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grados de atención: la luz que entraba por la ventana

La columna, de este viernes pasado, no es de mis preferidas literariamente hablando. Sin embargo, coincido tanto con su tercer párrafo.

Permanecer atentos

Hay días en los que uno se levanta necesitando desesperadamente que ocurra algo bueno. Algo bueno, aunque se trate de algo bueno pequeño, de algo bueno normal, de algo bueno doméstico. Dios mío, si me sintonizas, envíame algo bueno. ¿Nos sintoniza Dios como sintonizamos nosotros una emisora de radio? ¿Mueve Dios un dial por el que un día escucha a Àngels Barceló y otro a Carlos Herrera? Ahí estoy yo también, en todo caso, pidiéndole algo, no un milagro, no una intervención grandiosa, sino un gesto, un guiño, un destello, una disculpa. Y me pregunto si la señal le llega distorsionada, como cuando las emisoras de radio se mezclan entre sí y no sabes si hablan a favor de Ucrania o en su contra.

Aun así, sigo pidiendo. Cuanto más ateo me vuelvo más pido, aunque sospeche que nadie se encuentra al otro lado. Porque uno pide incluso cuando sabe que es uno mismo quien debe conseguirse ese algo bueno. Permanecemos aferrados a aquella parte de la infancia en la que el mundo podía transformarse en un instante por la aparición de un regalo inesperado del Ratoncito Pérez, de una palabra de reconocimiento del profesor de Lengua, de la luz que entraba por la ventana el día de Reyes.

Quizá lo que esperamos es la confirmación de que no estamos completamente solos en el interior de nuestra cabeza. Que hay un orden secreto, una coreografía mínima, un pacto silencioso entre lo que pensamos y lo que sucede. Un pacto que a veces se cumple y a veces no, como ocurre con las señales de radio cuando el viento cambia de dirección y se mueve la antena. Me gusta creer que lo bueno que pedimos no siempre llega en el envoltorio imaginado. Que a veces se disfraza de rutina, de una conversación trivial, de una sonrisa que aparece donde no la esperabas. Y que, si existiera ese Dios radiófilo, tal vez nos revelaría que la oración más eficaz es la que emitimos cuando dejamos de suplicar y empezamos, simplemente, a permanecer atentos.

Juan José Millás

la poesía, en cambio, siempre pesa igual

Curiosidades

Me ha dicho el médico que me pese cada mañana. De ese modo, si un día cojo unos gramos, al siguiente pondré los medios para perderlos. No es preciso añadir que se trata de un médico obsesivo, pero ni los médicos ni las esposas nos tocan en la lotería. Si estoy con él, me digo, por algo será. De otro lado, me gusta la idea de corregir el martes los errores del lunes. Lo primero que hago al sentarme frente al ordenador, a primera hora, es repasar las páginas escritas la jornada anterior. Siempre tacho algunas palabras o añado otras. Gracias al médico obsesivo he empezado a relacionarme con mi cuerpo como si fuera una novela que escribo día a día. Hoy peso 200 gramos más que ayer por culpa de una cena que ni siquiera me hizo feliz. Pues nada: a tachar esos doscientos gramos a base de frutas y punto (punto y aparte).

Tachar kilos es tan difícil como tachar adjetivos. Se les coge cariño a los unos y a los otros. Aunque sabes que no le vienen bien a la escritura ni al cuerpo, nos cuesta cortar por lo sano, ésa es la verdad. Pero quiero insistir en la idea del cuerpo como novela; a veces, como novela de terror. Me hice unos análisis que me entregaron en un sobre cerrado donde ponía la palabra «confidencial». Iba por la calle con aquel sobre debajo del brazo como si fuera un agente del Centro Nacional de Inteligencia. Pero sólo era un espía de mi propio cuerpo. Se lo entregué al médico y fue entonces cuando me recomendó que me pesara todos los días, para tachar el miércoles los gramos de más escritos durante el martes. En eso estoy.
Para amortizar la báscula, me peso siempre que paso cerca de ella. Por las noches, no sé por qué, peso siempre dos kilos más que por la mañana. Pero son dos kilos que se tachan solos, también de forma inexplicable, durante el sueño, como si los gramos se colaran por un sumidero invisible. El otro día me desperté de madrugada y estuve una hora sobre el peso, para sorprender al cuerpo en el instante de adelgazar, pero es más difícil que ver crecer la hierba. He hecho también experimentos con algunos libros. Las novelas pesan más por la noche que por la mañana. La poesía, en cambio, siempre pesa igual. Cuestión de metabolismo, supongo.

Juan José Millás

Los padres mienten

Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

—Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te lo creas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.
Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bien y a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaqueta de mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los de lengua… Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas de la vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.
 
Lo cierto es que yo ya había oído en el colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respecto, lo perdieron del todo tras la revelación de mi hermano mayor.
 
En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos. Le dije que les tenía en gran consideración (no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que el chico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.
 
