consternado

El espanto, de Juan José Millás, se publico en la columna de la contraportada de El país el viernes pasado. Me lo envió Rq a las 10 de la mañana de ese día. Yo lo leí unas 12 horas después donde trabajo. No daba crédito.

Léanme con piedad. No soy más que un pobre texto periodístico precipitándome en caída libre hacia el final de la hoja como por el hueco de un ascensor mal mantenido. Caigo y caigo desplegando, a modo de alas, adjetivos que suavicen el golpe, extendiendo oraciones subordinadas que actúen de colchón para las principales. Ni idea de si estoy ya en la cuarta, en la quinta o en la sexta línea porque dejé hace un rato de contar. Y no por falta de tiempo, porque el tiempo, en las situaciones límite, se estira de tal modo que nos permite observarlo todo a cámara lenta. De hecho, no veo el momento de alcanzar el final del primer párrafo, si el texto que les habla lo tuviera, para tomar un poco de aire en él. Los finales de párrafo son un respiro, un punto y aparte, casi como volver a empezar el descenso hacia la oscuridad del significado, cuando lo hay, o de la mera forma si el texto es muy experimental. Pero caigo y caigo, además de hacia el fondo, hacia el olvido. En el olvido, tarde o temprano, nos encontramos casi todos los textos como pedazos de automóviles en el desguace. Cuando los lectores te abandonan, se acelera la velocidad de la caída y aumenta la intensidad del pánico. Soy un texto sombrío, escrito a las tres de la madrugada por un tipo insomne que quizá tenga problemas económicos, o familiares, o mentales, no lo sé, los textos no sabemos nada de nuestros creadores como los hombres, pese a la Teología, no saben nada de Dios. Hay quien niega la autoría como hay quien niega a Dios. Pero el autor existe, puedo certificarlo, porque se desliza por el hueco del ascensor conmigo, abrazado a mí, lleno de espanto. A punto ya de rompernos la crisma contra el suelo, deja colgado el texto, me abandona, y regresa a la cama.



la 14 y la 15 de gracia

La retirada de la selección de Juan Carlos Navarro ha marcado las últimas horas de la competición. Es normal por el tremendo impacto que ha tenido en nuestro básket desde el fantástico campeonato del mundo junior ganado en Lisboa. Mucha admiración por un jugador sin un gran físico pero con una gran técnica y que fue capaz de marcar diferencias durante muchos años al máximo nivel. La gran generación del 80 —aunque parece que Pau aún no ha dicho su última palabra— está llegando al final del camino. Es ley de vida, como ha dicho el propio Navarro. Su impulso a nuestro baloncesto es muy grande y creo que va a servir para que los que vienen detrás, aunque con menos talento, sigan en una buena línea competitiva en el futuro. Sin ellos seguramente la selección será menos favorita. Entonces se verá todavía mejor el tremendo legado que deja la mejor generación de nuestra historia.

hasta hubiera trabajado

Buscaban rancheras, encontraron una y de ahí saltaron directamente a la calle del olvido, con ese entendimiento profundo de qué es un ranchera. Cantaban en una esquina del bar, mesa de madera desvencijada de por medio, cigarrillo en la mano queriendo encenderse y bebida sobre el tapete. Destilaban complicidad y dolor de heridas añosas, ingredientes imprescindibles para adentrarse en según qué mundos musicales.
Enrique era un devoto de las rancheras y en muchas de sus composiciones pop subyacen esas tonadas y esos contenidos. La publicaron en un álbum al que dio nombre en el 89, con Enrique con 29 años.
Por momentos tuve la sensación de que me estaban dando la banda sonora de mis últimos días. El alcohol y la emoción es lo que tienen, pienso hoy, sereno.
En fin, K., que me alegro mucho de haberte acompañado en tu aniversario de medio siglo. No es asunto baladí.








Ahora que todo acabó y que el tiempo te ha vencido, 
y tu amigo te dejó dices que cuentas conmigo. 

Como tienes el valor, yo que siempre me he dolido 
de recordar lo que fue y lo que pudo haber sido. 

Por la calle del olvido vagan tu sombra y la mía, 
cada una en una acera por las cosas de la vida. 

Por la calle del olvido donde nunca brilla el día, 
condenados a una noche tan oscura como fría. 

No sabes lo que luché para no soñar contigo 
y no quieres entender que por fin lo he conseguido. 

Yo estaba dispuesto a todo para tenerte conmigo 
hasta hubiera trabajado, y te fuiste con mi amigo. 

Por la calle del olvido vagan tu sombra y la mía, 
cada una en una acera por las cosas de la vida. 

