también la orfandad tiene un comienzo
Instrucción 2
Mírese al espejo del baño. Repase el delineador, el rímel. Piense: “Debo ponerme los aros que me regaló”. Vaya hasta su cuarto, búsquelos, póngaselos. Tome su bolso, salga de la casa, suba a un taxi, dígale al taxista el nombre del hospital. En el hospital, haga el camino que conoce de memoria. Golpee la puerta suavemente, abra. Respire la atmósfera de la habitación, cargada de olor a sábanas limpias. Piense, como piensa siempre: “Qué linda luz”. Salude a su madre, sentada junto a la cama. Vea cómo le indica que no haga ruido porque su padre, después de una noche de dolores sangrientos, duerme. Pregunte, como siempre pregunta, cómo está. Escuche, como siempre escucha, la misma respuesta. Siéntese. Mire a su padre en esa cama en la que lleva ya dos meses. Siéntase irritada. Pregúntese: “Para qué vengo, si no puede verme”. Piense: “Si yo estuviera en su lugar, él elegiría morir por mí”. Piense: “Me aburro”. Converse con su madre de cosas que no le interesan. Al cabo de dos horas, mientras su padre aún duerme, salga de la habitación. En el pasillo, encuéntrese con el médico que lo atiende. Pregúntele cuánto tiempo le queda. Escuche cómo el médico le dice: “Poco”. Sienta alivio y sienta pánico y sea descortés: márchese sin saludarlo. Tome el ascensor, salga a la calle, suba a un taxi, regrese a su casa. Después de cenar, al acostarse, apague el teléfono móvil. Piense: “Así evitaré que suceda esta noche”. Piense: “Soy una idiota”. No pueda dormir y, en algún momento, duérmase. Tenga sueños fangosos. Despiértese a las tres de la madrugada con el sonido del teléfono fijo. Deje que suene dos, tres, cinco veces. Salga de la cama. Camine hasta la sala. Levante el tubo. Diga, horrorizada: “Hola”. Piense: “De modo que así es como me empiezo a quedar huérfana”.
Leila Guerriero
qué no daríamos
Claro, Rocío, claro: qué no daríamos todos.
Qué no daría yo por empezar de nuevo
A pasear por la arena de esa playa blanca
Qué no daría yo por escuchar de nuevo
Y esa niña que llega tarde a casa.
Y escuchar ese grito de mi madre
Pregonando mi nombre en la ventana
Mientras yo deshojaba primaveras
Por la calle mayor y por la plaza.
Qué no daría yo por empezar de nuevo
Para contar estrellas desde mi ventana
Vestirme de faralaes y pasear la feria
Para sentir el beso de la madrugada.
Y volar a los brazos de mi pare
Y sentir ese brillo en su mirada
Para luego alejarme lentamente
A un tablao a bailar por sevillanas.
Qué no daría yo por escaparme
A un cine de verano una tarde
Y me dieran el primer beso de amor
Qué no daría yo por sentarme
Junto a él en ese parque
Viendo cómo se ponía el sol.
Qué no daría yo ay por sentarme
Y junto a él en ese parque
Y oyendo el suspiro del mar
Y oyendo el suspiro del mar.
empezar a cocinar
Leila, descubrí hace dos noches en medio del fragor de la batalla, publica instrucciones en formato columna. Soy devoto de las instrucciones y de ella, de modo que las traeré todas. Y sí, totalmente, Juan José tenía toda la razón.