—Se trata —añadió— de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes. A tu hermano se lo dijimos también cuando cumplió tus años.
Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que me lo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y me llevarían al psicólogo.
 
—Yo —añadió— también lo fingí. Como comprenderás, si ellos se quedan más tranquilos así, tampoco cuesta tanto darles gusto.
 
Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habida cuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.
 
Al regresar de vacaciones de Navidad al colegio, comprobé que a todos los de mi clase les habían dicho que los Reyes eran los padres, y todos se lo habían creído. Estuve a punto de sacarles de su error, pero mi hermano también me había dicho que ni se me ocurriera, porque me tomarían por loco. La conspiración para eliminar esa creencia de la cabeza de los chicos era prácticamente universal y resultaba ingenuo tratar de enfrentarse a ella, pesa a las numerosas pruebas existentes, repartidas entre la Biblia, la Historia Sagrada y los propios hechos, pues lo cierto es que aun después de dejar de creer en los Reyes la gente continuaba recibiendo regalos.
 
Tuve la suerte, en fin, de mantener esa ilusión durante mucho más tiempo que mis compañeros. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.

Juan José Millás

speciality/specialty/even split personality

La tenía pendiente desde hace mucho y el otro día, escuchando programas atrasados de Juan José le escuché hablar de ella. Y le hice caso. Qué delicia. Difícil de adaptar el libro, con muchas elipsis, pero con una enorme ventaja: el elenco actoral es una salvajada. De todo, la química entre él y ella es, de tan antagónica, hipnótica.

Esta línea de guion, que aparece en el segundo vídeo de aquí abajo, es una exquisitez -de las muchas que tiene, porque el guion es un primor, fácilmente deducible del libro original-:

MURIEL: My speciality is dogs that bite.
MACON : Speciality. Webster prefers "specialty." 
She gives him a blank look.

Cosas de no tener el equivalente a una RAE. El guion, por cierto, está aquí.

Y el tema principal de la película, de un tal John Williams, que supo leer perfectamente de qué va la falla...



Gabrielle y Alison

He vuelto a leer y a disfrutar de estas dos novelas gráficas de aquí abajo. Cuando las leí no las referencié en el cuaderno, vete a saber por qué.

Gabrielle tiene 27 años cuando comienza su Afortunada -Lucky- y es enternecedor ver cómo evoluciona su manera de abordar las viñetas a lo largo del libro, como si de la caligrafía de una adolescente se tratara. Su limpieza y su aparente banalidad están al alcance de poca gente. También sus encuadres y su ironía finísima. Tiene una página propia, por cierto. Me iría de cervezas con ella. Debe ser graciosa sin quererlo.

Fun home, de Alison, es otra cosa. También con un trazo minimalista y limpio, pero no tan extremo como la anterior -¿no tan inocente, podríamos decir?-, me recordó mucho a J. J. Millás en El mundo -también la volví a leer hace poco y tampoco la referecié-, sobre todo en la primera parte de este último, por el profundo ejercicio de introspección que conllevan ambos casos. Sospecho que esa introspección viene de años de diván, pues la manera de estructurarla es delatora. Alison tiene 46 años cuando la publica, notable diferencia con Gabrielle. Es una obra plagada de referencias culturales, apropiadísimas -no en balde conformaron su biografía- y ricas en su variedad. Y es una obra dura porque no ofrece a su autora -y por tanto a nosotros- solución al desasosiego que plantea y que es universal. Graciosamente, comparte con la anterior a Proust, no creo que por casualidad. La página de Alison es esta. Tengo serias dudas de que me fuera de cañas con ella.



when you were mine you wore an earphone

El hijo del joyero

En una clase de escritura creativa, después de que una alumna hubiera leído un texto de encargo, pregunté a uno de sus compañeros qué le había parecido. 

Me ha gustado mucho porque lo he entendido y a mí me gustan las cosas que entiendo —dijo. 

Su afirmación acerca de las virtudes de lo inteligible fue tan categórica, tan agresiva incluso, que no me atreví a replicar. Esperé a la siguiente clase para decir algo. 

¿Te gusta alguna cosa que no entiendas? —le pregunté con cautela. 

No —repitió tajante—, lo que no entiendo no me gusta. Desconecto, me voy. 

Estuve por hurgar un poco en el asunto. Pero juzgué que no era el momento. Además, no quería poner en aprietos al chico, que me caía bien; era un buen tipo. Había acudido al taller para aprender a escribir como se habla porque pretendía hacer diálogos para el cine y la televisión. 

Si quieres escribir como se habla —le dije al principio—, no me necesitas a mí. Basta con que grabes a la gente y transcribas a continuación la cinta. 

Sospecho que hay un truco —respondió él. 

El truco —le dije— consiste en otorgar a la escritura una apariencia de oralidad. 

¿Una apariencia? —dijo él. 

Una apariencia —dije yo. 

¿Significa que parezca oral, pero que no lo sea? —dijo él. 

Exactamente —dije yo. 

