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la frontera

Habían desaparecido los alambres de espino, el poste fronterizo estaba podrido e inclinado como una tumba vieja, lo habían cubierto jóvenes matorrales. Qué aspecto tan diferente tenía antes esta frontera.
Entre las temblorosas cimas de los abetos había una torre inmóvil de centinela. Siguiendo el trazado de un viejo sendero, llegué al claro. El viento mecía la abundante hierba y hacía golpear la puerta de la torre, que se abría y cerraba inútilmente como unas fauces desdentadas; mi bota chocó contra una oxidada lata de conserva oculta en la hierba. Rodó con desgana, emitiendo un breve y hueco sonido, y después se detuvo.
Arriba, en la plataforma de la torre, no había nadie. «¡Alto! ¿Quien va? » - sonó una voz.
Era mi propia voz, era yo mismo quien me gritaba. No podía soportar más ese silencio, esos escasos ruidos y susurros, y ese golpear de la puerta. Y es que estaba cruzando la frontera.
¿Qué contesto? Antes era fácil. Bastaba con facilitar nombre y apellido, sexo, fecha y lugar de nacimiento, dirección, talla, color de ojos, moreno, rubio o castaño, profesión y número de pasaporte. ¿Y ahora que soy yo quien se pregunta a sí mismo?

Al no encontrar respuesta, me lancé a la huida, retrocedí a través del bosque, esperando en cualquier momento el disparo mortal. Pero me acordé de que no iba armado y aflojé el paso.

Slawomir Mrozek. Desconozco quién hace la traducción.

el árbol

Vivo en una casa no lejos de la carretera. Junto a esa carretera, a la entrada de la curva, crece un árbol. 
Cuando yo era niño, la carretera era aún un camino de tierra. Es decir, polvorienta en verano, fangosa en primavera y en otoño, y en invierno cubierta de nieve igual que los campos. Ahora es de asfalto en todas las estaciones del año.
Cuando yo era joven, por el camino pasaban carros de campesinos arrastrados por bueyes, y sólo entre la salida y la puesta de sol. Los conocía todos, porque eran de por aquí. Eran más raros los carros de caballos. Ahora los coches corren por la carretera de día y de noche. No conozco ninguno, aparecen de no se sabe dónde y desaparecen hacia no se sabe dónde.
Sólo el árbol ha quedado igual, verde desde la primavera hasta el otoño. Crece en mi parcela.
Recibí un escrito de la Autoridad. "Existe el peligro --decía el escrito-- de que un coche pueda chocar contra el árbol, ya que el árbol crece en la curva. Por lo tanto, hay que talarlo".
Me quedé preocupado. Llevaban razón. Efectivamente, el árbol está junto a la curva, y cada vez hay más coches que cada vez corren más rápido y sin prudencia. En cualquier momento puede chocar alguno contra el árbol. Así que tomé una escopeta de dos cañones, me senté bajo el árbol y, al ver acercarse al primero, disparé. Pero no acerté. Por eso me arrestaron y me llevaron a juicio.
Traté de explicar al tribunal que había fallado únicamente porque mi vista ya no es buena, pero que si me dieran unas gafas seguro que acertaba. No sirvió de nada.
No hay justicia. Es verdad que un coche puede chocar contra el árbol y dañarlo. Pero sólo con que me dieran unas gafas y algo de munición, me quedaría sentado vigilando. ¿A qué tanta prisa por talar un árbol si hay otros métodos que pueden protegerlo de un accidente?
Y no les costaría nada, aparte de la munición. ¿Acaso es un gasto excesivo? 

