pouring myself all over this page

Admiro y envidio tanto su aparente facilidad, su falta de presuntuosidad, su ligereza y sensibilidad:

A half full moon in Mexico City I think of you
When I saw the Southern Cross I wished you had too

I wish my heart was as cold as the morning dew
But it's as warm as saxophones
And honey in the sun for you

I've been spending half the year
In a plane going up and down
You've been seeing other people from a nearby town
Been obsessing and getting depressed about us
Excess baggage and other stupid band stuff

I wish my heart was cold
But it's warmer than before
I wish my heart was as cold as the morning dew
But it's as warm as saxophones 
And honey in the sun for you

When you said the veins in my left hand
Were shaped like a tree
Was that the very last time you really looked at me?
I'm in training to become as cold as ice
I'm determined to protect my feelings disguise
When I said I didn't love you I told you a lie
There no one above you although I try
Would you laugh at the time I spent calling your name
Over and over and over and over again?

The trouble is I got me close to hating me
When I wake up in the morning its your face I see
Where you once made me feel less afraid
You've got me pouring myself all over this page




boring infantilismo

Si Freud las viera se tocaría. Las relaciones materno y paterno filiales como guía. De la envidia de pene hablamos otro día.
Revisé The Force awakens tras la del otro día. Y efectivamente, a años luz, ya que estamos con la terminología. Qué lástima malgastar el talento y los medios de esa manera. Aún así deja alguna escena memorable y algún personaje inolvidable. Y una sensación de película destinada a críos de principio de instituto.




I´m one with the Force

Cuando menos lo esperábamos surgió el milagro. Por seguir el juego propuesto en la película, las rebeliones se basan en la esperanza. Di crédito a dos voces amigas en las que confío y aquí estoy, con el buen sabor de Rogue one en el paladar.
Supongo que es así, o casi así, con todo. Habrá que seguir, porque cuando menos lo esperemos, a base de esfuerzo y esperanza, surgirá el milagro. Y si no, siempre queda ese intangible llamado dignidad.
Muy bien hecha, sí señor.

coser la sombra

El Peter Pan de Siruela se cruzó conmigo Senegal y Gambia. Lo sostuve en mis manos en el café de una de las postas donde Saint Exupery paraba en aquellos vuelos suyos. Quedé absolutamente impactado por la capacidad premonitoria de James M. Barrie, un auténtico francotirador de larga distancia. La obra -porque nace como una obra de teatro- se estrenó en Londres en 1904 y Barrie había nacido en 1860 en Escocia. Su biografía, a la altura que corresponde.  
El otro día lo volví a coger y lo abrí al azar. Y me encontré con esto que sigue, una muestra del virtuosismo de James. También se puede leer aquí.




las dietas equilibradas

Que la modernidad se llevó por delante el jazz que a mí me interesa es algo que ya he expuesto en este cuaderno en varias ocasiones. Y si no, pasen y vean.
Hay que pasar hambre y frío, tener a tus ancestros cercanos en los algodonales y con abusos sexuales en la infancia, o tenerlos tú mismo a ser posible, poner el coño en la boca, la heroína en la vena, la noche en la vida, sacramentar los tugurios, beber mas alcohol que agua, fumar hasta alquitranar el corazón. Eso, para empezar. Así que Gregory, al que llevo toda la tarde escuchando, como tantos otros, no llega. Está bien alimentado desde edades tempranas, hizo mucho deporte y se le ve limpio de cabeza: mezcla letal para el jazz. Me gusta que se esfuerza y no es vanidoso ni soberbio. Es de agradecer. De lo de Nina, ni mu. Para qué. Sólo que con el I got life de abajo, viéndola en directo, he llorado a moco.
Gregory toma clases de actuación. Dice que es importante para subirse al escenario. Sigue Gregory, sigue, que vas bien.





la única salida de emergencia o Leila vista por Juan José

Como ya conté el otro día, acabo de descubrir y quedarme automáticamente hipnotizado por Leila. Hoy traigo otra dosis de ella. Juan José la glosa perfectamente:

La trastienda de una india

Leila Guerriero tiene cara de india, ojos de india, cabellera de india… No india de India ni de ningún otro sitio, sino india del espíritu. Una india metafísica, diríamos, en lucha perpetua contra los americanos. Y tampoco hablamos de los americanos de América, sino del arquetipo que se desprende de las películas del Oeste. Los americanos de la india Guerriero son los adjetivos fáciles, los sustantivos obvios, las frases hechas, la sintaxis previsible, el orden gramatical dominante, el orden a secas. Escribe crónicas, perfiles, artículos, escribe libros como Los suicidas del fin del mundo o Una historia sencilla. Sus crónicas y perfiles están recogidas en volúmenes como Frutos extraños y Plano americano.
De Leila Guerriero, sobre todo si eres escritor, resulta difícil leer más de cuatro páginas seguidas porque a la tercera te levantas roído por la ansiedad, diciéndote es esto, era esto. Y te vas al ordenador intentando emular uno de sus comienzos, de sus finales, lo mismo da, pero enseguida vuelves a la cuarta página de su libro como vuelves al cigarrillo, al vino, al Valium, al jarabe para la tos con codeína. Y mientras pasas las páginas lo ves. Era esto, era esto. Para escribir bien, tienes que ser un indio todo el rato, no puedes bajar la guardia frente a las propuestas convenidas de la Lengua. Hay que luchar también contra el oficio, contra la certidumbre, contra el ritmo traidor, contra la melodía pegadiza de las vocales y la armonía fácil de las consonantes. Si te dejas llevar, al poco devienes en un americano, peor aún: en el americano que vende las armas a los indios. Y tú, en todo caso, eres el indio que las compra. Tú eres el apache Gerónimo, tú eres Toro Sentado, tú eres Wilma Mankiller, eres Nube Roja, Cochise, Caballo Salvaje… Como decía aquel otro indio metafísico de Queimada, la película de Gillo Pontecorvo, “si a los ingleses les conviene que viva, es que debo morir”. Leila, para fastidiar al inglés que lleva dentro (todos llevamos uno), perece en cada oración. Escribe cada una de sus frases con la cautela del suicida que sella las ranuras de las puertas del garaje antes de arrancar el motor del coche y comenzar a respirar anhídrido carbónico. Las crónicas de Leila son puro CO2, te matan porque ella se ha muerto antes, escribiéndolas.
Dice Stephen Greenblatt en el prólogo de El Giro que lo que le llamó la atención de la primera lectura de Rerum Natura, el conocido poema de Lucrecio, era que “algo estaba y se movía dentro de las frases”. Tal es exactamente el secreto de la prosa de Guerriero: que algo está y se mueve dentro de sus frases. Significa que cada oración, con independencia de lo que diga acerca de la peripecia que describe, nos dice también algo de sí misma, algo del drama gramatical que se desarrolla en sus entrañas.
Y bien, venía todo a cuento de que Círculo de Tiza acaba de publicar Zona deobras, un libro en el que Guerriero reúne un conjunto de textos en los que reflexiona sobre el oficio de escribir. He dicho “reflexiona”, pero lo que hace es “contar”. En realidad cuenta y reflexiona a la vez porque sus reflexiones resultan narrativas, y sus narraciones, reflexivas. Gracias a esa amalgama, alcanza el equilibrio necesario entre la acción y el pensamiento. Ahí vemos cómo se enfrentó a un reportaje, cómo preparó un perfil, cómo son las lecturas que la ponen en marcha, qué trabajos propone a los alumnos del taller que imparte en su casa de Buenos Aires… En resumen, muestra su cocina proporcionando al lector un curso acelerado de escritura creativa. De escritura creativa periodística, añadimos, ya que Guerriero no escribe ficción, nunca ha pretendido hacerlo.
¿Para qué se escribe, por qué se escribe, cómo se escribe? Tales son las preguntas a las que va respondiendo a lo largo del libro, lo que es tanto como invitarte a visitar su trastienda. Los textos de este libro se parecen a esos relojes con la carcasa de cristal, de modo que, al tiempo de darte la hora, te muestran el mecanismo que lo hace posible. Igual que los investigadores han logrado, por manipulación genética, fabricar ratones transparentes, Guerriero ha conseguido mostrarnos los engranajes de sus historias. Zona de obras es, en fin, simultáneamente, una poética, un libro de relatos y una sucesión de acercamientos al proceso creativo. Por ello mismo, es también un libro de misterio, una pesquisa detectivesca sobre la necesidad de narrar. En otras palabras: sobre la necesidad de leer.

Juan José Millás

Y esta que sigue es su columna de este miércoles pasado, donde nuestra referenciada no hace sino cumplir punto por punto lo descrito por Millás:

Sin salida

Éramos como dos samuráis ofreciéndonos el cuello el uno al otro, por ver quién cortaba primero. Yo no tenía 20 y él, entonces, 40. Le debía respeto, era mi padre, pero hacía rato que yo no usaba esas convenciones. Era verano, yo estaba en el pueblo en el que nací, y no sé por qué discutimos aquel día. Nunca gritábamos, solo nos mirábamos de un modo en que yo jamás he mirado a nadie y él, supongo, solo a gente a la que ha querido matar. Lo dejé de pie en la cocina, tomé las llaves del auto, me subí y di marcha atrás para sacarlo del garaje chirriando, como en una mala película. Era un Torino, un auto de fabricación nacional, una bestia repleta de motor y caballos de fuerzas. Salí de la ciudad rumbo a la ruta, sin plan. Solo quería hacer algo, mover algo en el mundo. Escuchaba a todo volumen a Los Redonditos de Ricota, una banda que era mi Biblia, cuando se reventó un neumático. Venía un camión de frente. Frené como me había enseñado mi padre —mi padre— con la palanca de cambios, y terminé en la banquina, a metros de un canal. Usaba —uno no olvida esas cosas— un vestido floreado y alpargatas. Bajé. Me obligué a detener el beat de mi corazón. Abrí el baúl, saqué las balizas, la llave cruz, el gato, la rueda de auxilio. Unos nenes que estaban pescando se acercaron a ayudarme. Les dije que no hacía falta. Cambié el neumático, ajusté las tuercas, quité el gato, volví a ajustar las tuercas un poco más. Todavía con el recuerdo del auto removiéndose como un pez demasiado grande fuera de control, subí, lo puse en marcha, volví a la ruta. Y regresé a mi pueblo, despacio. “La ciudad siempre es la misma —decía Kavafis—. Otra no busques / —no la hay—, / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra”. La única salida de emergencia es la que llevamos dentro. Al menos, lo aprendí temprano.

Leila Guerriero

Y por finalizar, por poner el punto en algún lugar porque esta entrada podría ser la entrada sin fin, una suerte de entrada que fuera enlazando un tema con otro y creciera día a día, en una especie de idea totalitaria y casi angustiosa. Por finalizar, decía, Constantino. Casi nada lo suyo. Dejo dos versiones, la de José María Álvarez -la primera- y la de Lázaro Santana obtenida de aquí.

LA CIUDAD

Dices «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí».
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
           -no hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

LA CIUDAD

Dijiste: “Iré a otra tierra, iré a otro mar;
buscaré una ciudad mejor que ésta;
son un fracaso todos mis esfuerzos,
y está mi corazón sin vida,
como un cadáver. ¿Hasta cuándo
entre estas sombras vagará mi espíritu?
Adonde vuelvo los ojos sólo veo
las ruinas de mi vida, tantos años
que aquí pasé, perdí y destruí.”

No hallarás otras tierras ni otros mares.
La ciudad irá contigo a donde vayas.
Errarás por las mismas calles; en los mismos
suburbios y en las mismas
casas, irás envejeciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para
otro sitio -es inútil que aguardes-
no hay barco ni hay camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta angosta
esquina de la tierra, en todo
el mundo la destruiste.

getaway

Desde mis años mozos con el sonsonete de Luis Eduardo: que reponen La huida, la de Sam Peckinpah con Steve McQueen... y por fin la vi. Y me quedé muerto; me encantaría verla en pantalla grande porque realmente debe de ser alucinante. Es tan inverosímil, tan naif, tan kitsch, tan surrealista, tan cool y tan maravillosa; por momentos me llevó a Blue Velvet de Lynch, que también ha aparecido en este cuaderno (aquí y aquí), de tan psicotrópica. Y lo de Mc y Mac, pues eso, sexo puro y duro. No es de extrañar lo de ellos en aquellos días: está filmado.
Secundarios maravillosos, personajes fantásticos, música excelente y Sam manejando el barco. Qué importa que lo que vemos no tenga ni pies ni cabeza: ¿acaso la realidad los tiene?

 




tomate y aceite, raft y carísimo

Me felicitaron el día de libro vía mensajería telefónica. Es atenta y fina quien lo hizo y me regaló su último descubrimiento, el que aquí sigue. Tela.

RAFT
No quiero llamar aún a este milagro de hoy
vago recuerdo; ni a este resistir, capacidad.
Quiero insistir en este día de enero
bajo este sol despistado que cierra
la jurisprudencia de lo humano.
Agradecer como agradece esa rama
que crece desde el cemento
creando una grieta de vida
donde sólo se esperaba grieta.
La ágil bendición de estar aquí sentado
tomando un café y leyendo a Alice Oswald
después de comprar unos tomates recién cortados.
Y desde aquí aceptar todo lo que venga.
Celebrar el justo descalabro de todas las cortezas.
O recibir el riesgo tranquilo
de volver acompañado a casa,
y compartir estos tomates
con un poco de aceite,
y amanecer así con alguien
que no se arrepienta de nada,
que por la mañana sólo se acuerde
de los tomates gloriosos del día anterior,
del aceite carísimo que uso.
Alejandro Simón Partal

paralelepípedos de base rectangular

Mira tú por dónde hoy, entre tarea y tarea doméstica, la lámina de Andrés Rábago que viajó desde La Laguna hasta Villavieja acabó cruzando de un lado del paralelepípedo ligeramente irregular que es mi dormitorio al opuesto. Y mira tú que hoy me volví a cruzar con su heterónimo y pensé: lo ha vuelto a hacer. Efectivamente, gracias, lo ha vuelto a hacer.


