That she’s named after a 19-line poem structure that has its roots in
16th-century Italian dance is curious. But the villanelle, five tercets
capped by a quatrain, has often been a vehicle to express obsession and
intensity, as it was for poets like Dylan Thomas and Sylvia Plath. And
as the show proceeds, Eve and Villanelle become progressively obsessed
with one another, lured into ever more dangerous territory by the
knowledge that they’re hot on each other’s trails. So hot, in fact, that
before they even officially meet one has stolen the other’s scarf.
La reseña completa está aquí. Y la Villanelle, aquí.
Mira que me parecen suavones, ñoños, almibarados, simplones,
quinceañeros trasnochados.
Y mira que me gustan.
Prefiero morir de sed
que estar así toda la vida,
prefiero no volverte a ver
pues fue por verte que mordí.
Caí fulminado en tus brazos,
te quedaste mi tesoro
y ahora simplemente ya
no sé vivir, no sé sin ti.
Prefiero morir de sed
que estar así todo el santo día,
prefiero no volverte a ver
pues fue por verte que mordí.
Caí fulminado en tus brazos,
te llevaste mi tesoro
y ahora simplemente ya
no sé vivir, no sé sin ti.
Aaahhh, puede que hoy sea el día
en que tú pudieses volver
y será una fiesta, vida mía.
Prefiero morir de sed
que estar así toda la vida,
prefiero no volverte a ver
pues fue por verte que mordí.
Caí fulminado en tus brazos,
te llevaste mi tesoro
y ahora simplemente ya
no sé vivir, no sé sin ti.
Aaahhh, puede que hoy sea el día
en que tú pudieses volver
y será una fiesta, vida mía.
Prefiero morir de sed,
prefiero no volverte a ver,
prefiero permanecer
aquí inmutable siempre, todo el día.
Por eso me voy,
prefiero no volverte a ver
que ser quien nunca quise ser.
Di lo que te ocurre,
vamos, di lo que te aburre,
es magnesia quién te ha dicho
que nos van a separar.
Tú no te preocupes,
yo seré quien te acurruque,
quien te compre las estrellas,
quien te bese bajo el mar.
Y si alguien te dijera
que lo nuestro se ha acabado,
que no queda ni el resquicio
del precioso amor robado,
que magnesia lo ha escondido,
que magnesia lo ha guardado,
en un mundo de recuerdos,
en un mundo de pasado.
Y no quiero que tú pienses
que lo nuestro es diferente,
lo que quiero es dejarte
un abrazo para siempre,
un suspiro, una mirada,
un saludo, una palabra,
un adiós, una sonrisa,
un final, hasta la vista.
Y no quiero que tú pienses
que lo nuestro es diferente,
lo que quiero es dejarte
un abrazo para siempre,
un suspiro, una mirada,
un saludo, una palabra ...
De género de espionaje, de asesinos en serie, de cine negro, de humor negro, de MI5. Y de género, genéricamente hablando. Con lo que me suele cargar el discurso feminista, el empoderamiento y la patulea cansina, barata, mediocre, manida. Pero no es este el caso. Brillante todo. La serie supura Phoebe.
Adoro al oso danés. Cómo será mirar con esos ojos, mover ese cuerpo, tener esa tristeza, esa fuerza, esa risa franca, todo milenario como un ancestro sobre otro que fueran visibles:"I'm half-Russian, half-Polish and all Jewish". Parece ser que no era buen estudiante. Qué contrariedad.
Es brillante Bárbara. Me gusta su
forma de escribir, donde no se escatima el coloquialismo puritanamente incorrecto
y donde se nada todo el rato en un agua culta, formada. Hay esperanza para la
raza blanca.
Mentía Jean Paul Sartre
cuando decía que lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra. Porque es
exactamente al contrario: no existe generador de pereza más grande que la
bondad, por previsible. Al menos, en ese suspenso de la realidad tan
conveniente que nos proporciona la ficción, lo otro ya es otra historia más
laberíntica. Pero de este lado el hecho es incontestable: los hijos de puta no
solo nos divierten, nos caen bien. No hace falta una disección muy profunda
para constatarlo, basta con un repaso a quiénes acaban concitando nuestras
simpatías en el panorama audiovisual: criminales, usureros, mendaces, viciosos,
crispados, corruptos, machistas y una miríada de atributos que a buen seguro no
mencionaríamos si cualquier perito del diván nos solicitara una relación de
cualidades exigibles a nuestro arquetipo ideal. No pidamos las sales, que en
esta idolatría por el capullo compartimos asiento todos, aunque cumplamos con
Hacienda o exudemos bondad deteniéndonos con cada profesional solidario que nos
reclama atención o firma en la puerta de un gran almacén.