Instrucción 1
Vaya hasta la sala de su casa. Déjese caer en un sillón. Él va a llegar poco después. Mire por la ventana, como si intentara que él se diera cuenta de que usted es el pararrayos de la melancolía de todo el universo. Él va a preguntar: “¿Qué pasa?”. Piense: “Que todo lo que me gusta de vos ha desaparecido”. Diga: “Nada, ¿por?”. Él va a decir: “Estás pensativa”. Sienta que la garganta se le cierra como si un puño intentara atravesarle la tráquea. Él va a decir: “¿Querés que vayamos a un bar, al cine?”. Diga: “No tengo ganas”. Él va a decir “Como quieras”. Sienta ira. Pregúntese por qué él no insiste. Sienta que sus pensamientos se confunden como insectos histéricos. Sienta deseos de beber, de fumar. Pregunte: “¿Compraste algo para la cena?”. Él va a decir: “No, ¿vos?”. Diga: “No”. Él va a decir: “No importa. Comamos cualquier cosa”. Diga: “Bueno”. Mire cómo él se pone de pie y va hacia la cocina. Sienta que la tristeza es un río barroso del que usted ya no va a salir nunca. Póngase de pie. Camine hacia la cocina. Él va a estar mirando el diario. Sienta que su vida es perfecta —estupendo trabajo, casa impecable—, pero que cualquiera tiene una vida mejor que la suya. Sienta una rabia seca. Piense: “Quiero abrirme un hoyo en la mano”. Piense: “Él no se daría cuenta”. Quiera sangrar profusamente. Diga: “¿Querés vino?”. Escuche cómo él dice: “No, gracias”. Abra un cajón y, al cerrarlo, empújelo con fuerza excesiva. Vea cómo él levanta la cabeza. Diga con furia, como si fuera un canto guerrero: “Yo sí”. Abra una botella. Escuche cómo él dice: “Amor, no te preocupes. Todo va a estar bien”. Sienta que los ojos le queman. Pregúntese: “¿Esto que siento es odio?”. Sienta que es necesario decir algo. Guarde silencio. Piense: “¿Esto que siento es desprecio?”. Empiece a cocinar.
Leila Guerriero
cuando no se ve el sol
No me he levantado con Mayte en la cabeza pero todo apuntaba a ello. Todo. A veces todo apunta y uno no termina de ver adónde, pero sí siente que todo apunta a algo.
Creo que hace sol. Me llamó S. hace un rato. Creo que ella tampoco lo sabe.
A moco.
Me avisaron a tiempo: ten cuidado,
mira que miente más que parpadea,
que no le va a tu modo su ralea,
que es de lo peorcito del mercado.
Creo que hace sol. Me llamó S. hace un rato. Creo que ella tampoco lo sabe.
A moco.
Me avisaron a tiempo: ten cuidado,
mira que miente más que parpadea,
que no le va a tu modo su ralea,
que es de lo peorcito del mercado.
Que son muchas las bocas que ha besado
y a lo mejor te arrastra en su marea
y después no te arriendo la tarea
de borrar el presente y el pasado.
y a lo mejor te arrastra en su marea
y después no te arriendo la tarea
de borrar el presente y el pasado.
Pero yo me perdí por tus jardines
dejando que ladraran los mastines,
y ya bajo la zarpa de tus besos
dejando que ladraran los mastines,
y ya bajo la zarpa de tus besos
me colgué de tu boca con locura
sin miedo de morir en la aventura,
y me caló tu amor hasta los huesos.
sin miedo de morir en la aventura,
y me caló tu amor hasta los huesos.
Rafael de León
Procuro olvidarte
siguiendo la ruta de un pájaro herido,
procuro alejarme
de aquellos lugares donde nos quisimos
me enredo en amores,
sin ganas ni fuerzas, por ver si te olvido
y llega la noche
y de nuevo comprendo
que te necesito
Procuro olvidarte
haciendo en el dia mil cosas distintas,
procuro olvidarte
pisando y contando las hojas caídas
procuro cansarme
llegar a la noche apenas sin vida
Y al ver nuestra casa,
tan sola y callada
no sé lo que haría
Lo que haría
porque estuvieras tu,
porque vinieras tu
conmigo
Lo que haría,
por no sentirme así,
por no vivir así,
perdido.
Manuel Alejandro
tres eran tres
De ancestros rusos y ucranianos, judíos y emigrantes a aquel Nueva York de finales del XIX, Jacob Gershwine, que así lo llamaron cuando nació en septiembre de 1898, tenía todas las papeletas. Me pregunto qué habría legado si el tumor de los 38 no hubiera aparecido.
Los tres preludios en tres versiones, incluyendo la de su propio compositor. Sumo una del violinista, judío también, por supuesto, y del antiguo imperio ruso, también por supuesto.
Los tres preludios en tres versiones, incluyendo la de su propio compositor. Sumo una del violinista, judío también, por supuesto, y del antiguo imperio ruso, también por supuesto.
brevedad y belleza
LA FRANCESA
Una mujer inteligente.
