surcos de vinilo

Del 84, en La ley del mar, la ley del desierto:


Oscuro affaire
Suena todo el día un teléfono maldito
Negras palabras en el auricular
Lo mantengo alejado y miro al infinito
Pondré mi mente a cero una vez más
Voy a adelantar mis vacaciones
Es el fin del invierno, iré cerca del mar
Viviré como un dandy, daré largos paseos
Pensare en los detalles de mi próximo plan
Estoy metido en un oscuro affaire
Estoy metido en un oscuro affaire
No podrás cambiar mis emociones
Y si un atardecer me dejase llevar
O dudase un momento esperaré a la noche
Y sabrás que la noche no ha hecho más que empezar
Estoy metido en un oscuro affaire
Ya no puedo volver atrás
Y no sé como salir de él
Estoy metido en un oscuro affaire
Estoy metido en un oscuro affaire
Suena todo el día un teléfono maldito
Negras palabras en el auricular
Lo mantengo alejado y miro al infinito
Pondré mi mente a cero una vez más
Una vez más...

Del 86, en Enemigos de lo ajeno:

Soy un accidente

Soy un accidente, 
un error de medida. 
Un viajero de barro 
que se lleva la corriente... 
Soy el salvaje que derriba sus dioses, 
que se atrinchera en tu cama. 
Soy la galerna que te azota. 
¡Yo conjuro al huracán! 
Soy el hombre que veis. 
Eso digo a mis pocos amigos. 
Quisiera no correr, 
quedarme a ser tu torbellino. 
Busco una orilla extraña 
pero yo no soy Ulises. 
Que nadie me ate 
cuando las sirenas canten. 
No trato de conseguir perdurar 
porque sé que sólo soy un accidente. 
Tú eres el fuego, 
yo la zarza que no se consume. 
Tú las murallas, 
yo enemigo que vela. 
Y cuando vuelva 
el guardián del universo, 
a pedir cuentas, 
delvolveré el trigo a su dueño. 
No pretendo conseguir perdurar 
porque sé que sólo soy un accidente. 
Soy como un animal 
agazapado y vigilante. 
Soy el caos 
o sólo un alma polvorienta. 
Soy un accidente... 

ground control


salvoconducto.

1. m. Documento expedido por una autoridad para que quien lo lleva pueda transitar sin riesgo por donde aquella es reconocida.

2. m. Libertad para hacer algo sin temor de castigo.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
Salvoconducto. Es la guía o seguridad que el Príncipe concede a sus enviados o vasallos para que puedan transitar por todas las Ciudades y Lugares de su Reino libremente y sin que nadie o Justicia alguna les embarace el paso de su persona o en que se ruega a los Reyes y Señores de otros Reinos que al paso por el suyo no se les moleste, antes se les ampare y defienda.



finesse




Me quieres hacer un masaje,
me parece bien.

Me quieres hacer un masaje,
me parece bien.
Me pides que cierre los ojos
y que me esté tranquilo, ya sé para qué.

Me coges el tono del cuello
y empiezas a hablar
de lo que yo siempre hablo
para que no me fije en que ahora aprietas más.

Y yo intento relajarme
y quedarme muy, muy quieto.
Pero algo te distrae
y siento aflojar tus de… edos.

Me quieres dar una sorpresa,
no diré que no.
Me pides que extienda la mano
y que cierre los ojos y es lo que hago yo.

Te oigo como abres cajones,
buscando a saber qué.
Ahora ya lo has encontrado
y te acercas deprisa a acabar de una vez.

Y yo espero que sea rápido
y morir en el momento.
Pero llaman a la puerta
y lo dejas para lue ... ego.

Y ya me estoy aburriendo
de esperar a que te animes.
Y cualquier día de estos
me decidiré a decirte, a decirte ...

Acaba de, acaba de una vez,
acaba de una vez conmigo.
Acaba de, acaba de una vez,
acaba de una vez conmigo.
Acaba de, acaba de una vez,
acaba de una vez conmigo.

enemistad


¿Qué sabe el enemigo ?

