De momento, con su mezcla de física cuántica y novela de espías, estamos ante la mejor serie de estos momentos. Doy fe. El artículo completo está aquí. Por cierto, yo diría que mejor halógeno, ya que hablamos de luces. alógeno, na
Del gr. ἀλλογενής allogenḗs.
1. adj. Dicho de una persona: Extranjera o de otra raza, en
Fui a ver a Jon a su radio universitaria en la Facultad de Medicina Miguel Hernández de Alicante. Nos pusimos a charlar sobre lo humano y lo divino y se nos fue casi una hora. ¡Y sin quintos! Me lo pasé bomba y me hubiera quedado otra hora fácilmente. Es tan agradable charlar contigo, querido.
Servidor entra en escena en el minuto doce y medio aproximadamente.
Andan por una longitud similar -qué son 20º-, si bien sus
latitudes son francamente distintas. Una roza la polaridad; la otra, el
desierto. La que es región, área, zona, abarca territorios de varios países, límites convulsos a lo largo de la historia,
escasa insolación, débil luminosidad, auroras boreales en noches gélidas, un
páramo de nieve y población, un frío donde perder la fe definitivamente para
encontrar la convicción o, simplemente, un lugar para intimar con los líquenes
y las agujas de hielo.
A veces los títulos son reveladores: Espacio; Algún lugar al que pertenezco... No es extraño en el caso de Gabor. Su biografía y su muerte, casualmente en casa, tampoco son extrañas. Todo cuadra al final. Y no sólo en estos avanzados en tierra de nadie.
Murió con menos años que los míos en la actualidad. Brillo doble de la luz y todas esas cosas tantas veces repetidas. Artimañas para sobrellevar la realidad. Como los abrazos.
La Cartografía interior de servidor. Leída por sus lectores ad líbitum. Mezclado y trasteado por Miguel Panki Rodríguez. En la segunda toma aparecen voces que se nos quedaron pendientes en la primera.
Que no doy abasto lo prueba que yo mismo me acabo de sorprender al ir a colgar mi última colaboración con Jon y darme cuenta de que el anterior entrada también era sobre Rumiando sables. En fin, así están las cosas.
Navaja de magnesio
Sospechabas del magnesio mientras
recorrías tu ciudad en los meses fríos, por fin un invierno coherente. Cada
esquina, una contracción en el estómago: qué te depararía el giro. El magnesio
hacía su papel, su filo lacerante en el gris de la tarde, tus obligaciones
cumplidas, el cruce con algunos ojos extraviados, otra esquina, otro temblor.
He empezado a colaborar con Jon y su Alicante live music. Cada martes alterno. Aquí va la primera:
Quizás no ingerirlos sería mejor. Al fin y al cabo no están forjados para ser ingeridos. Sólo deglutir aquello que no sea potencialmente lesivo; nada de asuntos puntiagudos, cortantes, abrasivos. Casi ceñirse a una dieta blanda y frugal, a una ingesta suave, a digestiones placenteras. Dejar pasar los alimentos hirientes como el agua que cae por la rambla, de manera natural, cuando llueve, abriéndose paso. No tener que hacer consideraciones de primer y segundo orden, no verte obligado a la inseguridad de la reflexión, al inquietante proceso de maduración. El resto está aquí.
Mercy, mercy, won’t you see what I’ve become I see the new day a-coming and I turn around and run You say the old day is over and the new one’s just become But won’t we all go to heaven with the setting of the sun Oh oh all of my nighttimes and all of my days I’ve been looking for something I’ve been looking through a haze And I could have done so many things that should have been left undone But won’t we all go to heaven with the setting of the sun Clap hands Clap hands Well I was born into this world so happy and so free But your kind of loving got a hold over me Your love is following me, following me like a killer with a gun But won’t we all go to heaven with the setting of the sun? Cain slew Abel didn’t he kill him for a price And nothing ever comes for free and least of all advice I’ve been looking for a reason why I came undone But won’t we all go to heaven with the setting of the sun? Well didn’t they say that love was free? Didn’t they say that love was free? Didn’t they say that love was free?
De lo de Arthur ni hablamos, pa qué. Una última cosa: el hueso del deseo, del anhelo. Cómo son los símbolos, la hostia.
Tanto la goethita como la lepidocrocita son oxihidróxidos de hierro (III), esto es, FeO(OH). La primera debe su nombre a quien aparenta debérselo; la segunda tiene un nombre con dos raíces griegas: escama y fibra, por ese orden.
De aquí hacia abajo, la primera mitad, las del romántico alemán. El resto, las otras.
Leo y releo la crítica de Jordi Costa que estoy por escribir en alguna pared de casa o, por seguir su ideario, en el reverso de la bajera de la cama. Con dos párrafos bien diferenciados y un estilo punzante, Jordi hace un ejercicio superlativo. Fui a verla hace unos días y atónito me quedé.
Toda cultura popular surgida
entre las cenizas de una derrota bélica reclama a gritos una urgente sesión de
psicoanálisis. En el Japón de 1956, la aparición del manga Tetsujin 28-go de
Mitsutero Yokoyama poseía todos los rasgos de una fantasía compensatoria: punto
de partida del fértil subgénero de los mecha –historias protagonizadas por
robots gigantes-, Tetsujin 28-go confiaba al hijo de un científico el control
(remoto) de un ingenio creado originalmente con fines bélicos. El armamento por
estrenar tras la rendición se reciclaba como prótesis para mejorar la
auto-estima de una nación derrotada (encarnada en la figura de un niño de diez
años con dotes detectivescas). Tendrían que pasar casi dos décadas para que un
autor tan transgresor como escasamente sutil, Gô Nagai, acabara dándole al
subgénero su identidad definitiva, disociando ese elemento psicoanalítico de su
referente directo para vincularlo a algo que no conoce fecha de caducidad: lo
libidinal. Su Mazinger Z seguía siendo una prótesis para su propietario Koji
Kabuto, pero destinada no a aliviar sus carencias espirituales, sino a reforzar
algo tan tangible como la virilidad adolescente.
Con su universo de brutos
mecánicos, villanos de dos sexos, cabezas voladoras y pechos misil, Mazinger Z,
personaje manga sublimado como icono del anime televisivo, está forjado con la
materia volcánica del sueño húmedo púber. Por fortuna, Mazinger Z Infinity, la
aplicada película que le ha dedicado Junji Shimizu en ocasión del cuadragésimo
quinto aniversario del personaje, no ha caído en la tentación de adaptar este
imaginario a la preservativa moderación de los tiempos. Todos los ingredientes
tradicionales están aquí, puestos al servicio de una historia que juega a la
hipérbole, reivindica que los hallazgos de Nagai precedieron a los Transformers
e introduce nuevos focos de tensión sentimental, sin esconder que, en el fondo,
todo esto va de sexo sublimado.
Bastante más poética es la mirada de Jesús. Y respecto al pieza de artillería, esto y esto no tienen desperdicio.