según Brueghel

Landscape with the fall of Icarus

According to Brueghel
when Icarus fell
it was spring

a farmer was ploughing
his field
the whole pageantry

of the year was
awake tingling
near

the edge of the sea
concerned
with itself

sweating in the sun
that melted
the wings' wax

unsignificantly
off the coast
there was

a splash quite unnoticed
it was
Icarus drowning.

William Carlos Williams

El dichoso cuadro de Brueghel, con Ícaro en situación comprometida, lo tenéis con muy buena resolución aquí.

Paisaje con la Caída de Ícaro

Según Brueghel
cuando Ícaro cayó
era primavera

un labrador araba
su campo
todo el esplendor

del año estaba
despierto
hormigueando

al borde del mar
ocupado
en sus asuntos

sudando al sol
que derritió
la cera de las alas

algo insignificante
cerca de la costa
hubo

un chapoteo casi inadvertido
era
Ícaro ahogándose.

Traducción de Jordi Doce

una antigua inclinación humana por confundir

Unos cuantos extractos de Jaime y un poema suyo que hace tiempo que portaba  en mi mochila. En la emocional.

"El problema en mí se agrava porque soy todo menos espontáneo; existe un hiato intelectual que percibo demasiado bien entre el que me siento siendo y el que me siento ser y comportarse. Este es un simulacro tan calculado y deliberado del otro, una imitación falsa de tanta falsedad que el original acaba por resultarme también sospechoso. Más o menos como si Narciso se disfrazara de sí mismo para poseerse, lo que entra ya en el dominio de las fantasmagorías eróticas fetichistas: la satisfacción es imposible y la autodegradación inevitable."
Retrato de un artista, J. G. B.

"A qué la máscara y el disfraz cuando sólo se habla de uno mismo".
J. G. B. Prólogo. Quatro Quartets. De T. S. Eliot.

RIBERA DE LOS ALISOS

Los pinos son más viejos.
                                         Sendero abajo,
sucias de arena y rozaduras
igual que mis rodillas cuando niño,
asoman las raíces.
Y allá en el fondo el río entre los álamos
completa como siempre este paisaje
que yo quiero en el mundo,
mientras que me devuelve su recuerdo
entre los más primeros de mi vida.

Un pequeño rincón en el mapa de España
que me sé de memoria, porque fue mi reino.
Podría imaginar
que no ha pasado el tiempo,
lo mismo que a seis años, a esa edad
en que el dormir descansa verdaderamente,
con los ojos cerrados
y despierto en la cama, las mañanas de invierno,
imaginaba un día del verano anterior.
                                                            Con el olor
profundo de los pinos.
Pero están estos cambios apenas perceptibles,
en las raíces, o en el sendero mismo,
que me fuerzan a veces a deshacer lo andado.
Están estos recuerdos, que sirven
nada más para morir conmigo.

Por lo menos la vida en el colegio
era un indicio de lo que es la vida.
Y sin embargo, son estas imágenes
—una noche a caballo, el nacimiento
terriblemente impuro de la luna,
o la visión del río apareciéndose
hace ya muchos años, en un mes de septiembre,
la exaltación y el miedo de estar solo
cuando va a atardecer—,
antes que otras ningunas,
las que vuelven y tienen un sentido
que no sé bien cuál es.
                                    La intensidad
de un fogonazo, puede que solamente,
y también una antigua inclinación humana
por confundir belleza y significación.

Imágenes hermosas de una historia
que no es toda la historia.
Demasiado me acuerdo de los meses de octubre,
de las vueltas a casa ya de noche, cantando,
con el viento de otoño cortándonos los labios,
y de la excitación en el salón de arriba
junto al fuego encendido, cuando eran familiares
el ritmo de la casa y el de las estaciones,
la dulzura de un orden artificioso y rústico,
como los personajes
en el papel de la pared.

Sueño de los mayores, todo aquello.
Sueño de su nostalgia de otra vida más noble,
de otra edad exaltándoles
hacia una eternidad de grandes fincas,
más allá de su miedo a morir ellos solos.
Así fui, desde niño, acostumbrado
al ejercicio de la irrealidad,
y todavía, en la melancolía
que de entonces me queda,
hay rencor de conciencia engañada,
resentimiento demasiado vivo
que ni el silencio y la soledad lo calman,
aunque acaso también algo más hondo
traigan al corazón.
                              Como el latido
de los pinares, al pararse el viento,
que se preparan para oscurecer.

Algo que ya no es casi sentimiento,
una disposición
de afinidad profunda
con la naturaleza y con los hombres,
que hasta la idea de morir parece
bella y tranquila. Igual que este lugar.

Jaime Gil de Biedma

comienzo de andadura

He empezado a colaborar con un periódico digital murciano, El pajarito, escribiendo artículos de opinión. Hasta que tenga claro cómo me van a archivar los artículos, los enlazaré directamente desde aquí. Este es el primero. 

recogiendo hogares

tronera.
(De trueno).
1. f. Abertura en el costado de un buque, en el parapeto de una muralla o en el espaldón de una batería, para disparar con seguridad y acierto los cañones.
2. f. Ventana pequeña y angosta por donde entra escasamente la luz.
3. f. Juguete de papel plegado de modo que, al sacudirlo con fuerza, por la parte recogida sale detonando.
4. f. En las mesas de trucos y de billar, cada uno de los agujeros o aberturas para que por ellos entren las bolas.
5. f. coloq. El Salv. y Ven. Hueco o agujero grande.