¿Y eso cómo se logra? —preguntó él. 

Buscándose uno la vida —respondí yo. 

Por alguna misteriosa razón, pensaba mucho en este chico. Había en él una suerte de opacidad que me resultaba conmovedora. Un día leí en el taller la primera frase de La Regenta, la novela de Clarín. 

Escuchad esto —pronuncié abriendo el libro—: “La heroica ciudad dormía la siesta”. 

Me dirigí luego al chico al que solo le gustaba lo que entendía y al que en el futuro llamaremos Pedro: 

Pedro, ¿te gusta este comienzo? 

¿Te importaría volver a leerlo? —dijo él. 

—“La heroica ciudad dormía la siesta” —repetí yo. 

Está bien —dijo él. 

¿Pero es una obra maestra? —dije yo. 

Hombre, tanto como obra maestra… —dudó él. 

A lo mejor no lo has entendido —aventuré yo. 

Sí que lo he entendido —se ofendió él—. Dice que la heroica ciudad dormía la siesta. No tiene más misterio. 

¿Y tú te imaginas a un héroe durmiendo la siesta? —pregunté yo. 

Perfectamente —dijo él. 

Ponme un ejemplo —dije yo. 

Mi padre —dijo él—. Mi padre se levanta a las tres de la madrugada, va al mercado central, compra la carne del día, la transporta hasta su puesto en el mercado del barrio, la coloca, abre la tienda, atiende a los clientes. Mi padre pesa 120 kilos. Es un gigante, no le tiene miedo a nada. Y después de comer da una cabezada en el sofá. 

¿Qué responder a eso? El heroico padre de Pedro dormía la siesta. Un día que fuimos a tomar una cerveza al terminar la clase le pregunté: 

Pedro, ¿tú me entiendes? 

No —dijo. 

¿Y te gusto como profesor? 

No —respondió sin vacilar. 

¿Por qué vienes entonces a mis clases?

Porque sabes algo sobre la construcción de los diálogos que yo no sé. 

Al día siguiente, leí en clase el comienzo de un cuento de Raymond Chandler que dice así: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Pregunté a Pedro si le parecía genial. 

Creo que sí —dijo—, creo que es muy bueno. 

¿Por qué? —pregunté yo. 

Porque da, en muy poco espacio, mucha información sobre el que habla. Nos dice que es un tipo cansado. 

¿Y crees que las personas se expresan de ese modo? 

Dudó. Me dirigí a la clase y pregunté si la gente, en la vida real, habla como los personajes en las novelas y en el cine. Los alumnos se miraron unos a otros. No era un grupo muy participativo. Saqué de mi cartera un papel donde llevaba impreso el famoso diálogo entre los dos protagonistas de Johnny Guitar: 

Él: ¿A cuántos hombres has olvidado? 

Ella: A tantos como mujeres tú recuerdas. 

Él: No te vayas. 

Ella: No me he movido. 

Él: Dime algo agradable. 

Ella: Claro, qué quieres que te diga. 

Él: Miénteme, dime que me has esperado todos estos años. Dímelo. 

Ella: Te he esperado todos estos años. 

Él: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto. 

Ella: Habría muerto si no hubieses vuelto. 

Él: Dime que aún me quieres como yo te quiero. 

Ella: Aún te quiero como tú me quieres. 

Él: Gracias, muchas gracias. 

Me volví de nuevo a la clase. Volví a preguntar si la gente hablaba así en la vida. Tuvieron que aceptar que no. Les dije que el día anterior, preparando la clase, había tropezado en Internet con una curiosa demanda. Alguien solicitaba una especie de catálogo de frases típicas de telenovela. La respuesta con más puntos citaba las siguientes: 

No soy más que una simple criada. 

¿Por qué tuve que nacer ciega? 

Hay que impedirlo a toda costa. 

Estoy esperando un hijo tuyo. 

Los alumnos rieron al reconocer el lenguaje del melodrama, muy parecido al lenguaje de la vida. La vida les hacía gracia. Pedro, en cambio, se había quedado pensativo. Me pidió que desmontara la frase con la que había comenzado todo: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Se trataba de un ejercicio, el de desmontar frases, que hacíamos a veces, y que les gustaba. Les solicité que pensaran en avenidas y en callejones. Dije que a veces uno camina por la avenida principal de una ciudad cuando le sale al paso un callejón más atractivo, en el que se introduce con la intuición de que romperá así la monotonía grandiosa, aunque previsible, de la avenida. 

Lo curioso —añadí— es que todo el mundo sabe lo que es un callejón, pero no todo el mundo sabe lo que es una oración subordinada. 

