blanco Sergio

Daba ya por cerrado el domingo pero no quiero hacerlo sin dejar un homenaje a Sergio Blanco. Viendo los vídeos de la época me parece claro que nuestra bisoñez democrática tendría un precio. Eso no lo sabíamos, claro, y quien sí lo sabía sólo tuvo que dejar pasar el tiempo y mantener silencio.
Estamos rodeados de tanta inmundicia, tanta mugre, tanto hollín y tan poca frescura que ver la virginidad de aquellos años apabulla. Como su apellido.







algo más que el cielo

Domingo por la noche postcarnaval:

Un ejemplo difícilmente superable para ilustrar la delgada línea que puede llegar a separar un poema de la letra de una canción.

Out beyond the window

My window looks out over the park,
And every year I move another story up.
So now I'm almost close enough
To the roof of the sky to touch it.
I could even move the clouds aside,
But no clouds come, if they did, I'd welcome them.
'Cause I have very few visitors here any more.
There must be a highway somewhere, roads I've missed,
Something more than sky out beyond the window.

Rod McKuen

el payo

Mientras dormía la siesta, leo. Las reglas de este juego que es la vida en ocasiones cuestan de asumir.

la vereíta verde

Como la escribieron para ella, pues con ella voy. La historia del tema y Juanita es preciosa, y sólo la cantó una vez muerto su padre. Tela marinera.



En lo comentarios del segundo vídeo me encuentro esto:

Hola jaimecitolos. Soy Federico Casado Reina, hijo de Juanita Reina. Respetando tu opinión sobre quién canta mejor o peor la canción, te diré que el resto de lo que dices es falso: mi madre quitó de su repertorio "Cinco Farolas" porque era la historia de amor entre mi madre y mi padre, y mi abuelo Miguel, su padre, no quería ese noviazgo. Ese fue el motivo de quitarla de sus espectáculos. Un saludo.



Yo no escucho lo que dicen
las lenguas de vecindonas
porque de sobra yo sé
por quien está su persona.
Cinco luceros azules
alumbran cinco farolas
desde su casa a mi casa
desde su boca a su boca
Cinco añitos que le quiero
cinco añitos que me adora,
la mala gente que sabe
que sabe de nuestras cosas.
Si yo sé que me quieres, como le quiero
a qué darle tres cuartos al pregonero
desde su puerta misma hasta su puerta
la vereíta verde, no cría yerba, no cría yerba.
Yo no quiero ni saberlo
vecina, cierre la boca
y no me venga a decir
que él va a casarse con otra.
Los cinco añitos cabales
queriéndole hora tras hora
son un cordel en mi cuello
que la garganta me ahoga.
Con carbones encendidos,
que le quemen esa boca
al que juró tantas veces
que estaba por mi persona.
Se apagaron las cinco, cinco farolas,
pa que nadie me vea llorando a solas
¡Ay, que penita madre!, ¡Madre que pena!
La vereita verde, cuajá de yerba,
cuajá de yerba.

René

Una vez más la necrológica se me aparece como un género superlativo. El final de esta que sigue es escalofriante. A René lo descubrí anoche leyendo a Itu. No sabía de su existencia, la verdad, y hoy me ha faltado tiempo para irme a indagar. Pongo el mismo vídeo que Itu porque en su vejez me parece que se acrecienta la figura: le consigo ver el truco; yerra con la cronología de Li Po de manera crasa; su mano está retorcida como sarmiento; sus ojos, ya nublados. Pero todo ello no hace sino aumentar la grandeza.



