a man lost in time

Abrumador en sus últimos años despidiéndose. Casi incredulidad. 
Respecto al tema, se puede ir tirando desde aquí.
Como curiosidad marciana, lo del final. En qué lugar se nos queda colgado Magnus conforme avanza el as long as...



Had to get the train
From Potsdamer Platz
You never knew that
That I could do that
Just walking the dead
Sitting in the Dschungel
On Nürnberger Straße
A man lost in time
Near KaDeWe
Just walking the dead
Where are we now?
Where are we now?
The moment you know
You know
You know
Twenty thousand people
Cross Böse Brücke
Fingers are crossed
Just in case
Walking the dead
Where are we now?
Where are we now?
The moment you know
You know
You know
As long as there's sun
As long as there's sun
As long as there's rain
As long as there's rain
As long as there's fire
As long as there's fire
As long as there's me
As long as there's you


worlds and lessons

Comienza solapándose la música con la escena precedente en el 1:09:50. Cuando ella alza el vaso en la toma final el cielo se cae.
La siguiente que traigo comienza en el 1:13:54, también solapada con la precedente. Y también lleva cielo de por medio. De otro tipo, eso sí.
Aquí están, si el enlace no se cae.

Alice: You sounded awful on the telephone. As if the world was about to end.
Morse: Just a small world, and not a very good one.


Morse: That's not enough.
Thursday: Sometimes it has to be. Not every question gets an answer. Learning to live with that's the hardest lesson there is.










el ladrón de misivas

Fantaseo con escaparme y escribir cartas, relatos y poesía:

Un cartero ha sido condenado a dos años de prisión por ocultar durante más de 10 años 3.272 cartas destinadas a direcciones de Ibi (Alicante) y Ontinyent (Valencia). La sentencia, a la que ha tenido acceso este jueves la agencia Efe, fue emitida por la Audiencia de Alicante y notificada a las partes a finales del pasado diciembre. El fallo es el resultado del acuerdo alcanzado por la fiscalía, la Abogacía del Estado -que ejerce la acusación particular en nombre de Correos y Telégrafos SA- y la defensa del trabajador antes del juicio, que debía celebrarse entre los días 15 y 17 de este mes.
El acusado, Juan José P.T., ejerció funciones de repartidor de correspondencia entre 2002 y 2015 en la jefatura provincial de Correos de Alicante. En noviembre de 2007 pasó a tener la condición de trabajador fijo y comenzó a prestar servicio en la unidad de distribución de la oficina postal de Ontinyent, ya en la provincia de Valencia.
Sigue aquí.

Juan José por dos

Injusticia

En mi cabeza, un poco mayor que la de mi perro, cabe un autobús grande. Grande, rojo y municipal que admite, sin distinción, vivos y muertos. El autobús recorre la periferia de toda la ciudad porque en mi cabeza cabe también una ciudad grande. Si cierro los ojos y me recuesto en el sofá, puedo pasar la tarde siguiendo el autobús. Aquí se baja un hombre gordo cuyo nudo de la corbata tiene la forma y la textura de un tumor, la coloración de una víscera. Las grietas de sus zapatos negros se abren como heridas al tocar el suelo. Allí se suben unas chicas que acaban de salir del instituto. Una de ellas está muerta, pero nadie se lo reprocha gracias a los derechos civiles recientemente conquistados. Cuando ya estoy a punto de dormirme, el autobús da un frenazo dentro de mi cabeza y vuelvo en mí, aunque no abro los ojos. Entonces veo bajar del autobús a la chica muerta en un barrio de las afueras. Son las seis de la tarde, ha comenzado a anochecer y la temperatura ha caído en picado. La chica muerta se desliza por la calle como una sombra, excepto cuando pasa por debajo de un farol que la ilumina brevemente, como un cono de luz a una actriz.
La chica muerta se encuentra con su padre, también muerto, en el portal. Se besan, suben juntos en el ascensor y entran en un piso frío con las luces apagadas. El padre muerto comienza a preparar la cena mientras la chica hace los deberes envuelta en una manta. Sobre las nueve llega la madre, que es la esposa del hombre, y que está viva. Comen los tres bajo la bombilla de bajo consumo de una lámpara sucia comentando el programa de la tele. ¿No te parece injusto, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, que en una cabeza poco más grande que la de un perro quepa tanta pena?

