto lo escribo a posteriori. Investigué porque algo no me cuadraba. Bach trascribe a su instrumento lo que Vivaldi compuso para el suyo. A su vez, probablemente, tampoco era el original. Lo de siempre, cosas del arte, las originalidades y las atribuciones:

Concerto in B minor, BWV 979

After Violin Concerto in D minor, RV 813, by Antonio Vivaldi (formerly RV Anh. 10 attributed to Torelli)

sin suceder

Qué bien que lo describe Carlos:

LA VISITA

Después de muchos años sin escribir ninguno, ayer logré acabar otro poema. Sería más preciso el haber dicho después de muchos años sin suceder ninguno. Los poemas suceden, nos ocurren, los versos acontecen cuando quieren, sólo siguen la ley de su capricho. Los echaba de menos: eso es cierto. Me decía: Vendrán cuando piensen que a ti ya no te importan. Se cansarán de otro, ten paciencia. Pero a pesar de conocer la lógica, sin lógica ninguna, de aquello que solemos llamar inspiración, vivir sin las visitas casuales de un poema representa una forma malsana de vivir. El caso es que mandé el poema a unos amigos. Sin corregir apenas, y sin la obligatoria frialdad sentimental. Me entenderéis mejor los despechados. Aquellos que no saben vivir sin las palabras. Quería subrayar que aún estoy vivo. Qué extraña maldición: cada poema aspira a ser el último que escribas.

Carlos Marzal

el puente de Alfredo y Poderosa

Estuve, por fin, viendo El puente. Me la habían abocetado -alguien que sabe del negocio que nos ocupa y que me lanza cabos sueltos para que yo recoja-, la había comenzado, y ahí me había quedado. La terminé conmocionado y conmovido. Uno no se hace una idea de lo que le viene encima con el inicio y eso es, claramente, un recurso del cineasta. La elección de Alfredo es magistral. Duele.
(La música de José Nieto es acojonante.)

la poesía, en cambio, siempre pesa igual

Curiosidades

Me ha dicho el médico que me pese cada mañana. De ese modo, si un día cojo unos gramos, al siguiente pondré los medios para perderlos. No es preciso añadir que se trata de un médico obsesivo, pero ni los médicos ni las esposas nos tocan en la lotería. Si estoy con él, me digo, por algo será. De otro lado, me gusta la idea de corregir el martes los errores del lunes. Lo primero que hago al sentarme frente al ordenador, a primera hora, es repasar las páginas escritas la jornada anterior. Siempre tacho algunas palabras o añado otras. Gracias al médico obsesivo he empezado a relacionarme con mi cuerpo como si fuera una novela que escribo día a día. Hoy peso 200 gramos más que ayer por culpa de una cena que ni siquiera me hizo feliz. Pues nada: a tachar esos doscientos gramos a base de frutas y punto (punto y aparte).

Tachar kilos es tan difícil como tachar adjetivos. Se les coge cariño a los unos y a los otros. Aunque sabes que no le vienen bien a la escritura ni al cuerpo, nos cuesta cortar por lo sano, ésa es la verdad. Pero quiero insistir en la idea del cuerpo como novela; a veces, como novela de terror. Me hice unos análisis que me entregaron en un sobre cerrado donde ponía la palabra «confidencial». Iba por la calle con aquel sobre debajo del brazo como si fuera un agente del Centro Nacional de Inteligencia. Pero sólo era un espía de mi propio cuerpo. Se lo entregué al médico y fue entonces cuando me recomendó que me pesara todos los días, para tachar el miércoles los gramos de más escritos durante el martes. En eso estoy.
Para amortizar la báscula, me peso siempre que paso cerca de ella. Por las noches, no sé por qué, peso siempre dos kilos más que por la mañana. Pero son dos kilos que se tachan solos, también de forma inexplicable, durante el sueño, como si los gramos se colaran por un sumidero invisible. El otro día me desperté de madrugada y estuve una hora sobre el peso, para sorprender al cuerpo en el instante de adelgazar, pero es más difícil que ver crecer la hierba. He hecho también experimentos con algunos libros. Las novelas pesan más por la noche que por la mañana. La poesía, en cambio, siempre pesa igual. Cuestión de metabolismo, supongo.

