Por dejar algunas miguitas. Me quedan cinco capítulos por ver y tengo una anticipación de añoranza. Y asombro, mucho, por ver tanto talento circulando por los arcenes de las grandes autopistas, gracias a dios.
Otro día abordaré el mundo de sus secundarios. Qué es un secundario. Dibujo a mano alzada del secundario. Puntos suspensivos.
Martha my dear, Martha my love. Pues aquí os dejo a Martha, con su dibujo a cejas alzadas. Y a Gabriel y Celia: lo que procura la edad.
Emilio lo tiene claro. Yo también: voy mediada la cuarta.
¿Qué es The Americans? Yo diría simplemente que es una serie de intriga como Dios manda, prácticamente ejemplar.
The Americans es pues una de las series más «cinematográficas» de los últimos años, en el sentido de que se permite renunciar a ciertas licencias que muchas otros programas de ficción consideran irrenunciables. Esto, quizá, ha hecho que muchos espectadores la abandonen, acostumbrados como están a que las series de televisión se desvivan por captar su perezosa atención con constantes fuegos de artificio, pero también ha ayudado a que resulte fascinante de contemplar para quienes no necesiten de esos artificios, como si estuviesen viendo un clásico hollywoodiense de espías pero dividido en temporadas de trece episodios. La ambientación, el ritmo y los fantásticos diálogos —elaborados con una invisible y poco pretenciosa pero cuidadosa elaboración— dan forma a una obra de primer nivel, que francamente nadie que ame el buen cine debería perderse.
Superlativo, primoroso, con un in crescendo arrebatador y un final wagneriano. Placer.
Un grupo de trajeados caballeros —y un disidente en chándal— se reunía alrededor de la mesa de una cafetería para hablar de pollas grandes y su relación con la tonadilla pop. El señor Marrón afirmaba ante sus contertulios que el «Like a Virgin»de Madonna era una oda a los penes descomunales, o el relato de como una chica se topaba con un amante que compartía herencia genética con los caballos y acababa evocando una juventud donde tenía los interiores más estrechos. Aquel señor Marrón y el recuento de pitos («—Dick, dick, dick, dick, dick, dick. —How many dicks is that? —A lot») que arrastraba su verborrea era la presentación en sociedad de un desconocido Quentin Tarantino con una Reservoir Dogs donde ejercía de actor, guionista y director. Y aquel diálogo inicial atrapaba firmemente al público con el truco de reinventar de manera divertida el significado de un elemento pop universalmente famoso. La del señor Marrón era una lectura simpática pero fantasiosa, porque Billy Steinberg y Tom Kelly, letristas originales de «Like a Virgin»,lo que pretendían era hablar sobre una relación amorosa tan emocionalmente profunda como para hacer sentir al implicado que era algo novedoso. Madonna agarró a Tarantino en una fiesta y le regaló el álbum Erotica con un mensaje escrito a mano en su portada: «Quentin, trata sobre el amor, no sobre pollas».
Cuando me quedo sin baloncesto tardo unos días en superar el síndrome de abstinencia, sobre todo si se viene de las finales al unísono de la liga española y la estadounidense. Además, esta vez la española se me quedó corta. Ganó el que yo quería y como yo deseaba, eso sí.
Salió la lista para los próximos Juegos Olímpicos. Con Mike al frente, las opciones son escasas, por no decir nulas. Polonia es lo que tiene.
Los jugadores que estarán a las órdenes del seleccionador Mike Krzyzewski son, además de Durant y Anthony: Barnes (Golden State), Butler (Chicago), Cousins (Sacramento), DeRozan (Toronto), Paul George (Indiana), Draymond Green (Golden State), Kyrie Irving (Cleveland), DeAndre Jordan (Clippers) y Lowry (Toronto).
Aquí está la noticia. Hasta principios de agosto, a vivir de recuerdos. Cada vez me fascina más si cabe este deporte.
Me encantan las fronteras. Aquí ya lo he expresado en otras ocasiones relacionándolo con otros asuntos. Esta vez llega de la mano de una definición. Me quedo adherido a la disyunción.
De paso aporto otras que tenía esperando su turno, las de la efe turbia.