Tú no

Si no hubieras nacido, alguien habría dormido en la cuna que no compraron para ti, alguien se habría sentado en el pupitre que jamás ocupaste en la clase de párvulos y se habría montado en la que no fue tu primera bicicleta. Alguien habría ocupado las mesas de las oficinas en las que no trabajaste y se habría puesto las corbatas que no te regalaron. Alguien se habría fumado los paquetes de Camel o Marlboro que tú no habrías consumido y se habría puesto aquella cazadora marrón, de piel, como de piloto, que tampoco habrías comprado a plazos con tus primeros sueldos. De no haber venido tú a este mundo, otro se habría puesto al volante del coche de segunda mano que nunca condujiste. Alguien habría vivido en el apartamento al que no te mudaste al abandonar la casa de tus padres. Alguien habría preparado espaguetis o tortillas de espárragos en aquella cocina diminuta en la que no habrías podido practicar tus primeros sofritos. Alguien, no tú, habría dormido en aquella habitación y sobre aquella cama cuyo somier sonaba cada vez que te dabas la vuelta para “cambiar la pena de costado” (cortesía de Manuel Alcántara). Alguien se habría enamorado de tu mujer, y ella de él, y se habrían ido a vivir juntos y tendrían hijos que lógicamente no serían los tuyos. Ahora mismo, en esta silla giratoria, estaría sentada una persona diferente a ti, hombre o mujer, ni idea, haciendo Dios sabe qué. Tú no estarías, pero la silla sí, las calles estarían también, y los semáforos, y las moscas en el cristal de las ventanas, y los vencejos en las cornisas de los edificios. Y un día enterrarían o incinerarían a alguien dentro del ataúd en el que habrías sido enterrado o incinerado tú de haber nacido. Nadie te lloraría porque no habrías muerto.

JUAN JOSÉ MILLÁS

sinforosa

Los reyes me trajeron un regalo que me lo entregaron la noche siguiente. El resultado es que tengo nuevos amigos para rato.
Maravillosos en lo suyo. Clásicos atemporales. Oxford.

primeros de año

Restos de maquillaje, radio, nieve, mucha luz, silencio, limpieza.
Dolor de ojos.

derrelicto.

Del lat. derelictus 'abandonado'.
1. m. Mar. Buque u objeto abandonado en el mar.

todos los hombres

Seca, cortante, precisa, mate. Si hubiera sido la época hubiesen sacado una  miniserie; gracias a dios no lo era y quedó en peli larga. Magistral. Soberbia en su completitud. 

there will come a day



Aquí está el enlace para ver el extracto de la película con el ubicuo Bowie donde la doña se calza el tema junto a un repertorista.
Respecto al tema, que como no podía ser de otra forma no es un tema cualquiera, basta con seguir las miguitas por aquí.

Just a gigolo
Everywhere I go
People know the part I'm playing
Paid for every dance
Selling each romance
Every night some heart betraying

There will come a day
Youth will pass away
Then, what will they say about me?
When the end comes, I know
They'll say: "Just a gigolo!"
And life goes on without me

Just a gigolo
Everywhere I go
People know the part I'm playing
Selling every dance,
Selling each romance
Every night some heart betraying

There will come a day
Youth will go away
And what will they say about me?
When the end comes, I know
They'll say: "Just a gigolo!"
And life goes on without me

glamour con o

Hablaba con B. de esta serie y sólo había visto un capítulo, quizás dos. Se la refería y le exponía ya que tenía un pero para mí irresoluble, una tara que no creía que con el avance se enmendara. A veces sucede así, que algo está torcido desde el principio y uno lo detecta rápidamente. El enunciado de esa detección desde fuera puede sonar soberbio, por precoz, también ocurre. El exceso de ego es uno de esos excesos de lectura ambigua. El caso es que me queda un capítulo por ver para terminar la primera temporada y he decidido escribir acerca de ella sin acabarla: por lo de la soberbia, el ego y otros yoes.
Peaky Blinders llegué tras ver Taboo, pues comparten creador y escritor, el prolífico Steven Knight. Y con la citada comparte tuétano, devoción por la sustancia, a pesar de que esta tenga textura extraña y se halle en lugar recóndito. También comparte suciedad, clase obrera, sentinas, miserias y ambición, si bien una se desarrolla a principios del XVIII en Londres y la otra tras la primera guerra mundial en Birmingham. Pero lo que en aquel Londres era más o menos creíble, caracterización de Franca Potente de por medio, en este Birmingham es, sencillamente, un excedente de glamour, así, con o, porque aunque el término se haya castellanizado y sea aceptado por la RAE, el glamour es con o. ¿O acaso tiene glamour el glamur?
Sobra glamour en todo, absolutamente todo lo que destila esta producción: ni los Peaky era así, ni los pubs, ni las putas, ni los polis, ni los gitanos, ni las sombrereras, ni los italianos, ni las apuestas, ni Churchill -bueno, Winston sí: qué personaje; en las fotos que veo suyas de niño ya era un ser circunspecto y  pensante-. Falta miseria y sobra estilo, clase, elegancia. Por lo demás la serie posee un guion que funciona como un mero y simple vehículo para contar las andanzas de estos Peaky y lo que en torno a ellos se movía en la época, IRA incluido; una banda sonora superlativa, acertadísima; unos actores transidos por lo que antes contaba, el exceso de clase, pero con las bases del mundo británico, eso sí. Y un actor principal por los que los marcianos matarían junto con este otro. Hablando de actores, por cierto, a la doña no la soporto; ya me pasó en Penny Dreadful,  pero como allí hacía de mala malosa, quedaba hasta de parodia. Aquí no hay parodia que valga, y sus pómulos, sus cejas y su histrionismo me resultan cargantes; me gusta, eso sí y sólo, cuando se enfrenta a un hombre. Y a Arthur no lo conocía, pero ha resultado ser mi preferido; no por casualidad su biografía.
Por último, una guinda insuperable. Sin desvelar nada previamente, aquí y aquí. Cien por cien británico.