Sławomir Mrożek, traducido por Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles.

accidentes

LA RUTINA

Soy capitán del cuerpo de bomberos. Corresponde a mis obligaciones apagar los incendios y salvar a las personas que quieren suicidarse. De estas últimas cada vez hay más. Es algo rutinario: recibimos la noticia de que en una dirección determinada alguien tiene la intención de saltar desde una planta alta o, aún con más frecuencia, desde un tejado. Vamos allí. No tenemos problemas para encontrar la dirección: ante el edificio suele apiñarse ya una multitud considerable que mira hacia arriba. Sobre la cornisa está el suicida. Ponemos la escalera y yo subo. Cuanto más alto, con más cuidado, para no asustarlo. Es decir, para que no salte antes de que lleguemos a tiempo de salvarle. En mi opinión, no hay nada que temer. Al fin y al cabo él no hace más que esperarme. Podía haber saltado inmediatamente, no sólo antes de llegar nosotros, sino antes de que se agrupara la multitud. Podía haber saltado diez o veinte veces antes de que nadie le hubiese visto. Pero no, él espera primero a la multitud y después a nosotros. Es entonces cuando empieza el espectáculo. Así que voy subiendo por la escalera, estoy cada vez más cerca de él y pretendo estar enormemente interesado en que él consienta en conservar su vida. A fin de cuentas es lo que se espera de mí, me pagan por eso. Además, si fingiera menos, el público reunido abajo estaría menos satisfecho conmigo.
Hoy estoy de mal humor, por añadidura hace un tiempo de perros: frío, viento, sobre todo aquí arriba. Si me hubiese puesto ropa interior de invierno tal vez me sentiría más en forma. Con buen tiempo es más fácil hacer el imbécil. Pero no cuando el frío te llega hasta la médula de los huesos. Además me estoy haciendo viejo, ¡cuántas veces he representado ya este papel! Me acerco pues a él, y él —como de costumbre— finge que si doy un paso más, saltará. Es un tipo parecido a todos los anteriores, desaliñado, más bien miserable, con una expresión boba en la cara. Este juego es la especialidad de los idiotas. La gente que tiene algo en la cabeza se mata de verdad y sin tanto ceremonial. Ya sé lo que debería hacer ahora. Detenerme y hablarle con la voz más dulce posible. Tranquilizarle, explicarle que la vida es bella y que todos nosotros estamos muy interesados en que él viva. Yo personalmente, los de abajo y en resumidas cuentas la sociedad entera. Sí, y un cuerno, como si no tuviésemos nada más que hacer que estar interesados en que un memo más se pasee por el mundo contaminando el aire. Los de abajo también fingen. Iban de aquí para allá en un día como todos, un aburrimiento. Y de pronto, un espectáculo. Un suicida en una cornisa. Al parecer quiere saltar, ¡sensacional! Saben por supuesto que vendrán los bomberos, que emprenderán una acción de salvamento y que no pasará nada. Pero hasta el final tienen la esperanza de que, a pesar de todo, salte. Saben que la cosa acabará en nada, como siempre. Sin embargo..., piensan que quizás esta vez... resbale o algo por el estilo... Tal vez se rompa la cornisa... Sólo pueden contar con el azar, así que cuentan con él. Mientras que yo tengo que procurar que no se sientan defraudados por el espectáculo, aunque queden defraudados por lo que más les interesa. Un asco. Así que fingimos todos. El suicida finge querer suicidarse, aunque lo que quiere es lo contrario. Quiere ser un héroe, llamar la atención, tener un público y que escriban sobre él en algún periódico. Es sobre todo por eso por lo que quiere vivir y es por eso por lo que finge no querer vivir. La multitud finge que tiene miedo a esto tan horrible que está a punto de ocurrir y por eso no se mueve de su sitio, para ver cómo esto tan horrible no se produce. ¡Y un cuerno! En el fondo, lo único que quiere es ver algo fuerte. Desde que se suprimieron las ejecuciones públicas, no tiene otras oportunidades. Y yo finjo que creo al suicida y que creo a los de abajo y tengo que actuar como si no supiera de qué van éste y aquéllos. Para su placer tengo que hacer ver que soy más tonto de lo que soy. De modo que me acerco a él por la escalera, y cuando estoy cerca, pero todavía no demasiado cerca, él da un paso