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la memoria de José Manuel

EN LA HORA PROPICIA


En la hora propicia, el solitario
recuenta su esperanza con la misma avidez
que el avariento sus monedas.
No se equivoca nunca la memoria
del que no puede preguntar. La noche
despojada, lo abolido del mundo,
penetran libres hasta el propio centro
del abandono, mientras van los días
gastando su caudal y la tiniebla
furtiva del ayer ronda el recinto
que ocupara la vida.
El solitario
espera aún, se vuelve hacia su propia
libertad despoblada. Los errores
limítrofes, las medianeras culpas
regresan a ser pasto del silencio.
Nadie le dice la palabra. Bajo
la despreciable paz, el tiempo mudo
brota como la flor de la codicia.

El solitario entonces acrecienta
su acopio de esperanzas, colma el yermo
claustro del corazón con su memoria.
Escrita está la cifra del indulto:
mengua su libertad aquel que olvida
que es su propio recuerdo quien lo salva.

José Manuel Caballero Bonald

aunque parecen aceñas, no lo son

MAÑANA, ME DECÍAN

No podía ser niño en el pupitre
inhóspito, llamaba a alguien,
me miraba las manos, iba
parpadeantemente emborronando
las letras y los números, hendía
el sustantivo mapa carcelario.

Mañana, me decían. Pero
la deserción del tiempo, aquel estrado
limítrofe del mundo, aquella
disciplinaria división del odio,
me trababan la infancia para nunca.

Cuerpo sin ojos, ¿dónde
estaré mañana, con qué nudos
de sábados en sombra amarrarán
mi sueño, entre qué cuatro
indómitas paredes
irá mi libertad entumeciéndose?
Los cautelosos plátanos, la inmóvil
vendedora de estampas, el guardián
de los jueves, la flora combativa
como emblema, ¿siguen siendo mañana?

Oh injusto ayer entre inocentes
veredictos, fervor
de lo temprano junto al miedo
tardío de vivir, chorro de sed
de las aceñas clandestinas, calle
del Láudano que abría
sus ululantes puertas de prostíbulos
contra el mundo primero.

¿Qué me querías tú, luna
lluviosa, airada piedra
de la tarde, descoyuntado círculo
del tiempo? ¿Qué me querías,
dime, mísera prefectura
de los libros desérticos, tapial
de coros y de láminas,
vespertinas maderas
de vigilancia y de oración?

No podía ser niño en los escaños
hostiles, entre el terco
desdén de las empalizadas, junto
al silbo imperioso, bajo el látigo
del estupor y de las letanías.

Mañana, me gritaban. Pero
¿dónde estaré mañana, qué será
de mi tiempo, de qué van a servirme
tantos días sin mí? ¿Es necesario
el mundo, soy necesario yo,
me hago falta a mí mismo?

Crédula infancia sola entre respuestas
sin preguntas, déjame ser
equivocadamente el responsable
de mi quieta impaciencia de vivir.
 

José Manuel Caballero Bonald
aceña 
Del ár. hisp. assánya, y este del ár. clás. sāniyah 'elevadora'.
1. f. Molino harinero de agua situado en el cauce de un río.
2. f. p. us. azud (‖ máquina para regar los campos).
3. f. Acequia o canal.
4. f. espadaña (‖ planta).

Y de regalo, a propósito de aceñas, esta delicia de El Quijote, extraída de aquí.


Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:

—Sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales18, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos19, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallaránVII, si le pesan a oro20; y, así, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda, y si no, pasado habemos.

—Yo no creo nada deso —respondió Sancho—, pero, con todo, haré lo que vuesa merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas dos varas21, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.

—Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra, que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodiacos, eclíticasVIII, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidasIX, de que se compone la esfera celeste y terrestre22; que si todas estas cosas supieras, o parte dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto y qué de imágines hemos dejado atrás23 y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliegoX de papel liso y blanco.

Tentóse Sancho, y llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda24, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:

—O la experiencia es falsa o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas.

—Pues ¿qué —preguntó don Quijote—, has topado algo?

—¡Y aun algos! —respondió Sancho.

Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blandoXI entonces y suave.