Hoy la temperatura era soportable. Había un aire de julio en el pueblo. Sin el Berlín de principios de los setenta no se entienden en su magnificencia los pueblos de Murcia, fundamentalmente los del interior.
bramante
De brabante.
1. m. Hilo gordo o cordel muy delgado hecho de cáñamo. U. t. c. adj.
¡Qué lástima! ¡Qué lástima que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan! ¡Qué lástima que yo no pueda entonar con una voz engolada esas brillantes romanzas a las glorias de la patria! ¡Qué lástima que yo no tenga una patria! Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa desde una tierra a otra tierra, desde una raza a otra raza, como pasan esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca. ¡Qué lástima que yo no tenga comarca, patria chica, tierra provinciana! Debí nacer en la entraña de la estepa castellana y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada; pasé los días azules de mi infancia en Salamanca, y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña. Después... ya no he vuelto a echar el ancla, y ninguna de estas tierras me levanta ni me exalta para poder cantar siempre en la misma tonada al mismo río que pasa rodando las mismas aguas, al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa. ¡Qué lástima que yo no tenga una casa! Una casa solariega y blasonada, una casa en que guardara, a más de otras cosas raras, un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada (que me contaran viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala) y el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla. ¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano cruzada en el pecho, y la otra en el puño de la espada! Y, ¡qué lástima que yo no tenga siquiera una espada! Porque..., ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada? ¡Qué voy a cantar si soy un paria que apenas tiene una capa!
Sin embargo... en esta tierra de España y en un pueblo de la Alcarria hay una casa en la que estoy de posada y donde tengo, prestadas, una mesa de pino y una silla de paja. Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla en una sala muy amplia y muy blanca que está en la parte más baja y más fresca de la casa. Tiene una luz muy clara esta sala tan amplia y tan blanca... Una luz muy clara que entra por una ventana que da a una calle muy ancha. Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas. Aquí me siento sobre mi silla de paja y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo cómo pasa la gente a través de la ventana. Cosas de poca importancia parecen un libro y el cristal de una ventana en un pueblo de la Alcarria, y, sin embargo, le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma. Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa cuando pasan ese pastor que va detrás de las cabras con una enorme cayada, esa mujer agobiada con una carga de leña en la espalda, esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana, y esa niña que va a la escuela de tan mala gana. ¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana siempre y se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. ¡Qué gracia tiene su cara en el cristal aplastada con la barbilla sumida y la naricilla chata! Yo me río mucho mirándola y la digo que es una niña muy guapa... Ella entonces me llama ¡tonto!, y se marcha. ¡Pobre niña! Ya no pasa por esta calle tan ancha caminando hacia la escuela de muy mala gana, ni se para en mi ventana, ni se queda a los cristales pegada como si fuera una estampa. Que un día se puso mala, muy mala, y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.
Y en una tarde muy clara, por esta calle tan ancha, al través de la ventana, vi cómo se la llevaban en una caja muy blanca... En una caja muy blanca que tenía un cristalito en la tapa. Por aquel cristal se la veía la cara lo mismo que cuando estaba pegadita al cristal de mi ventana... Al cristal de esta ventana que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja tan blanca. Todo el ritmo de la vida pasa por el cristal de mi ventana... ¡Y la muerte también pasa!
¡Qué lástima que no pudiendo cantar otras hazañas, porque no tengo una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada, y soy un paria que apenas tiene una capa... venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!
De una finura rayana en el dolor envuelta en papel de broma, César, ave:
P. ¿La literatura no tiene utilidad social?
R. Si es literatura como arte, no. Los únicos libros que tienen utilidad social son losbest sellers,que están llenos de información. Si alguien quiere aprender con las novelas, que leabest sellers. La literatura no te enseña nada más que el placer, el mismo placer que mirarLas meninas. Uno no aprende nada sobre Velázquez.
P. ¿Y sobre uno mismo?
R. ¿Escribiendo?
P. Y leyendo.
R. Escribiendo sí porque se ponen en claro las ideas, que generalmente son confusas. Cuando uno las escribe comprende que no es tan inteligente como creía. Leyendo no se aprende nada, pero se afina la inteligencia, el gusto, pero a quién le interesa refinarse si para tener éxito hay que ser todo lo contrario.