La que nos habíamos propuesto desmontar era una oración compuesta por una principal (era uno de esos hermosos días de finales de abril) y una subordinada (si a uno le importan esas cosas). La principal, les expliqué, era principal porque podría sobrevivir sin la subordinada, y la subordinada era subordinada porque carecía de sentido por sí sola. Ahora bien, añadí, la principal, pese a su capacidad de supervivencia, parecía idiota. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril” se le ocurre a cualquiera. De hecho la inteligencia de la frase residía en la subordinada (“si a uno le importan esas cosas”). Observad, les pedí, la capacidad irónica de ese callejón gramatical. Repetimos: si a uno le importan esas cosas. De súbito, y gracias a su subordinada, la frase principal, que por sí misma no valía un céntimo, adquiere una fuerza asombrosa. Bueno, estaba intentando explicarles (y explicar a Pedro en particular) lo que diferencia a la escritura creativa de la prosa común, del habla. Una frase pretenciosa, manoseada, mala (era uno de esos hermosos días de finales de abril) se convierte en buena si haces salir de ella, a modo de apéndice, un callejón inesperado (si a uno le importan esas cosas).

El lenguaje literario era en cierto modo un intruso que intentaba pasar inadvertido entre el lenguaje común. Parte de su interés, si no todo, residía en esa capacidad no ya de ser tolerado por el sistema siendo tan diferente a él, sino de confundirse con él hasta el punto de que mucha gente, como Pedro, suponía que aprender a escribir diálogos consistía en aprender a escribir como se habla. Confundía la literatura con la vida. Quería llevar su vida (su habla) a la escritura, quizá quería convertir su vida en una película. ¿Qué distingue a las frases magnéticas de las comunes? Que en su interior sucede un drama de carácter semántico. “La heroica ciudad dormía la siesta”. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril si a uno le importan esas cosas”. Por cierto, que Pedro, mi alumno del taller de escritura, era un tipo magnético, aunque de un magnetismo turbio, oscuro, un magnetismo con lagunas de opacidad. En una ocasión leí en el taller un verso de Anne Sexton que dice así: “Cuando fuiste mía llevabas un audífono”. Se rieron todos, menos Pedro. 

¿Por qué os reís? —pregunté. 

Las explicaciones fueron al principio confusas, pero poco a poco fuimos aproximándonos a la cuestión. “Cuando fuiste mía”, la oración subordinada, en este caso, carecía de interés. La sorpresa salta al leer la principal, “llevabas un audífono”. ¡Dios mío!, a quién, si no a un genio, se le ocurriría completarla de este modo. Llevabas un audífono. Cuando fuiste mía llevabas un audífono. Si ustedes escriben en Google el sintagma “cuando fuiste mía”, les salen 3.480.000 resultados. Es el primer verso de miles canciones. Pero ninguno, de entre esos millones de “cuando fuiste mía”, se completa con un “llevabas un audífono”. En este caso, la frase principal es la intrusa. ¿Qué rayos hace ahí el “llevabas un audífono”? Se enfrenta al tópico, lo destroza, lo vuelve a su favor. Engaña a la lengua, al monstruo, le hace creer que va a escribir un poema romántico, un poema idiota, un texto de todo a cien, y al dar la vuelta a la frase le da esquinazo, le cuela el “llevabas un audífono”. En resumen, “llevabas un audífono” hace antiliteratura, que es la única forma posible de hacer literatura. Un día leí en el periódico la reseña de una novela a la que el crítico calificaba de “rara”. Imaginé el caso contrario, una crítica sobre una novela cualquiera de la que se dijera que era normal. Tienen ante ustedes una novela normal. ¿Hay novelas normales? Quizá sí. Y quizá sean las que definan el gusto dominante. Las novelas normales poseen una facultad que no tiene precio: que se entienden. Se entienden, digámoslo todo, al modo en que Pedro había entendido el ejercicio de la alumna al que aludíamos al principio de estas líneas. Y no solo se entienden, sino que te entienden. Saben que estás agotado, que tienes en la cabeza mil cosas que resolver. Hay que llamar al servicio técnico del gas para que vengan a hacer la revisión anual, has de llevar el coche a la ITV y el gato al veterinario. La vida diaria está repleta de pequeñas ansiedades que dificultan la concentración. Si aún te queda un hueco para leer una novela, le pides entenderla y que te entienda, es decir, que te dé la razón. ¿Quién quiere una novela que no le dé la razón? ¿Quién quiere un poema de amor que diga que cuando fuiste mía llevabas un audífono? Cuando fuiste mía, no sé, la tormenta arreciaba, o se escuchó el canto de una alondra. Pasaron los años y un día tropecé con Pedro en la calle. Iba vestido como un ejecutivo de éxito. Intercambiamos las frases habituales, tópicas, las frases que nos ordenaba decir la lengua y que jamás se dirían los personajes de una novela. ¡Cuánto tiempo!, ¿cómo te va?, ¿vives en Madrid?, etcétera. Una vez agotado el repertorio, le pregunté si le apetecía tomar un café. 

Claro —dijo él. 

Nos metimos en un bar y continuamos intercambiando banalidades. Casi a punto de despedirnos, Pedro me apuntó con el dedo y me dijo con una sonrisa rara, una sonrisa que podía ser la imitación de una sonrisa: 

De modo que la heroica ciudad dormía la siesta. 