hacia el borde de la cornisa para hacer como que saltará en seguida antes de que yo tenga tiempo de retenerlo. Ahora soy yo quien debería detenerse y empezar mi número. Así que me detengo. Abajo ya están los periodistas, ya nos están fotografiando. Han llegado los coches de la televisión, trabajan las cámaras. Asimismo ya están los vendedores de cacahuetes y también los que venden bollos. Saben que harán un buen negocio, pues el terror aumenta el apetito del público. Y yo casi no he comido nada hoy, porque por las mañanas no puedo comer y aún es temprano; además antes del mediodía generalmente no me siento demasiado bien. En las fotos y en la tele saldré por atrás, soy aquí el actor número dos, el de la cornisa será el número uno. Pero he participado en este espectáculo tantas veces, que ya me da igual, me es indiferente. Aparte de que yo soy sólo un bombero corriente, es decir, uno del equipo técnico, y hago sólo lo que corresponde a mi trabajo. La verdadera estrella es el de la cornisa, situado frente a la cámara. Pero qué le vamos a hacer, hay que empezar. Así que empiezo a persuadirle. Le hablo con toda la dulzura de la que soy capaz:
—Oiga, hombre. Un momento, ¿qué es lo que pretende hacer?
El otro hace ver que está molesto, ya ha dado el paso, no va hacia atrás, pero tampoco avanza. Hace como si no me escuchara, pero, por supuesto, espera la continuación. No digo que tenga práctica, pero cada uno de ellos, aunque lo haga por primera vez, siempre lo hace como un profesional. Punto por punto, como siguiendo un reglamento.
—Comprendo, comprendo, por supuesto que debe de tener sus motivos. Pero pensémoslo bien...
En qué vamos a pensar, diablos. Todo está clarísimo. Pero yo tengo mis instrucciones y las instrucciones dicen que hay que ganar tiempo. Hay que alargar la cosa tanto como se pueda, para que él se ablande, pierda su pretendida determinación, desaproveche el momento, y después, o bajará solo, si no es un suicida de primera categoría, o bien mis muchachos, ya al acecho en el tejado, lo cogerán desde arriba, si es un maestro de primera.
Ahí está el arte de todo el equipo. Cuanto más cerca está «el último momento», tanto mejor sale, sobre todo en la televisión. Hay talentos extraordinarios: son los que cogemos cuando están ya a punto de volar. Pero se trata de casos excepcionales, como cualquier gran talento. Ha fruncido el ceño, está molesto y hace como si no me oyera. Pero, por supuesto, está esperando mi siguiente frase. Carraspeo, ya que desde la noche anterior me siento un poco resfriado; por añadidura hace viento y estamos en el piso decimoctavo, y continúo con la voz más dulce de la que soy capaz:
—Piense en la familia y en los amigos, y si no tiene familia, piense en...
Y me pongo a pensar en qué podría pensar él. Generalmente no acostumbro a vacilar, al fin y al cabo me sé mi papel de memoria, pero hoy se me ha escapado de la cabeza. O más bien no se ha escapado, está allí, aunque de pronto se ha dado cuenta de lo estúpido que es y se ha avergonzado tanto que no quiere salir. Además, lo de la familia y los amigos también ha sido bastante tonto. ¿Y si es precisamente por culpa de ellos que monta todo este número? Pero a fin de cuentas algo hay que decir. Así que digo «para ganar tiempo»:
—Sopla fuerte hoy, ¿verdad?
Por primera vez me mira con un aire un poco más consciente. Se ve que no se lo esperaba; me he salido de mi papel. Una metedura de pata. De modo que para llamarme al orden, da el siguiente medio paso hacia el borde. Su pie queda suspendido sobre el abismo. Pero de pronto a mí se me pasan las ganas.
—Salta, si quieres, mamarracho —digo, y comienzo a bajar la escalera.
Y ¿qué me decís, que ha saltado? Pues sí, ha saltado. Ahora estoy esperando el juicio y el veredicto. Por descontado que perderé mi trabajo en el cuerpo de bomberos, sobre esto no hay dudas. Y con toda razón, pues no he cumplido con mis obligaciones profesionales. Estoy acusado de... Bueno, no tiene importancia. También estoy de acuerdo con la acusación. Sólo no estoy de acuerdo con una cosa, no estoy de acuerdo en absoluto. Los titulares hablaban de suicidio, y en mi opinión fue un accidente. En la profesión de suicida también puede haber accidentes mortales.