La literatura lleva siglos
regalándonos este retorcimiento de nuestros esquemas morales, conminándonos no
solo a empatizar sino a simpatizar —el matiz
es importante— con el malvado, con quien
tiene conductas que exceden los límites socialmente establecidos. Ya decía André Gide
que con buenos sentimientos no se hace buena literatura, y en el personal ranking
de afectos de cada cual a buen seguro figurarán unos cuantos personajes
frívolos, absurdos, faltos de escrúpulos o directamente malvados. Rellenen
ustedes los espacios a placer, porque la malevolencia desborda las estanterías:
desde el Juan Pablo Castel de Sábato, al Anton Chigurh de
McCarthy,
el Long John Silver de Stevenson, pasando por las sibilinas féminas
shakesperianas.
En los últimos diez años, la
televisión ha experimentado ese fenómeno de maduración que consiste en
pulverizar el ajado esquema del maniqueísmo del héroe y el villano para
sentarnos ante un panorama mucho más repleto de sombras en el que,
curiosamente, acabamos irremediablemente escogiendo umbría. Ahí están Tony
Soprano, Walter White, Vic Mackey o Dexter Morgan. Con algunos hemos tomado su
mano en el proceso de corrupción moral, a otros empezamos a venerarles con el
alma ya emponzoñada; pero con todos disfrutamos como gorrinos en la charca de
su maldad. Sin ser nosotros nada de eso, claro.
Por si nuestras ansias de
entretenimiento nos empujan hacia el temido menester de reflexionar, la
psicología lleva tiempo indagando en esta tendencia que compartimos todos los
ciudadanos de bien. ¿Por qué esta predilección por el hijo de puta? ¿Por qué
tenemos la certeza de que compartiríamos whisky con Al Swearengen y no
con Seth Bullock, al que a pesar de su proverbial físico e impecable sentido
del honor le acabaría tocando la factura de las fantas? Acierta quien se
malicie que no hay veredicto unívoco. La buena noticia es que la bandada de
respuestas es tan amplia que resulta imposible no dar con aquella que nos
conforte y haga sentir que, efectivamente, seguimos siendo buena gente a pesar
de todo. Porque al final solo hablamos de ficción, ¿verdad?
Como escribíaJohn Sumser
en su análisis del género, el policíaco contemporáneo supone la
actualización de la narrativa de la frontera, una suerte de evolución
del sustrato ideológico del western: quién aplica el monopolio
legítimo de la fuerza, cómo se defiende una comunidad política de las
amenazas contra su orden o, ay, cómo lidiar cuando el vigilante corrompe
su mandato. Todas esas cuestiones asoman, sin necesidad de subrayado
gafapasta, en The Shield,
hidratadas con derivadas de alcance social y político: los problemas
del multiculturalismo y la integración, las tensiones entre ley natural y
autoridad legítima, las redefiniciones posmodernas del heroísmo y la
culpa… Y lo hace sin la autoconsciencia sociológica de obras más
«serias» como The Wire o Mad Men. No. The Shield
es, primero, un relato entretenidísimo, que genera una dependencia
yonqui. Se afana en coger por sorpresa al espectador en todas sus
curvas, en segregarle testosterona y persecuciones en cada capítulo, en
machacarle con una extenuante partida de esgrima verbal y frontón
psicológico donde un serial-killer
pone en evidencia la triste vida de perdedor del poli (¡ay, DutchBoy!) o
en levantarle del sillón con una réplica de tipo duro, un vacile de
doscientos voltios en territorio Byz Lats o un macabro escenario del crimen [...]
Un pequeño extracto del extenso y maravilloso análisis que Alberto deja caer en mi admirada Jot down. Si no quieren adelantos ni calentarse la cabeza, ni se molesten
The Americans, la serie de FX que esta primavera ha terminado su sexta y última temporada, se tenía que
ambientar en Washington DC, por algo se la considera oficiosamente como el
pedazo de tierra con mayor número de espías por metro cuadrado. Con menos de
700.000 habitantes y un centro de ciudad que, pese a lo monumental, resulta
anodino, existe en ella una concentración de poder tan apabullante que la
condena a la conspiración permanente. El Gobierno federal de la primera
potencia mundial (con los cuarteles generales del Pentágono, el FBI y la CIA);
la Reserva Federal (el banco central más poderoso), organismos económicos como
el Fondo Monetario Internacional o la mayor red de lobistas conocida conviven
con las embajadas de prácticamente cada país del mundo.