¿Acaso sabe el enemigo algo de mi?

¿Sabe algo más que el olor a chamusquina de mi carne?
¿Se ha permitido palpar, despojado de prejuicios,
la densidad salobre de mi sangre?
¿Apoyó, quizás, en el nido de su lengua
la belleza amarga de mi semen?

¿Qué sabe el enemigo?

Solo presiente el rencor y la opacidad desde los que pienso.
Solo sabe la vida que me bebo.
Solo ve el amor que me respira.

¡Y estos pocos datos le han bastado!

Para ponerme contra la pared
y apretar el cuello con mis propias manos.

César León Vargas

negro y rojo


Marta le escribe las necrológicas a Monteiro Rossi para que este, a su vez, consiga que Pereira las publique, pese a que él le haya solicitado otras.
Sostiene Pereira que su escritor y creador nos dejó no hace mucho y con él se fue, probablemente de manera definitiva, una Lisboa que hace ya tiempo que solo existe como  ejercicio de transubstanciación en algunas mentes. Tabucchi, quiero imaginar, sabía de la poética de la necrológica, un género literario tan ligado al momento final como a la recapitulación, es decir, al libro de balances de la vida.
Dejo dos ejemplos recientes; el primero, de uno de mis actuales columnistas preferidos, David Tueba, a quien el cine no le ha restado talento para la escritura concisa, afilada y fluida. El otro es la clásica necrológica escrita por alguien desconocido sobre alguien improbable. Y es, también, una declaración de amor.

Galiardo

DAVID TRUEBA 25 JUN 2012

Contar anécdotas de Galiardo se convirtió en un género de literatura oral, que conquistó a varias generaciones. La sorpresa, lo imprevisible y la enorme fortaleza de este actor lo alzó hasta el repertorio común, algo que solo está reservado a los grandes, de quienes se seguirán contando hazañas mucho tiempo después de muertos. En Juan Luis Galiardo se daban cita varios elementos maravillosos. Una sinceridad impúdica y liberadora que le llevó a romper el espejo para hablar sin tapujos del papelón de galán joven, del triunfo y de la decadencia. Lo contrario de los profesionales de cristal, que se protegen tras la máscara profesional, Galiardo era capaz de involucrar al resto del mundo en el funcionamiento de sus intestinos, pero también en su lucha contra las más diversas patologías, mostrando la fragilidad tras su intenso vigor. Provocaba las carcajadas más sanas con el argumento incontestable de derribar lo impostado.
Su segunda vida, recompuesta tras regresar del infierno, le empujó a producir y protagonizar la serie Turno de oficio, que en los alrededores de 1987 elevó la ficción nacional para la pequeña pantalla a un nivel poco frecuentado. Unido al personaje en la película El vuelo de la paloma significó el paso definitivo hacia su italianización, convirtiéndose en el hermano español de aquellos actores que certificaron el esplendor de la comedia italiana como Sordi, Gassman, Mastroianni o Ugo Tognazzi. Azcona y García Sánchez le sirvieron papeles a la medida, que compaginaba con la ruleta del prestigio en la carrera de un actor que hizo de secundario bajo el nombre de John Galy, que fue galán superdotado y, consecuentemente, Don Quijote.
Auténtico pata negra, Galiardo era un pozo de contradicciones, todas ellas extremadas, un espectáculo en sí mismo que alcanzó tales cotas de expresividad que en los últimos años se convirtió seguramente en el tipo que daba mejores entrevistas de España. Y así el anecdotario a su alrededor fue creciendo, para goce de quienes aprendimos a adorarlo desde el día en que en un acto público, rodeado de concejales y autoridades, agradeció el discurso plomizo de uno de ellos, que aseguraba haber sido compañero suyo de pupitre, con un lacónico: "Claro que me acuerdo de ti, hombre, si ya eras así de tonto desde el colegio".