Una mujer hermosa.
Conocía todas las variantes, todas las posibilidades.
Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe.
En general con un auto control envidiable,
Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba,
Algo que podía durar dos o tres días,
Una sucesión de burdeos y valiums
Que te ponía la carne de gallina.
Entonces solía contarte las historias que le sucedieron
Entre los 15 y los 18.
Una película de sexo y de terror,
Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley,
Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de
avaricia.
La conocí cuando acababa de cumplir los 25,
En una época tranquila.
Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte.
La vejez para ella eran los treinta años,
La Guerra de los Treinta Años,
Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar,
Una edad como cualquier otra, le decía mientras cenábamos
A la luz de las velas
Contemplando el discurrir del río más literario del planeta.
Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte,
En las bandas poseídas por la lentitud, en los gestos
Exquisitamente lentos
Del desarreglo nervioso,
En las camas oscuras,
En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías
Y en el hoyo de la realidad,
Nuestro absoluto,
Nuestro Voltaire,
Nuestra filosofía de dormitorio y tocador.
Como decía, una muchacha inteligente,
Con esa rara virtud previsora
(Rara para nosotros, latinoamericanos)
Que es tan común en su patria,
En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros
y ella no iba a ser menos,
Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral,
La nostalgia de lo no vivido, .
Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo
Y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas.
No me quiero morir, susurraba mientras se corría
En la perspicaz oscuridad del dormitorio,
Y yo no sabía qué decir,
En verdad no sabía qué decir,
Salvo acariciarla y sostenerla mientras se movía
Arriba y abajo como la vida,
Arriba y abajo como las poetas de Francia
Inocentes y castigadas,
Hasta que volvía al planeta Tierra
Y de sus labios brotaban
Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación
Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro,
Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez
Mientras afuera caía la lluvia
Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas
En las bolsas de basura,
La lluvia que todo lo lava
Menos la memoria y la razón.
Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco,
Para volverla loca,
Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil,
Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas
Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas.
Un amor que no iba a durar mucho
Pero que a la postre resultaría inolvidable.
Eso dijo,
Sentada junto a la ventana,
Su rostro suspendido en el tiempo,
Sus labios: los labios de una estatua.
Un amor inolvidable
Bajo la lluvia,
Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían
Los artesonados del Siglo XVII
Con las cagadas de palomas del Siglo XX.
Y en medio
Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor,
Invicta a través de los años,
Invicta a través de los amores
Inolvidables.
Eso dijo, sí.
Un amor inolvidable
Y breve,
¿Como un huracán?,
No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada,
La cabeza de un rey o un conde bretón,
Breve como la belleza,
La belleza absoluta,
La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo
Y que sólo es visible para quienes aman.
Roberto Bolaño
perspicaz.
pulsátil.
artesonado, da.
artesón.
Del lat. perspĭcax, -ācis.
1. adj. Dicho de la vista, de la mirada, etc.: Muy agudas y que
alcanzan mucho.
alcanzan mucho.
2. adj. Dicho del ingenio: Agudo y penetrativo.
3. adj. Dicho de una persona: Que tiene ingenio perspicaz.
1. adj. Que pulsa o golpea.
1. adj. Arq. Adornado con artesones.
2. m. Arq. Techo, armadura o bóveda con artesones de madera, piedra
u otros materiales y con forma de artesa invertida.
u otros materiales y con forma de artesa invertida.
Del aum. de artesa.
1. m. Recipiente de base redonda o cuadrada que regularmente sirve en las cocinas para fregar.
2. m. Arq. Elemento constructivo poligonal, cóncavo, moldurado y con
adornos, que dispuesto en serie constituye el artesonado.
adornos, que dispuesto en serie constituye el artesonado.
3. m. Arq. artesonado (‖ techo con artesones).
el exterminio de los últimos justos
Verbo irregular
Hay un sector del paraíso
empíreo, a.
réprobo, ba.
Hay un sector del paraíso
que, contra toda predicción,
se interna ya en las
lindes del infierno.
Tierra de nadie,
circulo engañoso
entre la selva
oscura y el empíreo,
allí conviven
el inocente y el
culpable,
allí
forman ya multitud
los inquilinos,
mientras la vida
colinda con la
muerte una vez más
y réprobos y bienaventurados
cohabitan en las
zonas fronterizas.