Y
la frontera en la que un diplomático pierde su casto nombre (sic) para
convertirse en un agente de inteligencia es conocidamente difusa. Eso no ha
cambiado en el siglo XXI. En marzo, el Gobierno dio siete días a 60
funcionarios rusos y sus familias para abandonar el país acusados de espionaje
como represalia por el caso del exagente ruso envenenando en Reino Unido. La
mayoría, 48, eran empleados de la embajada rusa, ubicada en el número 2.650 de
la avenida Wisconsin, que en The Americans se conoce como
la Rezidentura porque actúa como hub para la red de ilegales esparcidos
por el país.
Se
tiene constancia de que los espías durmientes, como son Philip y Elizabeth
(interpretados por Matthew Rhys y Keri Russell, respectivamente), llegaron en
varias oleadas desde los años cincuenta a los ochenta. El creador de la serie,
el exagente de la CIA Joe Weisberg, se inspiró en un caso reciente, la
detención en 2010 de un matrimonio de Cambridge (Massachusetts) que se hacían
pasar por unos canadienses llamados Donald Heathfield y Tracey Foley pero que,
en realidad, eran dos espías rusos —Andrey Bezrukov y Elena Vavilova— que
habían robado la identidad de dos bebés muertos en Montreal en los años
sesenta. Los agentes habían tenido dos hijos en Toronto y emigrado a Boston al
cabo de unos años. Cuando el FBI se presentó un día en la casa, los chicos no
entendían nada. Canadá les quitó la nacionalidad y los jóvenes ahora viven en
una Rusia de la que no sabían que provenían.
[...]
De momento, no hay anunciada más secuela que la que los
actores protagonizan en la vida real. Al igual que en la ficción los agentes
rusos se enamoran, los intérpretes que les dan vida, Matthew Rhys y Keri
Russell, se han convertido en pareja y han tenido un hijo juntos. La conexión
realidad-ficción de The
Americansse antoja inagotable.
Juan José no siempre está igual
de brillante; tampoco, ocurre en ocasiones, siempre mantiene el tono agudo al
mismo nivel en sus escritos. Permítanme, por motivos más que expuestos en este
cuaderno, que aún así lo ame, literariamente hablando. Este de abajo es un
ejemplo de lo anteriormente expuesto.
El veneno de las
serpientes de verano
Aún no me han llamado, pero no
tardarán. Por estas fechas, un martes o un miércoles cualquiera, suena el móvil
y alguien me pregunta por qué escribo. Suele ser un estudiante en prácticas al
que el redactor jefe de su periódico le ha dicho que telefonee a cuatro o cinco
autores, les pregunte por qué escriben y organice luego con ese material un
texto entretenido para el cuaderno de verano.
Siempre llaman a escritores
(perdón, y a escritoras: el puto genérico no las abarca), jamás a
representantes de otras profesiones, por inverosímiles que parezcan. Significa
que el hecho de escribir se percibe como raro. Y lo es. Si el tiempo y las
energías que dedica uno a componer una novela las dedicara al adulterio, al aprendizaje
de idiomas o a la acumulación de másteres como los de Cifuentes y Casado,
obtendría en cualquiera de estos territorios beneficios infinitamente
superiores a los que se perciben tras la publicación de un libro.
Lo que yo vengo preguntándome
desde hace años es por qué a ningún redactor jefe se le ha ocurrido hacer el
mismo reportaje, pero con ginecólogos.
—¿Usted por qué es ginecólogo?
Me vuelve loco la idea de
averiguar por qué un joven de una familia corriente decide dedicarse a esta
disciplina. Hablo de un chico que no haya dado problemas en casa, que haya
sacado adelante sus estudios sin recurrir a profesores particulares, y que
tampoco haya mostrado desviaciones psicológicas preocupantes. Un muchacho
estándar, en fin, de clase media u obrera, con un índice de inteligencia ni muy
alto ni muy bajo. Un adolescente del montón que, acabada la secundaria, se
matricula en Medicina y desde allí da el salto mortal a la Ginecología.
¿Por qué?, me pregunto, ¿Qué le
ha pasado por la cabeza a este muchacho? ¿Hay un momento fundacional en el que
un hombre recibe esa llamada? ¿A qué edad suele darse? ¿Se trata de una
revelación o de un proceso lento a cuyo final se accede por descarte de otras
especialidades? Entre los escritores (y escritoras: de nuevo el puto e
insuficiente genérico) no es raro hallar sujetos que ya a los siete años
escribían cuentos. ¿Pero se sabe de algún varón que a esa edad indagara entre
las piernas de las muñecas en busca de las enfermedades del sistema reproductor
femenino?
