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así son pues los poetas

Así son
 
Su profesión se sabe es muy antigua
y ha perdurado hasta ahora sin variar
a través de los siglos y civilizaciones.
 
No conocen vergüenza ni reposo
se emperran en su oficio a pesar de las críticas
unas veces cantando
otras sufriendo el odio y la persecución
mas casi siempre bajo tolerancia.
 
Platón no les dio sitio en su República.
 
Creen en el amor
a pesar de sus muchas corrupciones y vicios
suelen mitificar bastante la niñez
y poseen medallones o retratos
que miran en silencio cuando se ponen tristes.
 
Ah curiosas personas que en ocasiones yacen
en lechos lujosísimos y enormes
pero que no desdeñan revolcarse
en los sucios jergones de la concupiscencia
sólo por un capricho.
 
Le piden a la vida más de lo que esta ofrece.
 
Difícilmente llegan a reunir dinero
la previsión no es su característica
y se van marchitando poco a poco
de un modo algo ridículo
si antes no les dan muerte por quién sabe qué cosas.
 
Así son pues los poetas
las viejas prostitutas de la Historia.

José Agustín Goytisolo


me encantan los entierros

SI TODO VUELVE A COMENZAR

Quiero decirlo ahora
porque si no después las cosas se complican.

Soy peor todavía de lo que muchos creen.

Me gusta justamente el plato que otro come
aburro una tras otra mis camisas
me encantan los entierros y odio los recitales
duermo como una bestia
deseo que los muebles estén más de mil años en el mismo lugar
y aunque a escondidas uso tu cepillo de dientes
no quiero que te peines con mi peine
soy fuerte como un roble
pero me ando muriendo a cada rato
comprendo las cuestiones más difíciles
y no sé resolver lo que en verdad me importa.

Así puedo seguir hasta morirme
ya ves soy lo que llaman
el clásico maniaco depresivo.

Te explico estas cuestiones
porque si todo vuelve a comenzar
no me hagas mucho caso acuérdate.

José Agustín Goytisolo

la ocasión deviene epifanía

Hace unos días, sin haber leído esto antes, le escribía a un amigo algo muy similar:

"Estas y otras muchas decisiones irrevocables dan cuenta en mi opinión de una condición fundamental de la obra de José Agustín Goytisolo y de su éxito: su credibilidad,la coherentización entre vida y literatura, entre la realidad de la personay la ficción de su personaje poético. Esa credibilidad viene acompañada también por un efecto de cercanía: leemos sus poemas como asistiendo a una conversación con su autor, mano a mano, de la cintura para arriba y de la cintura para abajo(como decía Gil de Biedma). Es decir, nos identificamos, palabra que causa repulsión en algunos ámbitos académicos en los que la buena poesía sólo es aquella difícil, que parece difícil. En este sentido, vale la pena subrayar que dicho efecto de proximidad en Goytisolo es, por supuesto, un trabajo, un artilugio calculado que entraña al menos dos rasgos decisivos dentro de su proyecto creador. Por un lado, la idea absolutamente moderna de que el sujeto que habita la poesía es, lo insinuamos, un "personaje" poético construido del mismo modo que en la novela o el drama, esto es, una ficción. En el caso de José Agustín una ficción que se le parece, como a Jaime Gil de Biedma se le parece Jaime Gil de Biedma, pero de eso se trata el desafío: leer esta poesía como poesía, arte, símbolo, lenguaje sobre la vida pero una vida de una naturaleza distinta, en el que no caben interpretaciones lineales ni exégesis autobiográficas, aunque se esconda siempre la tentación de convocarlas."

El artículo de Marcela Romano, serio, se halla completo aquí. De él extraigo también esta frase como hallazgo:

"La "ocasión" deviene "epifanía", autodescubrimiento definitivo"

un extraño hombre flaquito

Ella dio su voto a Nixon.

Se llama Katheleen y es rubia
mide cinco pies nueve pulgadas
bien parecida treinta y cuatro años
estudió en el Colegio Presbiteriano de Akron
y se licenció en Literatura Española
por la New York University.
Allí conoció a Ted se casaron pronto
tienen un niño y una niña
viven en Long Island en una linda casa
el marido es un brillante ingeniero
que corta el césped y practica yoga
y ella trabaja para una editorial.
Ama la libertad pero dentro de un orden
opina que los negros no están aún maduros
asiste a los oficios regularmente
recibe a sus amigas los viernes por la tarde
y los martes almuerza
con su Ted en el Rotary Club.
Hace seis días que llegaron a Europa
pues en París se celebra un Congreso de Acústica
y mientras él ultimaba su ponencia
Katheleen partió hacia el Sur
quedando en encontrarse en Málaga los dos
cuando se terminaran las sesiones.
Hoy ella ha amanecido en un cuarto de hotel
junto a un extraño hombre flaquito
y mientras busca un Alka-Seltzer
piensa que por la tarde llega Ted
y que el psiquiatra de vuelta en New York
ya aclarará todo este asunto.
José Agustín Goytisolo

de rayuelas y pastillas

La niña que jugaba a la rayuela


La niña que jugaba a la rayuela
y a escapar de las olas en la playa
creció esperando siempre algún prodigio
un viaje imprevisto a cualquier parte.


