Esta mañana me acompaña Bobby, un pianista al que, desde que lo descubrí, le profeso veneración. No hacía mucho ruido, de modo que no trascendió su fama más allá de los iniciados. Su finura, su ausencia de aspavientos y su, cómo decirlo, lugar desde el que toca, me parecen superlativos. Quizás, pienso, el que fuera alcohólico y todo lo demás ayude. Murió a la tierna edad de 38 de cirrosis, dice el parte médico. Que no fue de eso, parece evidente.
cirro1.
(De escirro).
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