En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban25, y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:

—¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.

—¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? —dijo Sancho—. ¿No echa de ver que aquellas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?

—Calla, Sancho —dijo don Quijote—, que aunque parecen aceñas no lo son, y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de en unoXII en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.

En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas26, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a detenerle; y como salían enharinados y cubiertos los rostros y los vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes, diciendo:

—¡Demonios de hombres!, ¿dónde vais? ¿Venís desesperados, que queréis ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

—¿No te dije yo, Sancho —dijo a esta sazón don Quijote—, que habíamos llegado donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro, mira cuántos vestiglos se me oponen, mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos...27 Pues ¡ahora lo veréis, bellacos!

Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles:

—Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado «el Caballero de los Leones» por otro nombre, a quien está reservadaXIII por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.

Y diciendo esto echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros, los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas.

Púsose SanchoXIV de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan manifiestoXV peligro, como lo hizo por la industria y presteza de los molineros, que oponiéndose con sus palos al barco le detuvieron, pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua28; pero vínole bien a don Quijote29, que sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos vecesXVI, y si no fuera por los molineros, que se arrojaronXVII al agua y los sacaron como en peso a entrambos, allí habíaXVIII sido Troya para los dos30.

Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de su señor.

Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien habían hecho pedazos las ruedas de las aceñas, y, viéndole roto, acometieron a desnudar a Sancho y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego, como si no hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castilloXIX estaban oprimidas.

—¿Qué personas o qué castillo dicesXX —respondió uno de los molineros—, hombre sin juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a estas aceñas?

—¡Basta! —dijo entre sí don Quijote—, aquí será predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna, y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más31.

Y alzando la voz prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:

—Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme, que por mi desgracia y por la vuestra yo no os puedo sacar de vuestra cuita. Para otroXXI caballero debe de estar guardada y reservada esta aventura32.

En diciendo esto, se concertó con los pescadores y pagó por el barco cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:

—A dos barcadas como estasXXII, daremos con todo el caudal al fondo.

Los pescadores y molineros estaban admirados mirando aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les decía; y teniéndolos por locos les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias33, don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

las circunvecinas cavidades del ocio


CAMPO DE SOLEDAD

La soledad que a veces, todavía,
te seduce a deshora, te somete
a un trato vejatorio, ¿no es la misma
que antaño te solía visitar
sin previo aviso, a horas intempestivas
o anunciándose de repente
con suavísimo trato de ramera?

La soledad de ahora se acrecienta
en su propia renuncia selectiva,
expande sus tentáculos
por las circunvecinas cavidades del ocio.

Pero ya tú no eres el mismo que solías
contribuir de grado a su caducidad,
ya eres otro inquilino
de esa dudosa deshabitación
que aún te otorga un consecuente
atisbo justiciero, una vaga
decencia inculpatoria, el desdén por lo obvio,
un repudio pugnaz por todo lo sectario
y esa humilde, obstinada convicción
de que todos aquellos que abominan
de los transgresores
padecerán un día ese otro suplicio
que otorga a los gregarios su propia soledad.

Caballero Bonald J. M.


pugnaz

Del lat. pugnax, -ācis.

1. adj. Belicoso, guerrero.

la aliteración en la deprecación de José Manuel

deprecación
Del lat. deprecatio, -ōnis.
1. f. Ruego, súplica, petición.
2. f. Ret. Ruego o súplica ferviente que se dirige a alguien.

el gasto en la espesura

Música de fondo

Llega el momento de decir la palabra
y se la deja caer, se la apremia
a transitar entre los labios,
anclada ya en sus límites de tiempo.
La palabra se funda a ella misma, suena
allá en la soledad de quien la dice
y puja poco a poco hasta nacer
y antes es nada y sólo una ansiedad
la hace constancia de algo irrepetible.

Súbitamente esa palabra aumenta
el vértigo ritual de la memoria,
boga sobre los hombres que la escuchan,
gira anhelante entre vislumbres
y se alza más y más y se estaciona, pule
sus bordes balbucidos, se nivela entre sueños.