Juan José Millás

Los padres mienten

Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

—Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.
Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua… Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.
 
Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respecto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.
 
En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos. Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.
 
—Se trata —añadió— de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes. A tu hermano se lo dijimos también cuando cumplió tus años.
Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.
 
—Yo —añadió— también lo fingí. Como comprenderás, si ellos se quedan más tranquilos así, tampoco cuesta tanto darles gusto.
 
Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.
 
Al regresar de vacaciones de Navidad al colegio, comprobé que a todos los de mi clase les habían dicho que los Reyes eran los padres, y todos se lo habían creído. Estuve a punto de sacarles de su error, pero mi hermano también me había dicho que ni se me ocurriera, porque me tomarían por loco. La conspiración para eliminar esa creencia de la cabeza de los chicos era prácticamente universal y resultaba ingenuo tratar de enfrentarse a ella, pesa a las numerosas pruebas existentes, repartidas entre la Biblia, la Historia Sagrada y los propios hechos, pues lo cierto es que aun después de dejar de creer en los Reyes la gente continuaba recibiendo regalos.
 
Tuve la suerte, en fin, de mantener esa ilusión durante mucho más tiempo que mis compañeros. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

Juan José Millás

¿Dónde están los sabios?

Aún no había estrenado el cuaderno este año. De momento pinta mal para publicar como a mí me gustaría, pero, visto lo visto, quién sabe.
Este texto de aquí, de mi querido y admirado Manuel, se publicó a principios de año (12 de enero) en El País. Corrió como la pólvora entre mis amistades.

Hay sabios que todo lo que saben es porque lo han leído; hay sabios que todo lo que saben es porque lo han vivido. Ignoro qué da más profundidad a la vida, si leer a Shakespeare u oler una hogaza de pan candeal recién salida del horno. Puede que ese perfume del pan posea más hondura que el monólogo de Hamlet, puesto que permanece arraigado en el cerebro hasta la muerte, mientras las dudas de aquel príncipe de Dinamarca se las lleva el viento. Creo que el triángulo que el panadero traza sobre la corteza crujiente de una hogaza de pan de pueblo tiene más verdad que aquel equilátero que contenía el ojo vigilante de Jehová. Si algún joven aspirante a escritor me pidiera un consejo le diría: “Lee a Horacio, lee a Shakespeare, lee a todos los grandes, pero después abre la ventana, asómate a la calle y disponte a oír el grito del chatarrero”. Al llegar a cualquier ciudad desconocida visita antes el mercado que la catedral, antes los bares que los museos, y en lugar de ir al teatro prueba a sentarte en una terraza soleada para ver pasar el río de la gente. Cada persona lleva un mapa en la cara que te remite a regiones ignotas del alma humana. En este año que empieza no formules ningún propósito, salvo el de pasar los días un poco entretenido en medio del disparate de la vida que nos rodea. Busca la compañía de los científicos y de los sabios que lo saben todo por experiencia, pero no de los intelectuales cabreados que cambian de garita para disparar sin saber que lo hacen sobre su propio cabreo. ¿Dónde están los sabios de antaño? Aquellos labriegos herméticos, aquellos marineros cocidos por el sol de la mar, hay que ir a buscarlos en las tabernas del puerto o en las solanas de los pueblos abandonados. Allí se ven algunos viejos con el bastón entre las piernas luciendo una camiseta de la Harvard University. Se la ha mandado su nieto que está haciendo un máster en Estados Unidos. Tal vez de su boca salga alguna sentencia parecida a las de Epicteto o de Marco Aurelio.

Manuel Vicent

viernes de toros

Le envié la foto, sin texto alguno. Me repondió:
- No confundas las estrellas con luces de neón.
Le respondí:
- De momento, nada de adiós muchachos.
Esta madrugada me desperté, era de esperar, con Joaquín en la cabeza sonando.
Por cierto, adiós muchachos no me lleva al tango, sino a la inolvidable película de Louis Malle. Yo tendría escasos veinte años en aquella sala pequeña, mítica, inolvidable, extinta. 
El título de la entrada alude a la placa de la calle, que no se ve bien. Todo muy bien hilvanado.