Sí —dije yo—, y cuando fuiste mía llevabas un audífono. 

Verás —dijo él—, entendí perfectamente, a la primera, la heroica ciudad dormía la siesta. La entendí tanto que me asustó y por eso intenté devaluarla. Mi padre no tenía una carnicería ni se levantaba a las tres de la madrugada para ir al mercado central ni pesaba 120 kilos. Mi padre no era un héroe. Mi padre tenía cinco joyerías, cinco; ahora tenemos diez porque me he incorporado yo al negocio. Y me gusta. Entonces, no. Estaba en la época de la rebeldía. No quería parecerme a mi padre. Ignoraba que escribir como se habla era un modo de parecerme a él por otra vía. Tú, sin darte cuenta, me hiciste ver que en el fondo quería ser como él. Un día dijiste en clase que se escribe desde el conflicto, que si no hay conflicto se puede escribir el código penal pero no Crimen y castigo. Yo creía que quería escribir Crimen y castigo, pero no era cierto. Me interesa más el código penal, lo entiendo mejor que Crimen y castigo. Gracias de todo corazón por abrirme los ojos. 

Me quedé perplejo. Pedro no había acudido al taller para aprender a escribir, sino para aprender a escribirse. Cada vez que abría una joyería, añadía un capítulo a su existencia. Un capítulo de un libro que entendía a la perfección, un capítulo de una novela “normal”, perfectamente inteligible. Y de esto era de lo que pretendíamos hablar desde el principio de estas líneas, de las fronteras entre lo inteligible y lo ininteligible; de los problemas de lo que entendemos y las virtudes de lo que no entendemos; de la diferencia entre hablar y ser hablado o escribir y ser escrito. Juan Benet decía que con los libros nos pasa a los seres humanos lo mismo que les pasa a los hombres con las mujeres y a las mujeres con los hombres. Desde el punto de vista del hombre, hay mujeres que nos gustan, pero que no nos interesan, y mujeres que nos interesan, pero que no nos gustan. Nos casamos cuando coinciden el interés y el gusto. Quizá sea así. En todo caso, es verdad que hay libros que nos gustan y libros que nos interesan. No podemos entregarnos solo a los que nos gustan por el mero hecho de que los entendamos. Son los que nos dan la razón, cuando lo que hay que buscar en los libros, y en los cónyuges, es que nos la quiten.

Juan José Millás

Cuando fuiste mía llevabas un audífono.

En el sofá, a media tarde, leyendo una poesía a la que no presto atención, ocupada como está mi cabeza en problemas de orden doméstico. Lo que se entiende, en fin, por una lectura mecánica, que consiste en avanzar a ciegas por la página del libro mientras te concentras realmente en otro asunto. Mañana sin falta, por ejemplo, hemos de llamar al servicio técnico del aire acondicionado porque el calor se ha echado encima de un día para otro y no hay manera de trabajar en la buhardilla. También hemos de llevar el coche a la ITV, aunque quizá convenga pasarse antes por el taller, para que lo pongan a punto y evitar viajes inútiles. La vida cotidiana está llena de ansiedades pequeñas que juegan a retirarse y a volver, como las olas; a vece suben, como la marea, y significa que tienes que ir al dentista, al entierro de un amigo o a renovar el carné de conducir.

 Parece mentira que le quede a uno tiempo para leer, incluso aunque haya aprendido a hacerlo sin enterarse, como yo ahora mismo, que devoro un poema al que no presto atención alguna hasta que tropiezo con el siguiente verso: "Cuando fuiste mía, llevabas un audífono". ¿He leído bien? Cuando fuiste mía, llevabas un audífono. De súbito, todas las alarmas de mi intelecto saltan y me concentro en el poema, como el bombero que abandona el crucigrama al escuchar la sirena. "Cuando fuiste mía, llevabas un audífono". Esto es muy serio, muy espectacular, muy genial, muy desasosegante. He aquí una de esas sorpresas que te obligan a dejarlo todo para regresar al comienzo del texto y releerlo con la atención del que se pone a escuchar una canción que hasta el momento se había limitado a oír. El poema, muy bueno, se titula Algunas cartas extrañas y es de Anne Sexton, cuyas obras completas acaba de publicar Ediciones Linteo. 

Cuando fuiste mía, llevabas un audífono. 

Joder.



Juan José Millás

Some Foreign Letters, sin traducir, está aquí. Traducido no lo he encontrado.

noches de negruras y de lágrimas

Nocturno III

 

Una noche

Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,

Una noche

En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,

A mi lado, lentamente, contra mí ceñida toda,

Muda y pálida

Como si un presentimiento de amarguras infinitas

Hasta el más secreto fondo de tus fibras se agitara,

Por la senda que atraviesa la llanura florecida

Caminabas,

Y la luna llena 

Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca.