En el cristal del día fue la luz
la que hurtaba sus horas mas felices
y la noche y sus ruidos no trajeron
sino tedio cansancio y mal de amor.


Ella que perseguía el alborozo
se vio acosada por los años feos
y un día tuvo miedo de la vida
al contemplar su ayer en retirada.


¿Y el amor? Ahora ve a su compañero
iluminado por la luna que huye.
Sí: le quiere. El suyo es asimiento
que no conoce tiempo ni fatiga.


LOS MOTIVOS AUTÉNTICOS DEL CASO

Una noche cualquiera del pasado verano
quiso aquel hombre terminar con todo
y después de la cena
se bebió mas de un litro de café
para empujarse todas las pastillas
de cuatro o cinco frascos de un somnífero
con lo que normalmente se durmió
y llegó hasta la muerte sin sentirla.

Sólo ciertos rumores intentaron
dar una explicación a tal suceso:
se aseguró que estaba enfermo grave
que una prima segunda le había amenazado
con contárselo todo a su marido
que los negocios no marchaban bien
que sufría de insomnio
o que su amante no le hacía caso.

Pero en realidad
las cosas eran mucho mas sencillas:
ocurrió que fue siempre un solitario
ocurrió que la vida dejó de interesarle
ocurrió que esa noche hizo un calor de ahogo
ocurrió que era muy inteligente.

José Agustín Goytisolo

ninfas y sueños

Monteverdi me llegó de mano sabedora. Al bueno de José Agustín y su inefable La noche le es propicia lo recuperé por mor del azar que no existe.

La venció el sueño unos minutos

¿Quién sería por Dios quién era
aquel hombre como abstraído
que miraba la luna cómplice
el vaso siempre junto a él
un cigarrillo entre los labios
y desnudo como el demonio?
La venció el sueño unos minutos
mas no se mueve. Sólo mira
a su amante al que hace unas horas
no conocía: bien que él
sí parecía conocerla
aunque acababan de encontrarse.
Mira el reloj. Piensa en tu casa:
allí todo será quietud
mientras ella...¡ qué tontería!
Con asombro constata ahora
que ni pesar ni azoro siente.
Se levanta para beber:
él la oirá y vendrá a su lado
para volver a estremecerla.

José Agustín Goytisolo.

 



yo entiendo de estas cosas

De aquí, esto:

(...) nada hay más grato para un intelectual que el trato con una persona inteligente que no es un intelectual

Bolero para Jaime Gil de Biedma

A ti te ocurre algo,
yo entiendo de estas cosas,
hablas a cada rato
de gente ya olvidada,
de calles lejanísimas
con farolas a gas,
de amaneceres húmedos
de huelgas de tranvías.

A ti te ocurre algo,
yo entiendo de estas cosas,
cantas horriblemente,
no dejas de beber
y al poco estás peleando
por cualquier tontería,
yo que tú ya arrancaba
a que me viera el médico
pues si no un día de éstos
en un lugar absurdo
en un parque, en un bar
o entre las frías sábanas
de una cama que odies
te pondrás a pensar,
a pensar, a pensar
y eso no es bueno nunca...
...porque sin darte cuenta
te irás sintiendo solo
igual que un perro viejo
sin dueño y sin cadena,
te pondrás a pensar,
a pensar, a pensar
y eso no es bueno nunca.

A ti te ocurre algo,
yo entiendo de estas cosas. 
José Agustín Goytisolo

las sales de Li

Apareció el litio y me fui directo a José Agustín, claro. A él no le valió, digamos. El poema es de su último libro, del 96. El litio y él se fueron de la mano tres años después. En la disyunción del último verso, fue lo primero, no lo segundo.

Llega el litio

Mucha tristeza nunca le humilló 
pero temía el hondo pozo oscuro 
que él envolvió en sus aguas cenagosas. 
Mucho haloperidol; pinchazos de antabús 
probó electroterapia veinte veces 
y salió disparado hacia una vida 
que ahora ya no recuerda: quince años 
hasta que llegó el litio: quince años 
perjudicando a todos los que amaba 
pues gastó su dinero y el ajeno 
en alcohol en viajes y en delirios. 
Pero el litio llegó y está en su sangre 
y ahora es su compañero de por vida 
hasta la oscuridad o la luz total.