Lo primero que quise fue marcharme bien lejos;
en el álbum de cromos de la resignación pegábamos los niños que odiaban los espejos guantes de Rita Hayworth, calles de Nueva York. Apenas vi que un ojo me guiñaba la vida le pedí que a su antojo dispusiera de mí, ella me dió las llaves de la ciudad prohibida yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo di. Así crecí volando y volé tan deprisa que hasta mi propia sombra de vista me perdió, para borrar mis huellas destrocé mi camisa, confundí con estrellas las luces de neón. Hice trampas al póker, defraudé a mis amigos, sobre el banco de un parque dormí como un lirón; por decir lo que pienso sin pensar lo que digo más de un beso me dieron (y más de un bofetón). Lo que sé del olvido lo aprendí de la luna, lo que sé del pecado lo tuve que buscar como un ladrón debajo de la falda de alguna de cuyo nombre ahora no me quiero acordar. Así que, de momento, nada de adiós muchachos, me duermo en los entierros de mi generación; cada noche me invento, todavía me emborracho; tan joven y tan viejo, like a rolling stone.

verás

Cuando tengas ganas de morirte
Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y veras qué hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.
Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.
Jaime Sabines

1830

 crotorar

Del lat. crotolāre.

1. intr. Dicho de una cigüeñaProducir el ruido peculiar de su pico.

pasó el verano y no viniste

El poema me llegó hace unos días de mano querida, dos minutos antes de las 7 de la mañana. Sabe, lo hemos compartido muchas veces, de mi afición por comenzar el día con un poema. Era un guiño, pues:

Ya no

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

Idea Vilariño

Sobre este poema y la relación entre Idea y Juan Carlos Onetti es fácil indagar. Se puede comenzar por aquí.

murrio, rria
 

1. adj. Que tiene murria.

Sin.:
  • tristemelancólicoapesadumbradoabatido.
Ant.:
  • alegre.

2. f.coloq. Especie de tristeza y cargazón de cabeza que hace andar

cabizbajo y melancólico a quien la padece.

accidental o involuntario


El deseo sigue un curso paraleloY la historia es una red y no una víaDías y noches de amor y de celosUna cama se llena y otra se vacía
Yo lo vi, hasta en los hospitalesEscapándose al motel los cirujanos¡Tan complicados los simples mortalesY tan fácil saber que se traen entre manos!
Y bajo los congresos, las giras, rodajesLas ferias agrícolas y convencionesGira inexorable el otro engranajeLa noria invisible de las transgresiones
La vida también es aquellos mensajesLa llamada hecha desde la esquinaPoco de negocio tenían los viajesTodo de su amor, aquella oficina
El cantante ávido de nuevas pielesAquel literato lució su guiñadaPor los pasillos de tantos hotelesEl tráfico arrecia en las madrugadas
Clara, evidente, manda la libidoLa fidelidad, brumosa palabraCon su incierta lista de gestos prohibidosMuerde siempre menos de lo que ladraMuerde siempre menos de lo que ladra
El deseo sigue un curso paraleloY la historia es una red y no una víaDías y noches de amor y de celosUna cama se llena y otra se vacía
Y bajo los congresos, las giras, rodajesLas ferias agrícolas y convencionesGira inexorable el otro engranajeLa noria invisible de las transgresionesLa noria invisible de las transgresiones

guiñada

De guiñar.

1. f. guiño.

Sin.:
  • guiñodestello.

2. f. Mar. Desvío accidental o involuntario de la nave con relación al rumbo que lleva.

principio de conservación del momento lineal



cimero, ra

1. adj. Situado en la cima o en la parte más alta o destacada de algoPosiciónnovela cimera.

De Clara a Ludwig; dedicada a Franz. Primer romanticismo, 1836, 26 años.
Daban lluvia. Se ha quedado muy buena tarde.