José Cardona, ‘El Persa’, artista inclasificable

Fue dibujante, escritor y creador de inventos imposibles

MANUEL PERIS 26 JUN 2012

El pasado martes falleció en Valencia José Cardona, El Persa, artista polifacético, inclasificable y tan desconocido por el gran público como amado por los pocos que tuvieron la suerte de conocerle a él y a su obra dispersa. La editorial valenciana Media Vaca publicó hace cinco años una magnífica antología de sus textos, dibujos e historietas y la madrileña Rey Lear sacó en 2009 su colección de relatos El mar en una botella. Irrecuperable es su literatura oral, tan importante como la obra que dejó escrita.
Nacido en 1943, José Cardona se formó en el kiosco que había debajo de su casa, regentado por un teósofo, gracias al cual conoció antes al Dalai Lama que al Papa, algo inaudito en la España de la época. Saberes tan dispares como la poesía de Borges, la mecánica popular o la filosofía esotérica se mezclaron en su singular bagaje cultural. En 1980 Tomás March, que ya había editado varias obras de El Persa, publicó el libro de instrucciones de un pequeño electrodoméstico, la Mascarilla Masticadora Bowebraü, artilugio que, a modo de buche de pelícano, permitía a las personas apresuradas engullir los alimentos. El artefacto, que solo existía en la imaginación de El Persa, adquirió un renombre sorprendente y hubo quienes dieron por fabricado el ingenio; el Persa recibió cartas de distribuidoras de electrodomésticos y agencias de publicidad, aunque también quejas de médicos que temían que el uso continuado de la mascarilla acabara atrofiando las mandíbulas.
José Cardona era además un dibujante de impecable destreza, lo que le permitió sobrevivir a base de trabajos alimenticios, como sus increíbles series de recortables publicados en Cataluña. Murió en la más absoluta pobreza.

the more loving one


Ha estado durmiendo casi un año. Despierta y me arriesgo a abordarlo. Dos versiones: una más literal, la otra buscando más la idea. Ninguna me satisface completamente pero, ya lo he dicho quizás demasiadas veces, así es el mundo de la traducción. En el caso de Auden, la cosa adquiere tintes dramáticos o quizás, paradójicamente, tranquilizadores. Dramáticos, porque es un escritor que plantea la incapacidad del lenguaje a la hora de plasmar la emoción. Tranquilizadores, por lo mismo.

THE MORE LOVING ONE

Looking up at the stars, I know quite well
That, for all they care, I can go to hell,
But on earth indifference is the least
We have to dread from man or beast.

How should we like it were stars to burn
With a passion for us we could not return?
If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.

Admirer as I think I am
Of stars that do not give a damn,
I cannot, now I see them, say
I missed one terribly all day.

Were all stars to disappear or die,
I should learn to look at an empty sky
And feel its total darkness sublime,
Though this might take me a little time.

W. H. Auden

El que más ama

Mirando a las estrellas, sé bastante bien
que, si es por lo que les importo, me puedo ir al infierno.
Pero sobre la tierra la indiferencia es lo que menos
hemos de temer del hombre o la bestia.

¿Nos gustaría que fueran las estrellas las que ardieran
con una pasión hacia nosotros que no pudiéramos devolver?
Si un afecto igual no puede ser,
deja que sea yo el que más ame.

Admirador como creo que soy
de las estrellas a las que les importo un bledo,
no puedo, ahora que las miro, decir
que echara de menos a una terriblemente todo el día.

Si todas las estrellas fueran a desaparecer o morir
debería aprender a mirar a un cielo vacío
y sentir su total oscuridad sublime,
aunque esto podría llevarme un tiempo.

Versión de Juan Bay

El que más ame

Mirando a las estrellas, sé bien
que, si es por lo que les importo, me puedo ir al carajo.
Pero en esta tierra la indiferencia es lo que menos
hemos de temer del hombre o la bestia.