José Agustín Goytisolo

la belleza de la elegía

A los diez años, en uno de los bombardeos de la aviación fascista su madre, Julia Gay, se fue de cuajo. Quedaron él, dos varones menores y una hermana mayor. El padre era químico. Había perdido un hijo previamente. Un tipo al que la muerte le había sacudido ya una buena hostia. Luego se fue la mujer. A la asistenta, que se llamaba como su mujer, le cambió el nombre por el de Eulalia. Prohibió a los hijos decir mamá o Julia. El dolor.
José Agustín nació a un día del 14 de abril del 28. Se precipitó por la ventana de su domicilio el día del padre del 99, con 61 años. Si fue caída accidental o no, con todos los respetos para los dolientes, me parece una estupidez. Mucho duró.
Hoy volvió a caer en mis manos las Elegías para Julia Gay. Lo tengo fechado en 2003 en Murcia. Pero lo primero que este escribidor leyó de este señor fue esto que sigue en un metro de Barcelona allá por los principios de este siglo.

Como los trenes de la noche

Si alguna vez estás pensando:
no sé qué pasa tengo frío
desearía irme de aquí
es que el pájaro negro vuela
sobre tus horas y tu casa.
Podrás notar un aire alto
un alear de escalofrío
pero no debes asustarte
ni te ampares en otros brazos.
Atraviesa la soledad
como los trenes de la noche:
la luz que huye es más hermosa
cuando el ave la sobrevuela.
El viaje termina pronto
y después ya no ocurre nada.

A mí me ocurre con él, y supongo que no sólo a mí, que su manera de expresarse me parece tan bella, tan delicada, tan certera, que a veces la tristeza que le acompaña se ve acentuada y otras diluida. Creo que en realidad lo que me produce es un trance, un trance espiritual.
Los dos que siguen son los que han aparecido ante mis ojos al abrir hoy el libro. Los dejo con la numeración que en él aparecen.

XI. Un sitio entre las rosas

Arrebatada por el odio
disuelta en el dolor absoluto de las cosas
me dejaste una herencia de suspiros.

Como tú sufro por los días
que han de venir por los males que acechan
por los niños que claman su turno
en nuestra sangre.

Desde este lado se puede aún pensar
en lo que nos aguarda
en lo que por las noches se fragua
al margen de los sueños.

Es hermoso soñar como en un puente
de la vida a la sombra: sonreír
ser objeto de luchas enconadas...

Si amanecemos viejos comenzamos
el mundo una vez más. Con el jabón del alba
la máscara aparece.

Pero tú ya acabaste. Desde aquí mis deseos
te procuran un sitio entre las rosas.

No sé lo que será de mis deseos

XII. A ella y a ti os pregunto

Llora conmigo, hermano.
Era mujer y bella. No tenía
nieve sobre los años.

De ella de mí de todo
te separaron. Pero el tiempo
te ha devuelto a su abrazo.

A ella y a ti os pregunto
si es posible que todo lo que amé
sea sólo un engaño.

¿Sabéis que espero a veces
vuestra voz y que tengo
los oídos tapados?
¿Sabéis
que niego el pie de vuestros pasos?

Pero no importa. Vivo
sobre las ruinas. Amo.

Decidme sí decidme,
-aunque no pueda oírlo
aunque nunca lo crea -
que nada ha terminado.


José Agustín Goytisolo

la forja de los corazones de hojalata

No sirves para nada

Fui un mísero afligido desde mi mocedad,
siempre lleno de espanto, lleno de tristeza…
(Salm., 88, 16)

Cuando yo era pequeño
estaba siempre triste
y mi padre decía
mirándome y moviendo
la cabeza: hijo mío
no sirves para nada.

Después me fui a la escuela
con pan y con adioses
pero me acompañaba
la tristeza. El maestro
graznó: pequeño niño
no sirves para nada.

Vino luego la guerra
la muerte-yo la vi-
y cuando hubo pasado
y todos la olvidaron
yo triste seguí oyendo:
no sirves para nada.

Y cuando me pusieron
los pantalones largos
la tristeza en seguida
mudó de pantalones.
Mis amigos dijeron:
no sirves para nada.
En la calle, en las aulas,
odiando y aprendiendo
la injusticia y sus leyes,
me perseguía siempre
la triste cantinela:
no sirves para nada.

De tristeza en tristeza
caí por los peldaños
de la vida. Y un día
la muchacha que amo
me dijo y era alegre:
no sirves para nada.

Ahora vivo con ella
voy limpio y bien peinado.
Tenemos una niña
a la que a veces digo
también con alegría:
no sirves para nada.