6. com. coloq. Persona de vida disipada y libertina.

tratado de pérdidas



Yo tenía un botón sin ojal, un gusano de seda,
medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,
una hispano olivetti con caries, un tren con retraso,
un carné del Atleti, una cara de culo de vaso,
un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,
una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,
una bici diabética, un cúmulo, un cirro, una strato,
un camello del rey Baltasar, una gata sin gato,
mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy, las damas primero,
mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros,
mi Tintín, mi yo-yo, mi azulete, mi siete de copas,
el zaguán donde te desnudé sin quitarte la ropa.
Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,
una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera,
no sabía que la primavera duraba un segundo,
yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.
Les presento a mi abuelo bastardo, a mi esposa soltera,
al padrino que me apadrinó en la legión extranjera,
a mi hermano gemelo, patrón de la merca ambulante,
a Simbad el marino que tuvo un sobrino cantante,
al putón de mi prima Carlota y su perro salchicha,
a mi chupa de cota de mallas contra la desdicha,
mariposas que cazan en sueños los niños con granos
cuando sueñan que abrazan a Venus de Milo sin manos.
Me libré de los tontos por ciento, del cuento del bisnes,
dando clases en una academia de cantos de cisne,
con Simón de Cirene hice un tour por el monte Calvario,
¿qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?
Frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera,
si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera,
heredé una botella de ron de un clochard moribundo,
olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo.
Nunca pude cantar de un tirón
la canción de las babas del mar, del relámpago en vena,
de las lágrimas para llorar cuando valga la pena,
de la página encinta en el vientre de un bloc trotamundos,
de la gota de tinta en el himno de los iracundos.
Yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.

de opiniones

Por mucho que hayáis desertado de una creencia religiosa o política, conservaréis la tenacidad y la intolerancia que os habían incitado a adoptarla. Seguiréis siendo furibundos, pero vuestro furor se dirigirá contra la creencia abandonada; el fanatismo, inseparable de vuestra esencia, persistirá en ella independientemente de las convicciones que podáis defender o rechazar. El fondo, vuestro fondo, continuará siendo el mismo, y no será cambiando de opiniones como lograréis modificarlo.

E. M. Cioran


bolsas de basura y un Durero

VIDAS REBELDES

"Ningún camino de flores conduce a la gloria"
Jean de la Fontaine

Cuando era más joven pensaba que ser libre era ser libre
algo así como no tener obligaciones ni compromisos,
nada por lo que vivir, nada por lo que morir
rebelde sin causas conocidas.
Años más tarde descubrí que alguien
tenía que tirar la basura todas las noche,
porque la vida y la casa empezaban a oler mal,
como huele uno cuando crítica todo cuanto no es.
Años más tarde descubrí entre la basura que tiraba
el dulce aroma de mi propio hogar
tu ropa sucia, mis fotografías
los juguetes viejos de los niños
y esa llave que nunca supe lo que abría,
pero ya había perdido la casa
y tuve que reconstruir la esperanza
mucho más lejos de dónde estaba calculado.
Ahora, cuando cada noche salgo a la calle con mi bolsa de basura
y aprovecho el paseo para encender ese cigarrillo que despierta
los perros de los vecinos
y los veo en sus casitas encendidas consumir la vida,
me doy cuenta que en la oscuridad
era más fácil ser libre.

LA SOLEDAD DEL LECTOR

No tengo aspecto de ir matando gente
con un fusil recortado,
ni tengo aspecto de trabajar veintidós horas al día
para el señor Kyoto o el señor Shapiro.
Yo no tengo la culpa de tus problemas con el cabello
ni tengo nada que ver con las doscientas parejas protegidas
de monos azules que clavan sus cabezas en el lodo
cuando ven aparecer la luna llena.
He intentado sin embargo convencerme una y otra vez
de mi utilidad cotidiana
como si fuera un brujo invocando a las tinieblas
la llegada de las lluvias.
Todas las mañanas, todas las malditas mañanas
como un orangután frente a un Durero
me sentaba frente a la máquina de escribir
y contemplaba el dolor de mi vacío
en la tristeza del papel.
He vuelto a preguntarme si en verdad nada tuve que ver
con el deceso de los bufones en la edad media
o si por algún casual hundí el Maine
o conspiré tal vez con Rasputín,
pero en el fondo sé que sólo son preguntas para distraer
mi verdadero problema
mi tragedia infinita con las ideas
mi tozudez de corazón obstinado
y mal dotado para las bellas artes.
Habría podido escribir sobre la guerra
sobre el horror y la tortura
sobre la soledad de los diferentes,
pero nada hay más trágico ni grotesco para el alma
que ser consciente del ridículo
en el lugar y el momento preciso.