Después inicia su holocausto.
Función de amor o de vileza,
la palabra se gasta en la espesura,
puebla sus márgenes de brozas,
se torna vana, amago de un aliento,
oscuridad final y sin sentido.

Está cayendo ya hecha pedazos.
Rescoldos fugitivos, restos
de fuegos ilusorios, flota y flota
sobre las intenciones preteridas,
entre el silencio de las conjeturas.

Es nada la palabra que se dijo
(no importa que se escriba para
querer salvarla), es nada y lo fue todo:
la música del mundo y su apariencia.

José Manuel Caballero Bonald

Me encontré con él a mi lado hace unas semanas viendo esta exposición monumental. Me puse tan nervioso. Y tan contento.

preterir
Del lat. praeterīre 'pasar adelante'.
Conjug. c. pedir.
U. solo las formas cuya desinencia empieza por -i.
1. tr. Hacer caso omiso de alguien o algo.
2. tr. Der. Omitir en la institución de herederos a los que son
forzosos, sin desheredarlos expresamente en el testamento.

ningún vestigio

Entrevista por escrito a quien es capaz de generar esta perla, inserta en novela:

“Cansado como está, no se detiene entonces en el retrospectivo inventario de la destrucción”.

Verás, mi salud no es buena y tengo la vista muy dañada, apenas puedo leer. Yo he sido un lector asiduo, de varias horas diarias, pero eso también se acabó. Me paso el día a la sombra de un árbol viendo pasar el tiempo, oyendo música de cámara, jazz, flamenco. Eso es todo lo que hago. La vejez es una maldita sucesión de pérdidas.

La literatura que se limita a contar historias no pasa de ser una crónica periodística, pierde su condición de literatura. La literatura es el arte de crear una nueva realidad, de interpretar estéticamente el mundo, no de copiarlo.

P. ¿Cómo era entonces la relación con los colegas?
R. Yo tenía por entonces dos grandes amigos escritores: Ángel González y Juan García Hortelano. Nos íbamos por ahí con frecuencia a cenar, a tomar copas… A los demás los trataba muy de tarde en tarde.

P. En todo caso, ¿el panorama de ahora le resulta atrayente?
R. No, atrayente no. Pero hay unos pocos casos alentadores.

Si la quieren leer completa, está aquí. Es de julio del año pasado. Lo digo por lo del panorama de ahora, para situarnos.
Por mi parte, amén de la envidia literaria, la de no hacer nada bajo un árbol, la de tener las marismas en frente, la de beber vino con delectación diaria, la mayor, sobre todas ellas, es la de haber salido de farra con Ángel y Juan. Envidia es poco.

A batallas de amor campo de plumas

Ningún vestigio tan inconsolable
como el que deja un cuerpo
entre las sábanas
                                  y más
cuando la lasitud de la memoria
ocupa un espacio mayor
del que razonablemente le corresponde.

Linda el amanecer con la almohada
y algo jadea cerca, acaso un último
estertor adherido
a la carne, la otra vez adversaria
emanación del tedio estacionándose
entre los utensilios volubles
de la noche.
                      Despierta, ya es de día, mira
los restos del naufragio
bruscamente esparcidos
en la vidriosa linde del insomnio.

Sólo es un pacto a veces, una tregua
ungida de sudor, la extenuante
reconstrucción del sitio
donde estuvo asediado el taciturno
material del deseo.
                                    Rastros
hostiles reptan entre un cúmulo
de trofeos y escorias, amortiguan
la inerme acometida de los cuerpos.

A batallas de amor campo de plumas.

José Manuel Caballero Bonald

centón


Del lat. cento, -ōnis.
1. m. Obra literaria compuesta con fragmentos de otras obras.
2. m. despect. Obra llena de elementos heterogéneos y falta de
originalidad.
3. m. Manta grosera hecha de retazos.

inverecundia

Del lat. inverecundia.
1. f. Desvergüenza, desfachatez.

el menor ángulo con la dirección del viento


NOCTURNO CON BARCOS

Siento pasar los barcos por dentro
de la noche. Viene de un taciturno
distrito del invierno y van a otra interina
estación de argonautas,
                                    esas rutas
quiméricas que rondan
los fascinantes puertos de la imaginación.