Por la calle del olvido donde nunca brilla el día, 
condenados a una noche tan oscura como fría.

tornados

Ni hecho aposta el camino de los adoquines amarillos. El jueves pasado en el Doré, con quien debía de ser para la circularidad, mientras otras siguen su curso en la ciudad que me vio nacer. 
Más allá de la psicotropía lo de Frank Baum, Fleming y compañía. Judy ya me dolía a sus diez y algo.
No es de extrañar lo de la quinta
Abrumado por los tornados.


se nos fue el de Utrera



Se me va 
este amor que he ido amasando
con mis manos se me va
Se me va
lo que tanto tiempo yo he querido tanto 
se me va.

No hay razon 
que yo pierda en un momento
lo que tanto me costó
no hay razón
que se vaya de mis manos 
y en un soplo tanto amor.

Y se me va 
como el agua que se escurre entre mis manos
se me va
como el aire que no puedo sujetarlo
como el tiempo que implacable va pasando
como el humo tu cariño se me va

Se me va 
y no puedo ya luchar por retenerlo
este amor que en realidad se ha ido muriendo
y por eso de mis manos se me va

Donde irán 
esos días de alegría que pasamos donde irán
donde irán
esas miles de caricias que inventamos 
donde irán

Yo lo se
que en la vida nunca hay nada para siempre
ahora lo se
pero fue tan bonito así quererte
que ahora me cuesta perder.

elija no

Instrucción 4

Dígale adiós en un aeropuerto (o en una estación de tren, o de autobuses). Después, camine hacia la salida y no se dé vuelta. Repase los últimos rastros de su olor en la memoria (recuerde el último beso). Pregúntese si ella se habrá dado vuelta. Dese vuelta. Vea cómo ella ya ha desaparecido. Camine hacia la salida. Sienta una opresión en el pecho. Piense: “Si esto fuera una película, yo debería correr hacia ella y ella debería estar corriendo hacia mí”. Siga caminando; esto no es una película y usted no tiene tiempo que perder: debe empezar a sufrir. Sufra. Diga: “Hola, aquí está el dolor”. Diga: “Hola, bienvenido dolor”. Sepa que sentirá eso durante mucho tiempo. Pregúntese si va a soportarlo. No encuentre respuesta. Camine hacia la calle. Encienda un cigarrillo. Sienta náuseas. Piense: “El tiempo pasó demasiado rápido”. Sienta que sería capaz de recordar todos los días que pasaron juntos, hora tras hora. No lo haga: déjelo para después, para cuando su ausencia se vuelva insoportable. Camine hasta el auto. Meta la llave en la cerradura. Abra la puerta. Piense: “Hace media hora estábamos aquí”. Respire el aire de la cabina. Mire el asiento trasero, donde hasta hace poco estaba la valija. Sienta cómo cada poro de su cuerpo se abre como una boca llagada. Pregúntese qué estará haciendo ella ahora. Pregúntese si pensará en usted. Pregúntese cuándo va a volver a verla. Pregúntese si volverá a verla. Suba al auto. Ponga el auto en marcha. Salga del estacionamiento. Respire. Mírese en el espejo retrovisor. No se reconozca. Piense: “Ese no soy yo”. Diga en voz alta: “Te necesito”. Diga en voz alta: “Te extraño”. Maldígase. Sienta que nada tiene sentido y que no lo tendrá por mucho tiempo. Piense en morir. Elija no morir. Siga adelante.


Leila Guerriero

una cuarta por ser parroquia extraña

cuarta funeral
1. f. Derecho que tiene la parroquia a una parte de todas las
obvenciones y emolumentos del funeral y misas de un feligrés
suyocelebrados en iglesia extraña.

obvención
Del lat. obventio, -ōnis 'ganancia, lucro'.
1. f. Utilidad, fija o eventual, además del sueldo que se disfruta. U. m. en pl.

emolumento
Del lat. emolumentum 'utilidad', 'retribución'.
1. m. Remuneración adicional que corresponde a un cargo o empleo. U. m. en pl.


caminos amarillos a los que se les dice adiós

Terminé la quinta temporada. Sólo por entender estos cuatro minutos que siguen merecen la pena. Pero entender tiene un precio, el de recorrer el camino de los adoquines amarillos entre otros.
Maravilloso espectáculo.



When are you gonna come down
When are you going to land
I should have stayed on the farm
I should have listened to my old man

You know you can't hold me forever
I didn't sign up with you
I'm not a present for your friends to open
This boy's too young to be singing the blues

So goodbye yellow brick road
Where the dogs of society howl
You can't plant me in your penthouse
I'm going back to my plough

Back to the howling old owl in the woods
Hunting the horny back toad
Oh I've finally decided my future lies
Beyond the yellow brick road

What do you think you'll do then
I bet that'll shoot down your plane
It'll take you a couple of vodka and tonics
To set you on your feet again

Maybe you'll get a replacement
There's plenty like me to be found
Mongrels who ain't got a penny
Sniffing for tidbits like you on the ground

So goodbye yellow brick road
Where the dogs of society howl
You can't plant me in your penthouse
I'm going back to my plough

Back to the howling old owl in the woods
Hunting the horny back toad
Oh I've finally decided my future lies
Beyond the yellow brick road




desde Grecia con amor

anagnórisis
Del gr. ἀναγνώρισις anagnṓrisis 'acción de reconocer'.
1. f. Ret. Reencuentro y reconocimiento de dos personajes a los
que el tiempo y las circunstancias han separado.
2. f. Reconocimiento de la identidad de un personaje por otro u
otros.

palingenesia
Del lat. mediev. palingenesia, y este del gr. παλιγγενεσία palingenesía.
1. f. Regeneración, renacimiento de los seres.