Y tu sombra

Fina y lánguida,

Y mi sombra

Por los rayos de la luna proyectadas

Sobre las arenas tristes

De la senda se juntaban

Y eran una

Y eran una

Y eran una sola sombra larga!

Y eran una sola sombra larga!

Y eran una sola sombra larga!

Esta noche

Solo, el alma

Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,

Separado de ti misma por la sombra, por el tiempo y la distancia,

Por el infinito negro

Donde nuestra voz no alcanza,

Solo y mudo

Por la senda caminaba.

Y se oían los ladridos de los perros a la luna,

A la luna pálida,

Y el chillido

De las ranas 

Sentí frío. Era el frío que tenían en tu alcoba

Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas

Entre las blancuras níveas

De las mortuorias sábanas.

Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,

Era el frío de la nada.

Y mi sombra

Por los rayos de la luna proyectada

Iba sola

Iba sola

Iba sola por la estepa solitaria.

Y tu sombra esbelta y ágil;

Fina y lánguida

Como en esa noche tibia de la muerta primavera,

Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,

Se acercó y marchó con ella,

Se acercó y marchó con ella,

Se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!

¡Oh las sombras que se juntan y se buscan en las noches de negruras y de lágrimas!…


José Asunción Silva.


Si alguien quiere escucharlo leído por Juan José Millás, al final del programa lo tiene:


es tan inútil…

Bastantes años después, con mucho amor y algo de sobrecogimiento, he vuelto a leer La soledad era esto, de Juan José Millás:

El día estaba despejado. A esas horas, el sol entraba por la terraza del salón reduciendo los muebles y las cosas a su pura función. 

**************

—¿Tu crees que somos vulgares?

Enrique pareció ponerse en guardia, pero Elena calculó por el brillo de sus ojos y por el descenso que habían sufrido sus párpados que el canuto había comenzado a hacer estragos en su inteligencia. Finalmente respondió:

—Tú nunca has sido vulgar.

—Te pregunto por nosotros, no por mí.

—No hemos sido vulgares gracias a ti.

—¿Tú eres vulgar entonces?

—Yo quiero ser vulgar desde hace mucho tiempo —respondió Enrique con un tono que estaba entre la amargura y el resentimiento.

—¿Por qué? —insistió Elena.

—Porque deseo ser feliz.

*****************************


La carta de Enrique es muy fría, aunque quizá mi actitud no mereciera otra cosa, y en ningún momento he tenido la tentación de contestarla, ya que una de las decisiones que he tomado ha sido la de no volver a hablar, nunca, con quien no me entienda. Es tan inútil…

****************************

Hoy es domingo y las personas y las cosas delatan la condición festiva del día. Siempre temí las tardes de los domingos, pues parecían un paréntesis de la propia vida, una especie de suspensión de las coordenadas en las que solemos actuar. Ahora que no tengo coordenadas, que he perdido todos los puntos de referencia, la tarde del domingo me parece un lugar para el descanso.

**********************

Me he cortado el pelo, lo llevo muy corto, como una chica joven que vi en una revista. Me lo mojo todos los días, cuando me ducho, y se me seca enseguida. Pensé que debía hacerlo antes de ocupar mi nueva casa para completar la transformación. Soy otra.

¿y yo?


Hay gente que sabe las veces que le han roto el corazón, gente que lleva ese balance, con su Debe y su Haber. Tengo cuadernos de contabilidad antiguos porque hubo una época en la que los coleccionaba. Me gustaban para escribir poemas, para expresar lo que yo le debía a la vida y lo que la vida me debía a mí. A mí la vida no me debía nada, pero yo creía que sí. Yo estaba convencido de que sí, y hay días en los que todavía me levanto con esa sensación, con la de que la vida me debe algo. Sé que es un delirio, pero no puedo quitármelo de la cabeza y espero y espero una llamada de teléfono o una revelación, un descubrimiento, en fin, que salde esa deuda irreal, fantástica, fabulosa, quimérica. La gente compra lotería porque piensa que tiene derecho a que le toque, porque se lo merece, porque llevamos dentro un vacío extraordinario del que alguien debería hacerse cargo.
Todo eso ocurre, por ejemplo, un miércoles. El jueves, sin embargo, me doy cuenta de que no hay forma de tapar ese agujero existencial y pienso que no es bueno andar con la maldita idea de la deuda por la calle, ni en el metro, ni en el autobús, ni en los trenes o en los aviones en los que me desplazo de un sitio a otro para ganarme la vida. Te crea mala sangre esa obsesión, te la envenena. Ahora mismo a mi lado, en el metro de Madrid, a la altura de la estación de Ciudad Lineal, una mujer está diciéndole a alguien por el móvil que ese alguien le ha roto el corazón. De ahí han nacido estas palabras mías, de esa escucha. Y es la tercera vez que me lo rompen este año, ha añadido la mujer con un sollozo.
Le han roto el corazón tres veces en un año, y aún queda tiempo para que se lo rompan otras dos, u otras diez, u otras veinte, quizá más. Me dan ganas de preguntarle cuántas veces lo ha roto ella, tal vez lleve la cuenta en un cuaderno de contabilidad como los de mi colección. Pero también es cierto que hay gente buena, ingenua que no ha dejado ningún cadáver a su paso, que no traicionó amistad alguna, que cumplió siempre su palabra. Hay personas así, a las que el mundo sin embargo trata mal y que no saben defenderse. O que prefieren no hacerlo. Esta mujer podría ser una de ellas.
¿Y yo?

