Hace unos meses quedé impactado con este película, con toda ella. Pero toda montaña tiene una cima, y en este caso es Robert la cima. Inigualable, insólito lo suyo. Como dice Josh en uno de los vídeos de abajo, it's the kind of movie that just can't get made anymore. Lo mismo viene a decir Kent en su magnífica disección: Young film fans raised in the multiplex era may look back and lament the fact that no one is making movies like The Friends of Eddie Coyle anymore. The truth is that they never did. There's only this one.
as well live
Résumé
Razors pain you;
Rivers are damp;
Acids stain you;
And drugs cause cramp.
Guns aren’t lawful;
Nooses give;
Gas smells awful;
You might as well live.
Dorothy Parker
Si lo quieren traducido, Bárbara
lo cita en su
buen artículo. No cita -mal hecho- al traductor: Luis A. de Villena.
Llueve desde anoche.
buggers
Es imposible olvidarte de Gene Hackman en La conversación, aquel retrato tortuoso de aquel solitario patético que se gana la vida espiando al prójimo, vendiendo sus secretos más íntimos hasta que desencadena el horror y él se desmorona por dentro y por fuera, paranoico con causa, tocando el saxo mientras que su cerebro enloquece, dice Carlos cuando premiaron a Francis en Asturias.
La vimos en el Doré y salí volando.
Es curioso las dos acepciones principales de la palabra bug.
la aliteración en la deprecación de José Manuel
para músicos solo
de repente, Sandra
Lo de aquel día y las coincidencias
fue insustentable por la estadística. Acabar con Sandra al otro lado del
auricular, en fin...
Este de abajo fue el suyo que leí.
Este de abajo fue el suyo que leí.
Rupturas disimuladas
tras una carita sonriente
Siempre
detecto un gesto
de incredulidad
cuando hablo acerca de los frágiles mecanismos
ocultos tras una apariencia infantil.
Como no crees en ellos, lo dejaste
caer y me miraste victorioso
al ver su superficie intacta a pesar del impacto.
Imagina lo que sentí al recogerlo
y escuchar esa pieza suelta en su interior.
de incredulidad
cuando hablo acerca de los frágiles mecanismos
ocultos tras una apariencia infantil.
Como no crees en ellos, lo dejaste
caer y me miraste victorioso
al ver su superficie intacta a pesar del impacto.
Imagina lo que sentí al recogerlo
y escuchar esa pieza suelta en su interior.
Sandra Santana
Abe Weissman
Mucho talento, mucho judío y mucho, pero que mucho Broadway. Los padres son mis preferidos en esta joya de dos temporadas. Y de los cuatro, el papá de Mrs. Maisel, Abe. Helo por aquí abajo:
y no había ningún recinto o santuario del que nos mantuviéramos ausentes
Dones de la memoria
De verdad yo quisiera verme muerta.
Ella me abandonaba entre sollozos
y ante mí repetía sin cesar
–¡Ay de mí, qué cruelmente sufrimos! Mas no dudes
que te abandono, Safo, sin quererlo.
Y yo le respondía de este modo:
— Márchate alegre y tenme en tu memoria
porque bien sabes cómo te mimábamos.
Mas si no, yo quisiera
traerte los recuerdos
de aquellas experiencias hermosas que vivimos
pues con muchas coronas de violetas
y de rosas y flores de azafrán
te ceñiste, a mi lado,
y abundantes guirnaldas enlazadas
alrededor del cuello delicado
pusiste, hechas de flores,
y con esencia
floral
te ungiste, y con bálsamo de reyes,
y sobre blandos lechos
delicada
saciabas el deseo,
y no había ningún
recinto o santuario
del que nos mantuviéramos ausentes.
Safo
Versión de Aurora Luque.
ditirambo onírico
ETERNO FEMENINO
Me psicoanalizaban unas chicas
guapísimas, muy altas y muy fuertes,
con pinta de valquirias o amazonas.
Iban todas con gafas y con blusas
muy blancas, gentilmente descotadas,
y faldas negras, mínimas, de cuero,
y pelo recogido, y gruesos labios
que decían «comedme» a cada instante.
Cuadernos y bolígrafos en ristre,
parecían atentas a la historia
banal que yo, implacable, les contaba,
emocionado ante su complacencia.