Slawomir Mrozek.

Aquí hay un buen obituario de cuando murió Slawomir, dentro de nada hará un año. Lástima. Una finura propia de otros tiempos.

un giro de 360º

La revolución.

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. 
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. 
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo... Ah, si no fuera por ese “cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo”también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al
cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. 
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. 
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

Slawomir Mrozek.
Traducción de Anna Rubio y Jerzy S.

paréntesis canicular

Me voy a tomar unas vacaciones. Dejo un relato de postre o de aperitivo, según se entienda, como final de andadura antes del verano o como preludio antes de la vuelta en el otoño. Que los disfrutéis, el relato y el paréntesis.

Mil hojas, de Sławomir Mrożek.

Retiramos con cautela la capa de ceniza volcánica, debajo de la cual había algo. Asomó la forma de una cabeza humana con gafas. Gracias a las propiedades de la tierra volcánica, se había conservado perfectamente como si estuviera moldeada en yeso.
—Parece un japonés —afirmó el profesor, que era el arqueólogo más eminente del siglo XLVI.
Desnudamos al japonés hasta la cintura. Entre las manos petrificadas, sostenía una cámara petrificada.
—Todo cuadra —dijo el profesor—. Dinastía Nikon, un modelo automático con visor láser, finales del siglo XXXI.
Un metro y medio por debajo del japonés, encontramos el fósil de un hombre obeso con pantalones cortos y equipado también con una cámara.
— Una Asai, primera mitad del siglo XXVII.
— Es decir, otro japonés.
—No, la cámara es japonesa, pero el hombre no. Es un europeo de la zona de Baviera.
Tres metros mas abajo, una sorpresa. Un autobús entero de dos plantas, con un váter químico. Casi sesenta figuras sentadas, tomando instantáneas con cámaras japonesas a través de las ventanillas. El autobús y los pasajeros: todo petrificado. El profesor se frotó las manos.
—El hallazgo más importante del Demókratos tardío. La prueba irrefutable de que la hipótesis según la cual, bajo una capa de residuos industriales provenientes de la Europa del Este, existió en el Norte una civilización llamada escandinava, es verdadera.
— ¿Cómo lo sabe?
— Muy sencillo. El autobús lleva matrícula de Estocolmo.
Debajo de los excursionistas descubrimos a alguien de finales del siglo XX a quien el profesor identificó como un forastero oriundo de Detroit, Michigan. Llegó a esta conclusión utilizando el método deductivo. No era posible identificar el hallazgo como ninguna otra cosa, de modo que tenía que ser aquello. Además, podían apreciarse huellas de la deuda soberana en el surco frontal superior.
El americano sostenía con ambas manos una cámara japonesa.
— Aquí hay una mano adicional —observé.
— ¿Dónde?
— En el bolsillo de trasero.
Separamos las cenizas. La mano pertenecía a un joven de facciones mediterráneas, también petrificado.
— Una situación típica de la cultura meridional —constató el profesor—. La convexidad del bolsillo indica que este contenía una cartera. Todo parecía indicar que la catástrofe ocurrió muy inesperadamente. Y usted ¿qué opina?
— Creo que fueron sepultados.
— Sí, en los intervalos de tiempo que corresponden a las sucesivas erupciones del Vesubio. Primero, en las postrimerías del siglo XX, el americano. Luego, uno tras otro, los demás. La última catástrofe tuvo lugar hace mil años.
— Pero ¿que hay debajo del americano?
— Pompeya. La antigua ciudad romana del siglo V antes de Cristo destruida por una erupción del volcán en el siglo primero de la era cristiana. A finales del siglo XX un turista americano estaba fotografiando Pompeya, cuando el Vesubio volvió a entrar en erupción y lo enterró vivo. Pasados unos siglos lo desenterraron y se convirtió en una atracción turística. Hasta que los que lo fotografiaban también quedaron sepultados. Al cabo de un tiempo, fueron descubiertos, y otros turistas vinieron a fotografiarlos. Estos también quedaron enterrados. El japonés es uno de los sepultados por última erupción. Hace quince siglos que el Vesubio está inactivo. ¡¿ Pero qué hace usted?!
— Tomar unas instantáneas. Nadie ha fotografiado todavía esta ultima atracción turística. Yo seré el primero.
Antes de que el profesor tuviera tiempo de arrebatarme la cámara, el Vesubio echó la primera humareda.