Ya no tarda la hora
del exterminio de
los últimos justos.
José Manuel Caballero Bonald
Del lat. mediev. empyreus, y del gr. ἐμπύριος empýrios 'ígneo'.
1. adj. Perteneciente o relativo al empíreo.
2. m. En la cosmología antigua, cielo o esferas concéntricas en
que se mueven los astros. U. t. en sent. fig.
que se mueven los astros. U. t. en sent. fig.
3. m. Cielo, paraíso.
Del lat. reprŏbus.
1. adj. Condenado a las penas eternas. U. t. c. s.
2. adj. Dicho de una persona: Condenada por su heterodoxia religiosa. U. t. c. s.
3. adj. Dicho de una persona: Apartada de la convivencia por
razones distintas de las religiosas. U. t. c. s.
razones distintas de las religiosas. U. t. c. s.
4. adj. malvado. U. t. c. s.
hasta siempre Bernardo
Papá, cogí el 5 por ti. Esa camiseta también es tuya.
Así se despide Berni Rodríguez en el homenaje que le ofrece su club, el Unicaja de Málaga. A Berni lo vi jugar en vivo cuando ya estaba en el declive, digamos, de su carrera. Formaba parte de la plantilla del CB Murcia. Me impresionaron varias cosas de él: su clase como jugador, llena de intangibles; su físico, fuerte como un roble y lo tremendamente atractivo que me pareció, un atractivo basado en una mezcla de hombría bella, honestidad y humildad.
El año pasado colgué el de Raúl. Una generación quizás irrepetible se nos va. Tempus fugit.
Frank
El año pasado ya hablé aquí de The Americans, una absoluta maravilla de serie. Seria, sin concesiones al imbecilismo barato, con un equilibrio entre fondo y forma que a veces me abruma, y con una pátina de nostalgia. Ahora ando con la última temporada que se ha estrenado, la quinta, y en ella Gabriel resplandece de forma insólita, como una estrella poco antes de extinguirse en una implosión. 79 años lo contemplan. Igual tiene eso algo que ver.
reencontrarse
LOS ARTILLEROS
En este poema los
artilleros están juntos.
Blancos sus rostros,
las manos
entrelazando sus
cuerpos o en los bolsillos.
Algunos tienen los
ojos cerrados o miran el suelo.
Los otros te
consideran.
Ojos que el tiempo ha
vaciado. Vuelven
hacia ellos después
de este intervalo.
El reencuentro sólo
les devuelve
la certidumbre de su unión.
Roberto Bolaño
Roberto querido, estés donde estés, me matas: el reencuentro sólo nos devuelve la certidumbre de nuestra unión. Muy bien, Roberto, muy bien lo tuyo.
etude Op 8 No 12
De todas las manos que lo tocan, las de Horowitz, y hablo desde la aproximación de un mero aficionado, me parecen a años luz del resto. Incluyo en esta apreciación, oh anatema, las del propio compositor de la obra. La sutileza del judío, desde dónde parte y a dónde se lo lleva, no la encuentro en nadie más.
Por otro lado,verlo en directo, ya mayor, me conmueve.
y sentirte hombre y sentirte desgraciado
LUPE
Trabajaba en la
Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y
había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía
llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro,
con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante
algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias
apócrifas o un ramillete
de poemas de terror.
Lupe
era delgada y tenía
las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera
tuve una erección:
tampoco esperaba tener
una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella
era la felicidad.
Al cabo de una semana
nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a
otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros
de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos
de vemos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme
cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi
siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso
tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo
y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio
si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un
mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo
murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no
cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito
por una promesa no sostenida.
Yo no sabía qué
decirle.
Me gustaban los niños,
seguro,
pero aún faltaban
muchos años para que supiera
lo que era tener un
hijo.
Así que me quedaba
callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el
silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes
muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían
la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar
a Lupe y sentirte hombre
y sentirte
desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil
escuchada referir
las últimas películas
de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de
leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en
mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi
corazón.
Eso es lo que quiero
chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El
corazón.
Roberto Bolaño
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