¿Acaso nos gustaría que las estrellas ardieran
con una pasión por nosotros que no pudiéramos corresponder?
Si no puede haber equidad en los sentimientos,
deja que sea yo el que más ame.

Admirador como creo serlo
de las estrellas a las que les importo un pepino,
ahora que las veo, no puedo decir
que echara de menos terriblemente a una un día entero.

Si todas las estrellas fuesen a desaparecer o morir,
debería aprender a mirar a un cielo vacío,
y sentir su total oscuridad como algo sublime,
aunque esto podría llevarme cierto tiempo.

Versión de Juan Bay

ejercicio de sonoridad


naba.

(Del lat. napa, nabo).

1. f. Planta bienal de la familia de las Crucíferas, de cuatro a seis decímetros de altura, con hojas grandes, ásperas, gruesas, rugosas, las radicales partidas en tres lóbulos oblongos, y enteras y lanceoladas las superiores; flores pequeñas, amarillas, en espiga, fruto seco en vainillas cilíndricas con muchas semillas menudas, esféricas, de color pardusco y sabor picante, y raíz carnosa, muy grande, amarillenta o rojiza, esferoidal o ahusada, según las variedades, que se emplea para alimento de las personas y ganados en las provincias del norte de España, donde se cultiva mucho.

novela


A long time ago came a man on a track
Walking thirty miles with a sack on his back
And he put down his load where he thought it was the best
He made a home in the wilderness
He built a cabin and a winter store
And he plowed up the ground by the cold lake shore
And the other travelers came walking down the track
And they never went further, and they never went back
Then came the churches, then came the schools
Then came the lawyers, and then came the rules
Then came the trains and the trucks with their loads
And the dirty old track was the telegraph road 

Then came the mines, then came the ore
Then there was the hard times, then there was a war
Telegraph sang a song about the world outside
Telegraph road got so deep and so wide
Like a rolling river

And my radio says tonight it's gonna freeze
People driving home from the factories
There's six lanes of traffic
Three lanes moving slow

I used to like to go to work, but they shut it down
I've got a right to go to work, but there's no work here to be found
Yes, and they say we're gonna have to pay what's owed
We're gonna have to reap from some seed that's been sowed
And the birds up on the wires and the telegraph poles
They can always fly away from this rain and this cold
You can hear them singing out their telegraph code
All the way down the telegraph road 

You know, I'd sooner forget, but I remember those nights
When life was just a bet on a race between the lights
You had your head on my shoulder, you had your hand in my hair
Now you act a little colder, like you don't seem to care
But believe in me, baby, and I'll take you away
From out of this darkness and into the day
From these rivers of headlights, these rivers of rain
From the anger that lives on the streets with these names
'Cause I've run every red light on memory lane
I've seen desperation explode into flames
And I don't want to see it again

From all of these signs saying, "sorry, but we're closed"
All the way 
Down the telegraph road


Telegraph Road. Mark Knopfler


con toda la ironía y sin ápice de ella

escenas de Hopper en 1916

Morning at the window

They are rattling breakfast plates in basement kitchens,
and along the trampled edges of the street
I am aware of the damp souls of housemaids
sprouting despondently at area gates.

The brown waves of fog toss up to me
twisted faces from the bottom of the street,
and tear from a passer-by with muddy skirts
an aimless smile that hovers in the air
and vanishes along the level of the roofs.

T. S. Eliot, 1916

La mañana vista a través de la ventana

Ellas entrechocan los platos del desayuno en las cocinas de los sótanos
y, a lo largo de los bordillos desgastados de la calle,
me apercibo del alma húmeda de esas sirvientas
que brotan abatidas tras las verjas.

Pardas olas de niebla lanzan contra mí
rostros deformes desde el fondo de la calle
y arrancan a la transeúnte de la falda embarrada
una inútil sonrisa que levita en el aire
y que a la altura de los tejados se disipa.