Juan José Millás

la cronicidad conduce a normalización


Buen rollo

El sueño del liberalismo actual —cronificar la pobreza— está en vías de cumplirse. Dice el Banco de España que los jóvenes ganan menos que los de hace una década. En otras palabras: la miseria se ha institucionalizado. No se muere uno de pobre, se muere siendo pobre, lo que supone una conquista sin parangón desde el punto de vista de la armonía social. Viene a ser como si la medicina lograra convertir el cáncer en una enfermedad perpetua, pero no letal. Se toma usted este cóctel de medicinas, que tiene sus efectos secundarios, desde luego, pero logramos que su esperanza de vida iguale a la de su vecino sano.
La estabilidad política, ante todo. No corremos el peligro de que las fuerzas revolucionarias arrastren a las masas porque las masas se hallan en las fábricas y en las oficinas, cobrando salarios de hambre, aceptándolos, asumiéndolos, doblegándose por fin a la idea de que esto es lo que hay. Descabezados los movimientos sindicales, ensimismados los partidos políticos de izquierda, globalizado al fin el pensamiento ultracapitalista, no hay barrera que impida el avance ordenado de la penuria. Solo conviene medir la temperatura social de vez en cuando, por si fuera preciso introducir alguna medida correctora: fingir escándalo, por ejemplo, ante el precio de la vivienda o de la luz, pero explicar urbi et orbe, a través de los telediarios, la distorsión insoportable que introduciría su regulación en los mercados.
La cronicidad conduce a normalización. Se debe denunciar la pobreza en la literatura, claro, y en el cine, siempre y cuando, como viene sucediendo, la denuncia actúe como bálsamo más que como generadora de rencor. Esta columna es el modelo de lo que tratamos de sugerir. ¡Viva el buen rollo!

J. J. Millás

relaciones inacabadas


A varios nos ocurre lo que a Juan José Millás. Quedamos sorprendidos de la brillantez que encierra la economía narrativa, muchas veces enunciada por personajes que no albergan ninguna pretensión de brillo, intelectual al menos. Trabajar tras una barra nocturna te regala de cuando en cuando perlas de este estilo. Anoche tuve varias, pero sólo una quedó apuntada en un papelito que hace nada saqué del bolsillo del pantalón. Da título a esta entrada.

500 vatios

Te pasas siete días leyendo sesudos análisis sobre los líos del Poder Judicial sin enterarte de nada, cuando llega Ignacio Cosidó y te lo explica en dos patadas. Cómo estarían de embrolladas las cosas para que el portavoz del PP en el Senado se viera obligado a explicar a los zoquetes de su partido que, gracias al acuerdo alcanzado con el PSOE, tendrían controlada la Sala del Supremo en la que esos mismos zoquetes podrían ser juzgados. Un WhatsApp. Eso es economía narrativa, como cuando Rajoy le dijo a Bárcenas que fuera fuerte, pues estaban en ello, y se nos hizo la luz, permitiéndonos verlo todo con una claridad pasmosa. Significa que quien tiene que dimitir, para que la decencia vuelva, es la realidad que ha hecho posible que Marchena renuncie a un cargo para el que no había sido nombrado todavía. Su comunicado es otro ejemplo de economía narrativa estremecedor. Deducimos, en fin, que la realidad vigente es toda ella producto de un desvarío criminal.
No hay nada que no se pueda contar en menos palabras de las que habitualmente utilizamos, de ahí la perplejidad que nos producen los sumarios judiciales de 10.000 folios. Hasta el silencio resulta a veces más locuaz que un discurso. La metamorfosis, de Kafka, explica el siglo XX en menos de 70 folios. Fíjense en el tamaño de El lazarillo de Tormes, en el de Pedro Páramo o en el de las novelas cortas de Cervantes. ¡Qué desproporción entre la magnitud de sus contenidos y el cuerpo de sus continentes! Yo leo por disciplina muchos editoriales que no entiendo porque parecen apagados hasta que una frase sacada de una agenda los ilumina como el haz de un foco de 500 vatios. Llamará Catalá para que hagamos un hueco en el AVE a Galicia a un donante del PP.

puto genérico

Juan José no siempre está igual de brillante; tampoco, ocurre en ocasiones, siempre mantiene el tono agudo al mismo nivel en sus escritos. Permítanme, por motivos más que expuestos en este cuaderno, que aún así lo ame, literariamente hablando. Este de abajo es un ejemplo de lo anteriormente expuesto.