René Lavand, príncipe de la baraja
LEILA GUERRIERO 13 FEB 2015 -  El País 

Para ser quien fue —uno de los mejores ilusionistas del mundo en el arte del close up, como se llama a la magia de cerca hecha con naipes y objetos pequeños—, René Lavand —nacido Héctor René Lavandera en septiembre de 1928, en Buenos Aires, y fallecido el 7 de febrero de 2015 en la ciudad de Tandil— tuvo que perder mucho. En febrero de 1937 tenía 9 años, y vivía con su familia en un pueblo llamado Coronel Suárez, cuando aceptó el desafío de unos amigos: cruzar la calle. Él, hijo único y sobreprotegido, jamás había cruzado solo, pero esa vez lo hizo y el destino le saltó al cuello con la furia de un diablo: un auto lo atropelló, le aplastó el antebrazo derecho contra el cordón de la vereda, y tuvieron que amputarlo por debajo del codo. La rehabilitación —era diestro, perdió la mano derecha— fue dura pero él, traccionado por una voluntad olímpica, no se conformó con aprender a usar la que quedaba —inhábil, izquierda— para lavarse los dientes o atarse los cordones, sino que le impuso una tarea titánica: la de mutar, de torpe, a extremidad dotada de destreza exquisita. Así, empezó a practicar juegos de cartas que ya lo habían deslumbrado a los 7 años, después de ver, en un teatro, a un mago llamado Chang.
Al principio, los naipes resbalaban y se le caían, pero a los 17 ya los dominaba razonablemente bien. La vida, sin embargo, se puso difícil. Su padre murió y él, con 18, tuvo que empezar a trabajar. Entró en el Banco de la Nación, donde permaneció una década, pero en 1960 ganó una competencia de ilusionismo y dos teatros importantes de Buenos Aires le ofrecieron formar parte de un espectáculo. Se bautizó con nombre francés —René Lavand—, empezó a vestir frac y moñito —y a desarrollar ese aire de fullero del Oeste americano o dandi de película de James Bond— y, mientras su mano implacable manejaba las cartas sobre el paño, él, con voz profunda, enhebraba relatos en los que citaba a Borges, a Shakespeare, a García Márquez. Aunque no los había leído nunca —“yo leo poquísimo”—, dejaba caer las frases con la autoridad de quien conoce las obras completas.
En 1961 lo invitaron a presentarse en el Ed Sullivan Show y en el programa de Johnny Carson, en Estados Unidos. Desde entonces, devino un ilusionista ante el que se prosternaron colegas de todas partes. “Yo no me creo talentoso”, decía. “Creo que soy un hombre que transpira mucho. Uno tiene que trabajar para mecanizar la cosa, y asegurarla de tal manera que no pueda fallar (...) Todas las técnicas que uso son técnicas de tahúr. Mezclas falsas, enfiles, dadas de segunda, de tercera, de cuarta. (...) Yo jugué, por plata, entre mis 18 y mis 21, 22 años (...) Pero (...) dejé. Porque una cosa es burlarse de la gente y otra la bella y sutil mentira del arte”.
En el escenario —y en la vida— mantenía la mano derecha en el bolsillo, lo que le daba un aire reservado, distante. Jamás quiso una prótesis moderna (usaba una de madera, que cierta vez le partió en la cabeza a un hombre que maltrataba a una mujer mayor), y nadie lo escuchó lamentarse por lo que le faltaba. “Es muy puteador”, decía años atrás José Fosco, uno de los dos discípulos a los que Lavand reconocía como tales, “pero jamás lo escuché putear porque le faltaba la mano”.
Si se le preguntaba por qué no había tenido más discípulos, Lavand decía: “Porque estoy harto de los discípulos que no quieren admitir que no saben nada. El discípulo llega acá con un desconocimiento inconsciente: no sabe nada, y ni siquiera sabe que no sabe nada. Trabaja, se esmera, transpira, y llega a tener un desconocimiento consciente: no sabe nada, pero sabe que no sabe nada. Después trabaja, se esmera, transpira: ahora sabe, y sabe que sabe. Pero debe trabajar todavía mucho más, esmerarse y transpirar hasta lograr un conocimiento inconsciente: hasta haber olvidado que sabe. Entonces, y sólo entonces, el conocimiento habrá llegado al músculo. Y hasta que no llega al músculo, el conocimiento es sólo un rumor. Pero hay poca gente dispuesta a hacer ese camino: lleva décadas”.
No era un entretenedor, sino un artista que se arrojaba al vacío buscando el gesto perfecto capaz de aniquilar la incredulidad de los hombres. En busca de ese gesto modificó un clásico juego de close upllamado Agua y aceite: tres cartas rojas y tres cartas negras que, dispuestas en forma alternada, terminan siempre juntas, las rojas por un lado, las negras por el otro. Si se dice que la magia es posible porque la mano es más rápida que la vista, Lavand dinamitó esa creencia al hacer su versión de Agua y aceite, que llamó No se puede hacer más lento. Con movimientos de lentitud exasperante, las tres cartas negras y las tres cartas rojas terminaban unidas bajo el embrujo de su mano inverosímil.
Vivía con Nora, que estuvo con él durante más de tres décadas, en las afueras de Tandil, a 400 kilómetros de Buenos Aires, en una cabaña de troncos llamada La Strega. En esa cabaña decorada con sombreros, candelabros y bastones, pasaba horas repasando sus juegos en “el laboratorio”, una mesa redonda cubierta por un paño verde. Tenía cuatro hijos de dos matrimonios anteriores y, en su cabaña, un cartel que decía: “Niños ajenos, sólo disecados”.
Conducía con habilidad un Audi último modelo, con caja automática y sin adaptación especial. Era obsesivo, educado, dueño de la discreción de quien guarda secretos, valiente, blasfemo gozoso —“yo no digo que no exista Dios. Digo que, si existe, es un jodido”— y cascarrabias de manual: “Soy un hombre de reacciones, soy un paranoide. Yo soy un hombre que ha tenido un accidente duro y reacciono en consecuencia”.
No había sitio de América Latina donde no fuera conocido, y recordaba con afecto a los magos Juan Tamariz y Arturo de Ascanio, que lo habían ayudado mucho en España, país que había visitado por primera vez en 1982 y donde, se jactaba, la gente era capaz de recorrer 500 kilómetros para ver su actuación. “Yo podría vivir en cualquier lugar, pero todo hombre debe tener un lugar al que volver. Y Tandil es mi vértice”.
Viajaba por el mundo con una maleta en la que llevaba todo lo necesario para hacer su arte: un mazo de cartas de cinco dólares. Había practicado esgrima, y era un talento, pero dejó por miedo a lastimarse la mano: la portentosa mano que quedaba. José Fosco, su discípulo, decía: “Es el mejor con un mazo de cartas. Un esgrimista. Puede dudar, pero cuando da una estocada, mata. Es un escorpión. Infalible”.
René Lavand murió el 7 de febrero de 2015 cerrando un círculo extraño: fue otro día de febrero, 78 atrás, cuando aquel accidente le quitó la mano y le dio, al mismo tiempo, en un gesto cruel y perfecto, todo.