puta vieja

LA PUTA VIEJA

Nadie, nunca, me ha dicho te quiero.
Nunca mis oídos escucharon tales palabras
y nunca, a nadie, yo se las he dicho.
Soy puta. Soy vieja. Soy una puta vieja
que ha perdido hace tiempo la cuenta
de las sombras con las que me he acostado,
las camas en que me dejado la espalda
y las sábanas que se han confundido
con mi piel comprada de serpiente,
piel que ha cambiado cada noche
a lo largo y ancho de mi puta vida.
Nadie, nunca, me ha dicho te quiero.
Ni ese niño que tuve una noche de luna
y que me miraba a las mañanas
con sus preguntas llenas de legañas.
Nunca aquel niño me dijo te quiero.
Ni en las dulces tardes de cumpleaños
ni en los regalos del domingo, lejos de Montera,
lejos de las esquinas, de las aceras bañadas
de palabras susurradas y de precios negociados.
Me miraba, eso sí, a todas horas.
Me miraba mientras me dormía,
mientras el maquillaje de mi cara
se convertía en una careta de payaso
en la almohada de todos los días.
Esa almohada a la que me abrazo aún,
en la que siento, aún, el calor de un amor
que nunca tuve, que ya nunca tendré.
Soy una puta vieja llena de arrugas,
una puta sin memoria, sin recuerdos,
una puta sin pasado siquiera.
Los golpes de tantas palizas calladas,
los vómitos de tantas bocas borrachas,
los jadeos inventados y aquellos pocos
que me salieron de lo más hondo del alma,
todo eso lo he olvidado. Nunca. Las putas
no podemos permitirnos el lujo del pasado.
Y las putas viejas ni siquiera el del futuro.
Vamos recogiendo de las aceras las colillas
de carmín que van tirando las más jóvenes,
a medio fumar, a medio beber, a medio hablar.
Vamos recogiendo los clientes que rechazan
y con ellos llenamos las horas muertas,
estas inútiles horas entre esquinas y zaguanes.
Nadie, nunca, me dijo te quiero.
Me moriré cualquier día, cualquier noche.
Me moriré sola. Sola como he vivido.
Y nunca nadie me habrá dicho te quiero.
Nunca nadie habrá recordado mi verdadero
nombre al levantarse por la mañana,
con esa jaqueca absurda que dicen que es el amor,
esa droga que te recorre las sonrisas
y que te hace cantar canciones infantiles
mientras tus pies marcan el ritmo de los minutos.
Nadie nunca me habrá cogido una mano
y se la habrá acercado a los labios
con el solo deseo de sentir una mano,
unos dedos, un carmín colgado al final
de los brazos, de los pechos, de esa sombra
que se vuelve una ante el abrazo.
Nadie, nunca, me ha dicho te quiero.
Nadie se ha acercado al balcón de mis ojos
tan solo para sentirse reflejado
por un segundo, por una décima de segundo.
Reflejado en el espejo de mis ojos.
Billetes en la mesilla de noche, sí,
alguna que otra caricia perdida,
alguna que otra caricia de recluta virgen…
Pero nadie nunca me ha dicho te quiero.
Y la noche es larga. Y fría y larga.
Y silenciosa. Y solitaria y aburrida. Y larga.
Ya nadie se atreve a decirle a una puta vieja
te quiero.
Me llevaré a la tumba mis caricias vírgenes,
mis palabras de amor, mis promesas
y mis mentiras, las de todas las noches,
todas ellas vírgenes, todas inmaculadas,
todas aún con el papel de fiesta
y con la risa nerviosa de los cumpleaños,
de esa que es siempre la primera vez.
Nadie me ha dicho nunca te quiero.
Nadie. Nunca. Ni en sueños siquiera,
ni en los pocos sueños infantiles que recuerdo.
Pero, y eso sí que me lo ha dicho muchas veces
mi hijo –y en eso sí que le doy la razón:
¿A quién le importan las lágrimas de una puta vieja?
¿A quién sus lamentos y reproches?
Muero en una cama, sola, sin nadie
velando mis últimos suspiros.
Muero en una casa sin persianas ni velos,
viendo cómo los segundos son cada vez
más lentos, más y más lentos,
y cada vez me cuesta más respirar
y mantener abiertos estos ojos grises.
Y así, en el último suspiro,
bien puedo estar segura, ahora sí,
que nadie, nunca, me dijo te quiero.

José Manuel Lucía Mejías