Invisibles a veces, surcan
las cóncavas comarcas de la niebla,
pertenecen a un mundo despoblado,
a alguna procelosa tradición
de vidrieras marchitas, se parecen
a la emoción que queda detrás de algunos sueños.

Llega hasta aquí el empuje
respiratorio de las máquinas, el empellón
del agua en las amuras,
                                    y a veces
una sirena desenrosca
la disonante cinta de su melancolía
por los opacos círculos del aire.

La cifra de esos barcos es la mía.
Con ellos cada noche se va también mi alma.

José Manuel recita con la misma soltura y gracia que tengo yo para el manejo del polaco... 





amura

De amurar.
1. f. Mar. Parte de los costados del buque donde este empieza a estrecharse para formar la proa.

2. f. Mar. Cabo que hay en cada uno de los puños bajos de las velas mayores de cruz y en el bajo de proa de todas las de cuchillo, para llevarlos hacia proa y afirmarlos.

el exterminio de los últimos justos

Verbo irregular

Hay un sector del paraíso
que, contra toda predicción,
se interna ya en las lindes del infierno.

Tierra de nadie, circulo engañoso
entre la selva oscura y el empíreo,
allí conviven
el inocente y el culpable,
                          allí
forman ya multitud los inquilinos,
mientras la vida
colinda con la muerte una vez más
y réprobos y bienaventurados
cohabitan en las zonas fronterizas.

Ya no tarda la hora
del exterminio de los últimos justos.

José Manuel Caballero Bonald


empíreo, a.

Del lat. mediev. empyreus, y del gr. ἐμπύριος empýrios 'ígneo'.
1. adj. Perteneciente o relativo al empíreo.
2. m. En la cosmología antigua, cielo o esferas concéntricas en
que se mueven los astros. U. t. en sent. fig.
3. m. Cielo, paraíso.


réprobo, ba.

Del lat. reprŏbus.
1. adj. Condenado a las penas eternas. U. t. c. s.
2. adj. Dicho de una persona: Condenada por su heterodoxia religiosa. U. t. c. s.
3. adj. Dicho de una persona: Apartada de la convivencia por
razones distintas de las religiosas. U. t. c. s.
4. adj. malvado. U. t. c. s.

los barcos de Turner

Por eso le conviene tanto a Manual de infractores, como le convenía a Diario de Argónida, el carácter de anotación instantánea, diarística, de sujeción de lo fugitivo que tienen los poemas. Se trata de elaborados apuntes en los que el autor observa lo que sucede alrededor y dentro de sí mismo y establece una red de relaciones, lógicas o imaginativas, que en ocasiones confluyen en el encuentro con pequeñas paradojas fundamentales: la soledad, que salva de estar solo, las disputas del presente zanjadas en el pasado, la evocación de lo vivido como forma de invención, el olvido de los detalles en el recuerdo de las sensaciones.
(…)
Manual de infractores es una lección maestra de lo que la poesía es capaz de hacer en el mundo contemporáneo para encontrar su sentido pleno, para intensificar su campo expresivo y para socavar la conciencia de los lectores. Cada poema es un ejercicio de libertad y de pasión, una invitación a distinguir lo que importa, a mirar más.

Luis Muños, 4/10/2006

Barcos

He navegado en barcos
desiguales
–dóciles, neutros,
belicosos-
tratando de llegar
lo antes posible a ningún sitio
o acaso rezagándome en las últimas
demarcaciones de la soledad.

Algunos de esos barcos eran míos,
otros pertenecían a los prolijos puertos
de la imaginación.
Dignificados
por la literatura, he ido amándolos
como si fueran cuerpos,
como si fueran árboles,
como si fueran músicas.

Ahora ya permanecen inertes, abolidos,
pudriéndose en los varaderos
de no sé qué recodo
de la postergación,
surcando a la deriva
las aguas insurrectas del recuerdo.

A lo lejos los mástiles
sugieren cotas de felicidad,
indistintos trasuntos de aventuras
que viví ansiosamente
cuando yo menos las necesitaba
y que se han ido disipando
igual que cicatrices en la cara del mar.

José Manuel Caballero Bonald en Manual de infractores.