le hablé de poesía

Lo vimos ayer actuar. Casi al final algo dijo respecto al en ciernes inefable día de los enamorados, y abordó este tema:





Nos conocimos ayer,
tú me invitaste a beber,
yo te invité no sé qué,

tú dijiste: ¡qué bien!.
Y te hablé de poesía

por ver qué decías,
que si es tontería,

que sí, que no,
habrá que hacer el amor.

Llegó la luz al salón

y vi tu sujetador
y en cada pezón

una llamada a la acción.
Me callaste la boca,

dijiste: te toca,
míster don de lenguas,

demuéstralo.
Habrá que hacer el amor,
por un mundo mejor,
habrá que hacer el amor.

Entiéndeme extranjera,

ven a mi vera,
que te alabe el gusto.
Será que es primavera

y tú aún soltera,
¡qué error de bulto!
¡Qué patán!,

me he explicado fatal.
Así rimaba el profeta

torpemente con bragueta.
En un mundo mejor,
habrá que hacer el amor...
amor...

Y venga a darle al alpiste,
la vida es muchas veces triste,

es repetición.
Habrá que hacer el amor

porque nunca está hecho,
dije cuando tú miraste al techo.
En un mundo mejor
habrá que hacer el amor...
amor...

ser pez

de vacas y cencerros

Inconmensurable Chus. De otra época, de otro planeta:

un día después

Otro de los de pasarse siete pueblos, con el consabido precio:

After 1925, and taking the name 'Witkacy', the artist ironically re-branded the paintings which provided his economic sustenance as The S.I. Witkiewicz Portrait Painting Firm, with the motto: "The customer must always be satisfied". Several grades of portrait were offered, from the merely representational to the more expressionistic and the narcotics assisted. Many of his paintings were annotated with mnemonics listing the drugs taken while painting a particular painting, even if this happened to be only a cup of coffee. 

The latter major work encompasses geopolitics, psychoactive drugs, and philosophy. 

During the 1930s, Witkiewicz published a text on his experiences of narcotics, including peyote, and pursued his interests in philosophy. He also promoted emerging writers such as Bruno Schulz. Shortly after Poland was invaded by Germany in September 1939, he escaped with his young lover Czesława to the rural frontier town of Jeziory, in what was then eastern Poland. After hearing the news of the Soviet invasion of Poland on 17 September 1939, Witkacy committed suicide on 18 September by taking a drug overdose and trying to slit his wrists. He convinced Czesława to attempt suicide with him by consuming Luminal, but she survived.

En esta y esta página hay muy buen material. Sólo dejo una fotografía y un retrato. Como botón de los siete pueblos.







did you rub one another

Neil y compañía vuelven a clavar el asunto. La letra es tan fina como dura. Exacta, diría yo.
Levantarse de buena mañana con ellos tiene su aquel.