Para más madera, aquí y aquí.

los restos de la noche

La llamada

Temprano, en la mañana, la llamada.
Tal vez es el teléfono que avisa
y me levanto a ciegas,
tentando el despertar sin ver su rostro.

Tropiezo en los residuos de la víspera,
cuanto hay de ayer en hoy me sale al paso,
y con torpeza y sumisión recojo
la llamada en el alba, tan temprana.

«Quién es, quién, quién.»
                          Silencio.
Alguien dice mi nombre y calla luego.
El despertar se rompe en nueva sombra.
«Quién, quién –repito–, quién tan pronto.»

En mil pedazos salta la mañana.

Desde el umbral me llega, tibia y sola,
la voz de la mujer envuelta en sueño,
caída aún en la última caricia
(«quién era, quién, quién era...»).

                                   Se deshacen
lentamente la luz y las palabras,
la voz de la mujer resbala lejos,
muy lejos, más allá
que la otra voz –allá– de la llamada.

José Ángel Valente

Acerca del poema aquí hay para dejar de tomar drogas.

nunca estuvo esto tan solo

Por fin llueve el agua contenida durante estos días.
Se oye aparato eléctrico.
Dormí ocho horas seguidas.
No me extraña lo de Roberto en el bar, malherido o no.

VERSOS DE JUAN RAMÓN

Malherido en un bar que podía ser o podía no ser mi victoria,
como un charro mexicano de finos bigotes negros
y traje de paño con recamados de plata, sentencié
sin mayores reflexiones la pena de la lengua española. No hay
poeta mayor que Juan Ramón Jiménez, dije, ni versos más altos
en la lírica goda del siglo XX que estos que a continuación recito:
Mare, me jeché arena zobre la quemaúra.
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca
ejtubo esto tan zolo! Laj yama me comían,
mare, y yo te yamaba, y tú nunca benía!
Después permanecí en silencio, hundido de quijada en mis fantasmas,
pensando en Juan Ramón y pensando en las islas que se hinchan,
que se juntan, que se separan.
Como un charro mexicano del infierno, dijo horas o días más tarde
la mujer con la que vivía. Es posible.
Como un charro mexicano de carbón
entre la legión de inocentes. 

Roberto Bolaño

LA CARBONERILLA QUEMADA 

En la siesta de julio, ascua violenta y ciega, 
prendió el horno las ropas de la niña. La arena 
quemaba cual con fiebre; dolían las cigarras; 
el cielo era igual que de plata calcinada. 

...Con la tarde, volvió –¡anda, potro!– la madre. 

El pinar se reía. El cielo era de esmalte 
violeta. La brisa renovaba la vida...   

La niña, rosa y negra, moría en carne viva. 
Todo le lastimaba. El roce de los besos, 
el roce de los ojos, el aire alegre y bello: 
— «Mare, me jeché arena zobre la quemaúra. 
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca 
ejtubo ejto tan zolo! Laj yama me comían, 
mare, y yo te yamaba, y tú nunca benía!» 
    
Por el camino –¡largo! –, sobre el potrillo rojo, 
murió la niña. Abiertos, espantados, sus ojos 
eran como raíces secas de las estrellas. 
La brisa jugueteaba, ensombrecida y fresca. 
Corría el agua por el lado del camino. 
Ondulaba la yerba. Trotaban los pollinos, 
oyendo ya los gritos de los niños del pueblo...     

Dios estaba bañándose en su azul de luceros.

Juan Ramón Jiménez

la inhumana belleza de las bestias

Algún día seremos su banquete

Hay bestias que nos siguen el rastro
y saben oír el crujir de las hojas
bajo nuestros pies,
a millas de distancia.
Distinguirán el sonido
de nuestros pasos pequeños,
por más que nos creamos tan descalzos.

Si por casualidad o por cansancio
aflojamos la mandíbula,
distendemos del todo los pulmones,
la inhumana belleza de las bestias
acabará con nosotros,
dejando un rastro gris
de rocas y ceniza.

Por eso
rechinarán mis dientes
hasta el último instante,
contraeré cada músculo,
mi cuerpo entero será nuestro vigía.
No dejaremos que nos venzan
aunque no quepa duda:
algún día, mi amor,
seremos su banquete.

Olalla Castro Hernández