Mañana en la ventana

Se entrechocan platos del desayuno en cocinas de sótanos,
y a lo largo de los pisoteados bordes de la calle
me doy cuenta de las mojadas almas de criadas
que brotan desanimadamente tras las verjas.

Las pardas oleadas de nieblas arrojan hasta mí
caras retorcidas desde el fondo de la calle,
y arrancan de una transeúnte de faldas enfangadas
una sonrisa sin objetivo que se cierne en el aire
y se desvanece al nivel de los tejados.

La primera traducción es de Felipe Benítez Reyes; la segunda, de José María Valverde.

lecciones del vano intento de traducir poesía

La lliçó

Te'm gires, en el moment que obres la porta,
i rius, i una vegada més he d'aprendre
la lliçó de subjecció, dolça i sabuda:
que un teu posat se m'endú sempre, i com allisa
l'obstacle de rompents on m'aïllo, difícil
i encara personal. És aquest, és 
aquest d'ara, el posat
com et gires, i el tors
decanta i desorienta, concedit
al moviment, la més pausada zona
on dorm la reserva del teu cos.
   (Quin horror innegable, quin horror
de matèria del món, quan penso
que em dono a compondre una rompuda falsedat
des d'aquí, d'aquest altre
lloc del món, mentre potser
que es gira, en el moment que obre la porta
d'una cambra on no em trobaré mai.)

La lección

Te me giras en el momento que abres la puerta,
y ríes, y una vez más he de aprender
la lección de sujeción, dulce y sabida:
que un ademán tuyo se me lleva siempre, y cómo alisa
el obstáculo de rompientes donde me aíslo, difícil
y todavía personal. Es éste, es
éste de ahora, el ademán
con que te giras, y el torso
se inclina y desorienta, dado
al movimiento, la más pausada zona
donde duerme la reserva de tu cuerpo.
            (Qué horror innegable, qué horror
de materia del mundo, cuando pienso
que me entrego a componer una rota falsedad
desde aquí, desde este otro
lugar del mundo, mientras quizás
se gira en el momento que abre la puerta
de una habitación donde no me encontraré nunca)

La lección

Te vuelves en el momento que abres la puerta,
y ríes, y una vez más debo aprender
la lección de sujeción, dulce y sabida:
que una actitud tuya se me lleva siempre, y alisa
el obstáculo de rompientes donde me aíslo, difícil
y todavía personal. Es éste, es
éste de ahora, el ademán
con que te vuelves, y el torso
se inclina y desorienta, rendido
al movimiento, la más pausada zona
donde duerme la reserva de tu cuerpo.
            (Qué horror innegable, qué horror
de materia del mundo, cuando pienso
que me entrego a componer una rota falsedad
desde aquí, desde otro
lugar del mundo, mientras quizás
se vuelve en el momento en que abre la puerta
de una habitación donde no estaré nunca)

Gabriel Ferrater: uno de sus últimos poemas. La primera traducción, de un servidor de ustedes. La segunda, de Mª Àngeles Cabré, tal cual aparece en Las mujeres y los días. Vanos intentos, ya digo.

flores negras


A veces Lenz ve en la enfermedad un encuentro fortuito con un transeúnte que, tras un fuerte impacto, deja en nuestras manos, distraído, una flor negra. Y cuando por fin nos levantamos para devolvérsela el transeúnte ya ha desaparecido apresuradamente. Empezamos a correr con la flor en la mano –no nos pertenece, podrá necesitarla quien la perdió-, pero en vano; no hay rastro de él. El extraño transeúnte ha desaparecido, se ha evaporado. Y en nuestra mano está la negra flor. El movimiento siguiente podrá hasta parecer un no movimiento –la indecisión-, pero la incomodidad no tardará en dejar de ser un pormenor para convertirse en lo esencial: se hace urgente deshacernos de aquella flor que nos repele.

Gonçalo M. Tavares, Aprender a rezar en la era de la técnica.
Primera parte: Fuerza/ Reflexiones sobre la enfermedad/1. Negra flor