Les hablé de mi vida desde el punto
de vista que juzgué más favorable
para mí, como suelen hacer todos
los que hablan de su vida, subrayando
las acciones heroicas y omitiendo
los vicios, las traiciones y los crímenes.
Concluido el ditirambo, comenzaban
a desnudarse cuando, de repente,
se me ocurrió que tanta maravilla
no era real, que en algo tan entupido
y cruel como que alguien tome nota
de tus jactancias y tus abyecciones
no podían tomar parte unas damas
tan guapas como aquéllas. De manera
que opté por escapar. Cerré los ojos,
me encomendé a mí madre y a mí novia
y, dejando el diván, salté al vacío.
guapísimas, muy altas y muy fuertes,
con pinta de valquirias o amazonas.
Iban todas con gafas y con blusas
muy blancas, gentilmente descotadas,
y faldas negras, mínimas, de cuero,
y pelo recogido, y gruesos labios
que decían «comedme» a cada instante.
Cuadernos y bolígrafos en ristre,
parecían atentas a la historia
banal que yo, implacable, les contaba,
emocionado ante su complacencia.
Les hablé de mi vida desde el punto
de vista que juzgué más favorable
para mí, como suelen hacer todos
los que hablan de su vida, subrayando
las acciones heroicas y omitiendo
los vicios, las traiciones y los crímenes.
Concluido el ditirambo, comenzaban
a desnudarse cuando, de repente,
se me ocurrió que tanta maravilla
no era real, que en algo tan entupido
y cruel como que alguien tome nota
de tus jactancias y tus abyecciones
no podían tomar parte unas damas
tan guapas como aquéllas. De manera
que opté por escapar. Cerré los ojos,
me encomendé a mí madre y a mí novia
y, dejando el diván, salté al vacío.
Luis Alberto de Cuenca.
¿y yo?
Hay gente que sabe las veces que
le han roto el corazón, gente que lleva ese balance, con su Debe y su Haber.
Tengo cuadernos de contabilidad antiguos porque hubo una época en la que los
coleccionaba. Me gustaban para escribir poemas, para expresar lo que yo le
debía a la vida y lo que la vida me debía a mí. A mí la vida no me debía nada,
pero yo creía que sí. Yo estaba convencido de que sí, y hay días en los que
todavía me levanto con esa sensación, con la de que la vida me debe algo. Sé
que es un delirio, pero no puedo quitármelo de la cabeza y espero y espero una
llamada de teléfono o una revelación, un descubrimiento, en fin, que salde esa
deuda irreal, fantástica, fabulosa, quimérica. La gente compra lotería porque
piensa que tiene derecho a que le toque, porque se lo merece, porque llevamos
dentro un vacío extraordinario del que alguien debería hacerse cargo.
Todo eso ocurre, por ejemplo, un miércoles. El jueves, sin embargo, me doy
cuenta de que no hay forma de tapar ese agujero existencial y pienso que no es
bueno andar con la maldita idea de la deuda por la calle, ni en el metro, ni en
el autobús, ni en los trenes o en los aviones en los que me desplazo de un
sitio a otro para ganarme la vida. Te crea mala sangre esa obsesión, te la
envenena. Ahora mismo a mi lado, en el metro de Madrid, a la altura de la
estación de Ciudad Lineal, una mujer está diciéndole a alguien por el móvil que
ese alguien le ha roto el corazón. De ahí han nacido estas palabras mías, de
esa escucha. Y es la tercera vez que me lo rompen este año, ha añadido la mujer
con un sollozo.
Le han roto el corazón tres veces en un año, y aún queda tiempo para que
se lo rompan otras dos, u otras diez, u otras veinte, quizá más. Me dan ganas
de preguntarle cuántas veces lo ha roto ella, tal vez lleve la cuenta en un
cuaderno de contabilidad como los de mi colección. Pero también es cierto que
hay gente buena, ingenua que no ha dejado ningún cadáver a su paso, que no
traicionó amistad alguna, que cumplió siempre su palabra. Hay personas así, a las
que el mundo sin embargo trata mal y que no saben defenderse. O que prefieren
no hacerlo. Esta mujer podría ser una de ellas.
¿Y yo?
Juan José Millás
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