Laura, Martín y su
tregua forman uno de los trípticos a los que mayor devoción profeso,
literariamente hablando. Me pregunto de dónde sale tanta tristeza en Mario, un
hombre que se aferró a la vida y a la alegría pese a.
Happy birthday
¿Cómo será el mundo cuando no pueda yo mirarlo
ni escucharlo ni tocarlo ni
olerlo ni gustarlo?
¿cómo serán los demás sin este servidor?
¿o existirán tal como yo existo
sin los demás que se me
fueron?
sin embargo
¿por qué algunos de éstos son una foto en sepia
y otros una nube en los ojos
y otros la mano de mi brazo?
¿cómo seremos todos sin nosotros?
¿qué color qué ruidos qué piel suave qué sabor qué
aroma
tendrá el ben(mal)dito mundo?
¿qué sentido tendrá llegar a ser protagonista del
silencio?
¿vanguardia del olvido?
¿qué será del amor y el sol de las once
y el crepúsculo triste sin
causa valedera?
¿o acaso estas preguntas son las mismas
cada vez que alguien llega a
los sesenta?
ya sabemos cómo es sin las respuestas
mas ¿cómo será el mundo sin preguntas?
Laura Avellaneda
Última noción de laura
Usted martín santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aún en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza.
usted martín santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
porque me estoy muriendo santomé
usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera
en esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres
usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme
usted martín santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando
la incógnita del miedo
no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así.
usted martín santomé no sabe
qué bien, que lindo dice
avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor
usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo
usted Martín Santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo
es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted
quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo
santomé
no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada
usted
martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma me estoy cayendo
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da.
Leyendo determinada prensa extranjera se percata uno de cuál es
el nivel patrio. La extensión y detalle del artículo abruma. Todo para contar
la mala música que se suele escuchar cuando vamos a comer por ahí. Por ahí:
léase la colección de restaurantes que aparecen referenciados para hacernos una
idea del nivel que se gasta el articulista.
Vino de mano amiga y colaboradora. Me hizo viajar un rato por NY.
No dejen de visitar las páginas de Kajitsu y Kokage. Damned money.
Last fall
a friend told me a story about Ryuichi Sakamoto, the renowned musician and
composer who lives in the West Village. Mr. Sakamoto, it seems, so likes a
particular Japanese restaurant in Murray Hill, and visits it so often, that he
finally had to be straight with the chef: He could not bear the music it played
for its patrons.
The issue
was not so much that the music was loud, but that it was thoughtless. Mr.
Sakamoto suggested that he could take over the job of choosing it, without pay,
if only so he could feel more comfortable eating there. The chef agreed, and soMr. Sakamoto started
making playlists for the restaurant, none of which include any of his own
music. Few people knew about this, because Mr. Sakamoto has no particulardesire to publicize it.
It took
me a few weeks to appreciate how radical the story was, if indeed it was true. I
consider thoughtless music in restaurants a problem that has gotten worse over
the years, even since the advent of the music-streaming services, which — you’d
think — should have made it better.
If I’m
going to spend decent money on a meal, I don’t want the reservation-taker, the
dishwasher or someone from the back office to be cooking it; I want someone who
is very good at cooking food to do it. The same should apply to the music,
which after all will be playing before, during and after the eating.
I
would prefer that music not seem an afterthought, or the result of
algorithmic computation. I want it chosen by a person who knows music up and
down and sideways: its context, its dynamism and its historical and aural
clichés. Such a person can at least accomplish the minimum, which is to signal
to the customer that attention is being paid, in a generous, original, specific
and small-ego way.
In
February, I went to Mr. Sakamoto’s favorite restaurant, on 39th Street near
Lexington Avenue, with my younger son. It is a split-level operation: On the
second floor is Kajitsu,
which follows the Zen, vegan principles of Shojin cuisine, and on the ground
floor is Kokage,
a more casual operation that incorporates meat and fish into the same idea. (A
Japanese tea shop, Ippodo,
occupies a counter toward the front of the street-level space.)
Vivimos de espaldas a los vecinos. A los de arriba,
a los de al lado, a los de abajo. Nuestros vecinos son quienes pagan los
canales de distribución, la publicidad, los medios. Vivimos de espaldas.