Por la presente sostengo que el jazz, no sólo como música, sino como un todo, como corpus, murió como mucho allá por los sesenta. Adjunto documento acreditativo.
Pues aquel anónimo dejó una sugerencia que bien merece una entrada para ella sola. Sólo llevo quinces minutos escuchados cuando publico esto, pero sé que es más que suficiente para la valoración. Me quedo estupefacto, eso sí, con el poco público asistente.
Es un sábado por la tarde.
El calentador del baño tiene el vientre al rojo vivo. La ventanilla de
ventilación está herméticamente cerrada. La semana anterior, Arni, un niño de
dos años, había cogido un catarro por culpa del aire frío. La madre lava la
espalda del pequeño Arni con unos pantaloncitos desteñidos. El pequeño palmotea
a su alrededor. La madre saca al pequeño Arni de la bañera. Pobre crío, dice el
abuelo. A los niños tan pequeños no hay que bañarlos, dice la abuela. La madre
se mete en la bañera. El agua aún está caliente. El jabón hace espuma. La madre
se restriega unos fideos grises del cuello. Los fideos de la madre nadan sobre
la superficie del agua. La bañera tiene un borde amarillento. La madre sale de
la bañera. El agua aún está caliente, le dice la madre al padre. El padre se
mete en la bañera. El agua está caliente. El jabón hace espuma. El padre se
restriega unos fideos grises del pecho. Los fideos del padre nadan junto con
los fideos de la madre sobre la superficie del agua. La bañera tiene un borde
parduzco. El padre sale de la bañera. El agua aún está caliente, le dice el
padre a la abuela. La abuela se mete en la bañera. El agua está tibia. El jabón
hace espuma. La abuela se restriega unos fideos grises de los hombros. Los
fideos de la abuela nadan junto con los fideos de la madre y del padre sobre la
superficie del agua. La bañera tiene un borde negro. La abuela sale de la
bañera. El agua aún está caliente, le dice la abuela al abuelo. El abuelo se
mete en la bañera. El agua está helada. El jabón hace espuma. El abuelo se
restriega unos fideos grises de los codos. Los fideos del abuelo nadan junto
con los fideos de la madre, del padre y de la abuela sobre la superficie del
agua. La abuela abre la puerta del cuarto de baño. Luego mira en dirección a la
bañera. No ve al abuelo. El agua negra se derrama por el borde negro de la
bañera. El abuelo ha de estar en la bañera, piensa la abuela, que cierra tras
de sí la puerta del cuarto de baño. El abuelo deja correr el agua sucia de la
bañera. Los fideos de la madre, del padre, de la abuela y del abuelo dan
vueltas sobre la boca del desagüe.
Sucede en ocasiones. Hay una señal, un haz. Hay que estar atentos. A veces la tenemos delante y se escapa. Esta vez hubo suerte y no huyó bajo mi desatención. Hallé esto.
Javier Rodríguez Fernández se llama. Encuentro poco de él en la red. Yo lo tuve en la mano, en papel, en una eñe de una tarde de principios de junio en una casa por donde transito con la misma familiaridad que precaución. La precaución que se tiene frente a aquello que te gusta demasiado.
Entre ayer y hoy me ha salido un sarpullido de El Prado de los de hacía tiempo. Las hilanderas. Nada, una minucia.
Escucho versiones y versiones pero no llegan. Casi siempre ocurre: donde ella llega no lo hacen lo demás. Este es otro ejemplo más. El tema, del pájaro Randy. De una veracidad y crueldad insoportables. Y el entorno, de realismo sucio. No quiero escucharlo. No puedo soportarlo. So easy. So natural.
In my neighborhood
We don't live so good
The rooms are small
And the buildings made of wood
I hear the neighbors talking 'bout you and me
I guess I heard it all
'Cause the talk is loud
And the walls are much too thin
He don't really love her
That's what I heard them say
He sure wasn't thinking of her today
(He wasn't thinking of her today)
I saw them in the front yard
Said the boy in room one four nine
He was talking to a girl I've never seen before
And standing there together, oh, they looked so good