Javier sin estatua

Mira que yo se la hubiera puesto. La estatua, la rotonda, el monumento, lo que fuera, pero en un bar. Eso sería, un tipo de hierro oxidado con un pitillo alicaído acodado en la barra de un bar que lo merezca.
La versión de Rosendo, suprema, él y los arreglos.
O Borges o bailable. 
Genialidad.
Si te vale, Javier, culto sí tienes, sí. Feligresía, diría yo.

Gracias a mi conducta vagamente antisocial 
temo no verme nunca encaramado a un pedestal: 
no alegrará mi efigie el censo de monumentos, 
no vendrán las palomas a rociarme de excrementos. 

Y es una pena, la verdad, 
porque sería muy bonito 
seguir de adorno en mi ciudad 
sobre un bloque de granito. 

Pues qué penita y qué dolor, 
no tendré estatua, no señor. 

Gracias a mi postura más bien anticlerical 
no será un siglo de éstos cuando entre al santoral: 
no acudirán beatas a pedirme un milagrillo, 
no vendrán los ladrones a vaciarme mi cepillo. 

Y es una pena, la verdad, 
porque tenía cierta gana 
de echarle un ojo a la deidad 
mientras me doran la peana. 

Pues qué penita y qué dolor 
no tendré culto no señor. 

Gracias a que mi musa se las da de cerebral 
son pobres mis compases para expresión corporal: 
no danzarán mis prosas las reinas de discoteca, 
no vendrán los carrozas a hacer su gimnasia sueca. 

Y es una pena, la verdad, 
porque sería algo inefable 
cambiar la torpe realidad 
y ser o Borges o bailable. 

Pues qué penita y qué dolor 
no tendré el Nobel, no señor. 

Gracias a mi tozuda decisión existencial 
no cabe entre mis planes dar ningún salto mortal: 
no gozará las honras funerales mi alma en pena, 
no vendrán los gusanos a tirar de la cadena. 

Y es una pena, la verdad, 
porque sería algo divino 
ver cómo todo es vanidad, 
y yo en decúbito supino. 

Pues qué penita y qué dolor 
no tendré esquela, no señor. 



cuando la lluvia es sanguinaria

SANGRIENTO DÍA DE LLUVIA

Ah, sangriento día de lluvia
qué haces en el alma de los desamparados,
sangriento día de voluntad apenas entrevista:
detrás de la cortina de juncos, en el barrizal,
con los dedos de los pies agarrotados en el dolor
como un animal pequeño y tembloroso:
pero tú no eres pequeño y tus temblores son de placer,
día revestido con las potencias de la voluntad,
aterido y fijo en un barrizal que acaso no sea
de este mundo, descalzo en medio del sueño que se mueve
desde nuestros corazones hasta nuestras necesidades,
desde la ira hasta el deseo: cortina de juncos
que se abre y nos ensucia y nos abraza.

Roberto Bolaño

fantasmagoría en barco

IV

Podrían ser azules las baldosas del lavabo,
algo corinto la alfombra, chimenea roja
y libros encuadernados, una foto
enorme de la Rambla
pero primero
habríamos hecho la revolución, del pueblo
las risas que partimos entre tú y yo

y en el verano
veríamos hundirse en Port Lligat aquel balandro
fantasma
de un viejo terrateniente exiliado.


Manuel Vázquez Montalbán

una frialdad vegetal

ERNESTO CARDENAL Y YO

Iba caminando, sudado y con el pelo pegado
en la cara
cuando vi a Ernesto Cardenal que venía
en dirección contraria
y a modo de saludo le dije:
Padre, en el Reino de los Cielos
que es el comunismo,
¿tienen un sitio los homosexuales?
Sí, dijo él.
¿Y los masturbadores impenitentes?
¿Los esclavos del sexo?
¿Los bromistas del sexo?
¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos
de los enemas,
los que ya no pueden más, los que de verdad
ya no pueden más?
Y Cardenal dijo sí.
Y yo levanté la vista
y las nubes parecían
sonrisas de gatos levemente rosadas
y los árboles que pespunteaban la colina
(la colina que hemos de subir)
agitaban las ramas.
Los árboles salvajes, como diciendo
algún día, más temprano que tarde, has de venir
a mis brazos gomosos, a mis brazos sarmentosos,
a mis brazos fríos. Una frialdad vegetal
que te erizará los pelos.

Roberto Bolaño