Un abrigo alejándose

Él huye. Escapa en el otoño
antes de que las hojas cubran ciertos días
para así recordar lo que fue suyo
lo que ahora va a perder -y bien lo sabe-
porque el duelo más grande
el mal peor es ver
ver sin remedio
un abrigo alejándose y un rostro
que se esfuma
en el andén: tristeza en unos ojos
hoy todavía en él y él dentro de ellos.
En la neblina de la gran ciudad
hay antiguos hoteles y espejos y almohadones
pero el que huyó prefiere los gritos del mercado
y sorteando muchachas y carritos y ofertas
apacigua su loco deseo de volver.
Día a día los ruidos
de calles y de bares y de salas de fiesta
le empujan desde el alba hasta la cama
en un barrio que teme y desea a la vez.
Entonces se sumerge entre papeles
come y respira aún olor de mayo
duerme y anda y estudia y compra los periódicos
se ducha una vez más porque quisiera
oír por teléfono la voz mientras resbalan
gotas de soledad y jabón sobre su piel.
Todo se lo mostró: y quiso que ella viera
que recordara aquellos días limpios;
el gozo de una vida despertándose
en la contemplación de su propio deseo:
perfume y tacto de la primavera.
No: no es el que ha partido un temeroso
que se sumerge en el aturdimiento
y no puede olvidar.
El débil y cobarde
es su absurdo y gastado corazón de hojalata.

José Agustín Goytisolo

pensamientos automáticos mientras uno se dirige en coche de Alicante a Madrid

Hacia la autopista

No adoptas el rechazo ni el desprecio o la ira inconsecuente/ como otros muchos hacen todavía/ si te ves rodeado cortejado seguido a cada rato/ por una multitud de objetos y de nombres/ que surgen y que imponen su estricta y cegadora/ realidad en todas partes ahora mismo/ y te hacen ver un mundo como el largo barrido o la secuencia/ de amplios escaparates excitantes/ parecidos a tiendas de ortopedia y tan complejos/ como catálogo de agrimensor/ porque tú sabes que los utensilios y palabras que lanzan/ de continuo almacenes y fábricas y T.V./ luego de señorear las calles y antenas y carteles/ escalando y brillando en anuncios de neón/ han llegado a tu casa como el repartidor de los periódicos/ están en tu cocina o en el baño/ en tu memoria en tu conversación y en la de tus amigos/ en los bares y el sueño/ son parte de ti mismo tal tu pelo o tu nombre/ o aquel pantalón viejo que prefieres/ son savia de tu tiempo y forman la cultura apresurada/ de un deslumbrante código de signos/ que dentro de mil años diferirá muy poco oh eruditos/ del que usó el hombre auriñaciense o griego/ tan fugaz como ellos pero también hermoso y expresivo/ y artificial y lleno de barbarie./ Así otra vez dejas tu cuarto pues y desayunas/ y procuras silbar y sonreír/ y caminas cuidando no pisar en las juntas del bordillo/ y bajas a saltitos la escalera del metro/ que con su vaho te lleva a la gran explanada de los aparcamientos/ a la ilusión que es tu ataúd coupé/ y ya estás al volante y empiezas sorteado varios pasos/ y vas hacia la cálida autopista/ que te ofrece su amor y los emblemas y rostros y dibujos/ de las marcas que usas o conoces/ y has prendido la radio y pisas ahora a fondo pues que sientes/ el aire y la dulzura del otoño/ mientras los postes de la luz y los arcenes se abren/ delante del motor y continúan/ y ciñes una curva y adelantas bellísimos camiones/ hecho un objeto tú a ciento setenta/ y piensas simplemente que algún día los nietos o biznietos/ que han de sobrevivirte los cabrones/ patinarán sobre este mismo asfalto y treparán a las gasolineras/ y alguno tal vez crea que fuimos unos tipos divertidos.

José Agustín Goytisolo

el señor de los trenes de la noche

Alta fidelidad

Entre todos los ruidos de la noche
yo distingo sus pasos. Sé
cómo va vestida; lo que piensa;
qué música prefiere. No me importa
su nombre o dónde vive
o en la casa de quién. Y todavía
mucho menos aún qué hará mañana
y hacia dónde se irá: qué oscuros trenes
la envolverán con su jadeo sordo:
qué manos retendrán su mano fría.
Ella camina ahora y yo la siento
cerca de mí; real; cansada; siempre
con ojos asombrados esperando
que algo nuevo suceda; algo que cambie
el monótono ritmo de las horas:
un gesto acaso que ella entendería
y no sabe cuál es. Sólo la noche
acompaña sus pasos desolados
le da cobijo entre las multitudes.
Sólo la noche -como yo- la espera.


José Agustín Goytisolo