El veneno de las serpientes de verano

Aún no me han llamado, pero no tardarán. Por estas fechas, un martes o un miércoles cualquiera, suena el móvil y alguien me pregunta por qué escribo. Suele ser un estudiante en prácticas al que el redactor jefe de su periódico le ha dicho que telefonee a cuatro o cinco autores, les pregunte por qué escriben y organice luego con ese material un texto entretenido para el cuaderno de verano.
Siempre llaman a escritores (perdón, y a escritoras: el puto genérico no las abarca), jamás a representantes de otras profesiones, por inverosímiles que parezcan. Significa que el hecho de escribir se percibe como raro. Y lo es. Si el tiempo y las energías que dedica uno a componer una novela las dedicara al adulterio, al aprendizaje de idiomas o a la acumulación de másteres como los de Cifuentes y Casado, obtendría en cualquiera de estos territorios beneficios infinitamente superiores a los que se perciben tras la publicación de un libro.
Lo que yo vengo preguntándome desde hace años es por qué a ningún redactor jefe se le ha ocurrido hacer el mismo reportaje, pero con ginecólogos.
—¿Usted por qué es ginecólogo?
Me vuelve loco la idea de averiguar por qué un joven de una familia corriente decide dedicarse a esta disciplina. Hablo de un chico que no haya dado problemas en casa, que haya sacado adelante sus estudios sin recurrir a profesores particulares, y que tampoco haya mostrado desviaciones psicológicas preocupantes. Un muchacho estándar, en fin, de clase media u obrera, con un índice de inteligencia ni muy alto ni muy bajo. Un adolescente del montón que, acabada la secundaria, se matricula en Medicina y desde allí da el salto mortal a la Ginecología.
¿Por qué?, me pregunto, ¿Qué le ha pasado por la cabeza a este muchacho? ¿Hay un momento fundacional en el que un hombre recibe esa llamada? ¿A qué edad suele darse? ¿Se trata de una revelación o de un proceso lento a cuyo final se accede por descarte de otras especialidades? Entre los escritores (y escritoras: de nuevo el puto e insuficiente genérico) no es raro hallar sujetos que ya a los siete años escribían cuentos. ¿Pero se sabe de algún varón que a esa edad indagara entre las piernas de las muñecas en busca de las enfermedades del sistema reproductor femenino?

Juan José Millás

El artículo es de ayer y completo se halla aquí.

dos cientos ochenta

Pocas veces tengo delante un texto con el que me identifique tanto como para decir: así me gustaría escribir. Este es el caso. Del viernes pasado en la contraportada de El País.
Es lunes de madrugada. Hoy ya no lloverá. Escucho esto de abajo, también del viernes pasado. Las realidades se comunican por grietas.

Grietas

Una cabeza humana pesa entre siete y ocho quilos. Si tuviéramos que llevarla todo el día debajo del brazo, como una sandía, acabaríamos agotados. Pero no: la llevamos en la parte superior del cuerpo, oscilando sobre un pedúnculo denominado cuello, muy expuesta por tanto al hostigamiento de la fuerza de la gravedad. El cuello se abre hacia el sur en un tronco ancho que contiene las extremidades superiores, cuyo peso total, incluidas las manos, viene a ser de unos diez quilos, a los que hay que añadir el de las costillas, los pulmones, el corazón y el conjunto del aparato digestivo. Toda esa arquitectura vertical se alza sobre dos piernas no muy gruesas rematadas en un par de pies pequeños. Resulta un milagro, en fin, que no nos caigamos todo el rato. Por el pasillo del vagón camina ahora un hombre como de 1,80 de alto, muy delgado. Corrige las oscilaciones del tren con el juego de la cintura. A veces, para ayudarse a guardar el equilibrio, apoya las manos en el borde superior del respaldo de los asientos. Parece mentira que logre mantenerse en pie sobre una base tan escueta. Hay siglos de práctica en esos andares que resultan hasta armoniosos. Cuando me sobrepasa, yo mismo me levanto para probar las capacidades de mi organismo y atravieso tres o cuatro vagones en dirección a la cafetería del AVE, donde varios grupos de hombres y mujeres, cada uno con su vaso o su taza en la mano, conversan erguidos, aunque con las piernas un poco separadas para ampliar la base de sujeción al suelo. Viajamos a 280 quilómetros por hora. Las gotas de la lluvia se estrellan contra los cristales, convirtiéndose luego en hilos de agua que simulan grietas finísimas que atraviesan de un extremo a otro la superficie de las ventanillas.

Juan José Millás



They call it stormy Monday, but Tuesday's just as bad
They call it stormy Monday, but Tuesday's just as bad
Wednesday's worse, and Thursday's also sad
Yes the eagle flies on Friday, and Saturday I go out to play
Eagle flies on Friday, and Saturday I go out to play
Sunday I go to church, then I kneel down and pray
Lord have mercy, Lord have mercy on me
Lord have mercy, my heart's in misery
Crazy about my baby, yes, send her back to me