Were you tired of the laughter
Were you bored of the pain
Is the bond now broken
Does nothing remain
Shoulder to shoulder
Like two stones in a bag
Did you rub one another
Until there was nothing yeah
Nothing but dust

And still you talk soft
So desperate and kind
So pure and so pointless
So helpless and blind
And is there no anger
Just pills for the pain
My friend you've been wasted
And you will be again

And you wait for a whirlwind
To unwind your soul
And you cry like a baby
You feel so alone
Cos she broke you so softly
You can't see the blame
Like a dog with a bone
You refuse to let go

Ans still you talk soft
So desperate and kind
So pure and so pointless
So helpless and blind
And still there's no anger
Just pills for the pain
My friend you've been wasted
And you will be again

dónde quedan los grilletes

Desde octubre de 2011 ha llovido. Hoy me volví a cruzar con él y pensé: algo caerá. Al hilo de la anterior entrada, vamos con el ínclito Ambrose:

Libertino, s. Que ha perseguido con tal ansia el placer que ha tenido la desgracia de alcanzarlo.

Libertino, s. Literalmente, liberto; por tanto, esclavo de sus pasiones.

Liberto, s. Persona cuyos grilletes se han introducido tan profundamente en la carne que ya no son visibles

a Sodoma en tren botijo

El pasado domingo asistí a un espectáculo donde primó la copla, el cuplé, el cabaré y aledaños -básicamente el género ínfimo-. Son estos géneros que no he frecuentado y respecto a los cuales, ese mismo día, decidí que iba a enmendar mi ignorancia. Así que allá voy.
La letra del tema que hoy me ocupa viene de un personaje a la altura del Ritz: el señorito Álvaro Retana, una pieza fantástica y avanzada en aquel país nuestro. Inconmensurable biografía. La de Lilián tampoco es menor, aunque menos elevada, la verdad. La música, de Genaro Monreal.

Yo me voy todas las tardes
a merendar al hotel Ritz,
y tras el té suelo hacer mil locuras
con un galán que está loco por mí.
Juntos a bailar salimos,
nos enlazamos con pasión
y al final tengo yo que decirle
toda llena de miedo y rubor:

¡Ay, no por Dios,
no me apriete usted así!
¡Ay, por favor,
que me siento morir!,
tenga usted en cuenta que mira mamá
y si se fija nos regañará.
¡Ay, suélteme,
no me oprima usted más,
pues le diré,
si me quiere asustar,
que soy cardiaca y por esta razón
no debo llevarme ninguna emoción.

Las mamás cotorreando
toman el té sin advertir
que en el salón, al bailar, las parejas
se hablan de amor con atroz frenesí.
A las tres o cuatro danzas
suele crecer nuestra ilusión,
y las niñas a coro decimos
rebosantes de satisfacción:

¡Ay, yo no sé
lo que me pasa a mí,
pero ya ve
que me siento feliz,
siga apretando aunque mire mamá
que si se irrita ya se calmará!
¡Ay, qué placer
es bailar el fox-trot
con un doncel
que nos hable de amor!
Aunque cien años llegara a vivir
yo no olvidaría las tardes del Ritz.

Las tardes del Ritz by Lilian de Celis on Grooveshark

libertino, na.
(Del lat. libertīnus).
1. adj. licencioso. Apl. a pers., u. t. c. s.
2. m. y f. Hijo de liberto, y más frecuentemente el mismo liberto con respecto a su estado, como opuesto al del ingenuo o nacido en libertad.

licencioso, sa.
(Del lat. licentiōsus).
1. adj. Libre, atrevido, disoluto.

liberto, ta.
(Del lat. libertus).
1. m. y f. Esclavo a quien se ha dado la libertad, respecto de su patrono.

disoluto, ta.
(Del lat. dissolūtus, part. pas. de dissolvĕre, disolver, disipar).
1. adj. Licencioso, entregado a los vicios. U. t. c. s.


cuentas galanas

camelar.
(Del caló camelar, querer, enamorar, y este del sánscr.kama, kāmara, deseo, amor).
1. tr. coloq. galantear ( requebrar).
2. tr. coloq. Seducir, engañar adulando.
3. tr. coloq. Amar, querer, desear.
4. tr. Méx. Ver, mirar, acechar.

galantear.
(De galante).
1. tr. Requebrar a una mujer.
2. tr. Procurar captarse el amor de una mujer, especialmente para seducirla.
3. tr. Solicitar asiduamente algo o la voluntad de alguien.
4. tr. ant. engalanar.

engalanar.
1. tr. Poner galano a alguien o algo, adornar. U. t. c. prnl.

galano, na.
(De galán).
1. adj. Bien adornado.
2. adj. Dispuesto con buen gusto e intención de agradar.
3. adj. Que viste bien, con aseo, compostura y primor.
4. adj. Dicho de una producción del ingenio: Elegante y gallarda. Discurso, estilo galano. Comparación galana.
5. adj. Zam. y C. Rica. Dicho de una planta: Lozana, hermosa.
6. adj. Cuba. Dicho de una res: De pelo de varios colores.