Uberto Stabile

en busca del sol perdido

in vitro
hace mucho, demasiado
que la luz de las diez de la mañana de la vida
no se me aparece
quizá se haya extinguido
como el alca imperial
el oso del atlas y el sapo dorado
también dorada, amarilla
era la luz sobre la tapia verde
alguien guarda células del delfín de río
esperando, quizá
un mundo más razonable para insuflarles vida
pero, ¿quien guarda células
del sol de la infancia?
Isabel Bono

desde el archipiélago

Map of the New World: I. Archipelagoes

At the end of this sentence, rain will begin.
At the rain's edge, a sail.
Slowly the sail will lose sight of islands;
into a mist will go the belief in harbours
of an entire race.
The ten-years war is finished.
Helen's hair, a grey cloud.
Troy, a white ashpit
by the drizzling sea.
The drizzle tightens like the strings of a harp.
A man with clouded eyes picks up the rain
and plucks the first line of the Odyssey.

Mapa del Nuevo Mundo: I. Archipiélagos

Al final de esta frase, empezará a llover.
Y al filo de la lluvia, una vela.

Lentamente la vela perderá de vista las islas;
La creencia en los puertos de toda una raza
Se perderá entre la niebla.

La guerra de los diez años ha terminado.
El pelo de Helena, una nube gris.
Troya, un foso de ceniza blanca
Junto al mar donde llovizna.

La lluvia se tensa como las cuerdas de un arpa.
Un hombre con los ojos nublados la toca con los dedos
Y tañe el primer verso de La Odisea.

Derek Walcott. Traducción de José Carlos Llop.

las emes y las enes

Decir la verdad es imposible; o es nefanda o es inefable. (María Zambrano)
inefable.
(Del lat. ineffabĭlis, indecible).
1. adj. Que no se puede explicar con palabras.
nefando, da.
(Del lat. nefandus).
1. adj. Indigno, torpe, de que no se puede hablar sin repugnancia u horror.
pecado nefando
1. m. El de sodomía.

¿qué es el paraíso?

Crusoe in England

A new volcano has erupted,
the papers say, and last week I was reading   
where some ship saw an island being born:   
at first a breath of steam, ten miles away;   
and then a black fleck—basalt, probably—
rose in the mate’s binoculars
and caught on the horizon like a fly.
They named it. But my poor old island’s still   
un-rediscovered, un-renamable.
None of the books has ever got it right.

Well, I had fifty-two
miserable, small volcanoes I could climb   
with a few slithery strides—
volcanoes dead as ash heaps.
I used to sit on the edge of the highest one   
and count the others standing up,
naked and leaden, with their heads blown off.   
I’d think that if they were the size   
I thought volcanoes should be, then I had   
become a giant;
and if I had become a giant,
I couldn’t bear to think what size   
the goats and turtles were,
or the gulls, or the overlapping rollers   
—a glittering hexagon of rollers   
closing and closing in, but never quite,   
glittering and glittering, though the sky   
was mostly overcast.

My island seemed to be
a sort of cloud-dump. All the hemisphere’s   
left-over clouds arrived and hung
above the craters—their parched throats   
were hot to touch.
Was that why it rained so much?
And why sometimes the whole place hissed?   
The turtles lumbered by, high-domed,   
hissing like teakettles.
(And I’d have given years, or taken a few,   
for any sort of kettle, of course.)
The folds of lava, running out to sea,
would hiss. I’d turn. And then they’d prove   
to be more turtles.
The beaches were all lava, variegated,   
black, red, and white, and gray;
the marbled colors made a fine display.   
And I had waterspouts. Oh,
half a dozen at a time, far out,
they’d come and go, advancing and retreating,   
their heads in cloud, their feet in moving patches   
of scuffed-up white.
Glass chimneys, flexible, attenuated,   
sacerdotal beings of glass ... I watched   
the water spiral up in them like smoke.   
Beautiful, yes, but not much company.

I often gave way to self-pity.
“Do I deserve this? I suppose I must.
I wouldn’t be here otherwise. Was there   
a moment when I actually chose this?
I don’t remember, but there could have been.”   
What’s wrong about self-pity, anyway?
With my legs dangling down familiarly   
over a crater’s edge, I told myself
“Pity should begin at home.” So the more   
pity I felt, the more I felt at home.

The sun set in the sea; the same odd sun   
rose from the sea,
and there was one of it and one of me.   
The island had one kind of everything:   
one tree snail, a bright violet-blue
with a thin shell, crept over everything,   
over the one variety of tree,
a sooty, scrub affair.
Snail shells lay under these in drifts   
and, at a distance,
you’d swear that they were beds of irises.   
There was one kind of berry, a dark red.   
I tried it, one by one, and hours apart.   
Sub-acid, and not bad, no ill effects;   
and so I made home-brew. I’d drink   
the awful, fizzy, stinging stuff
that went straight to my head
and play my home-made flute
(I think it had the weirdest scale on earth)   
and, dizzy, whoop and dance among the goats.   
Home-made, home-made! But aren’t we all?   
I felt a deep affection for
the smallest of my island industries.   
No, not exactly, since the smallest was   
a miserable philosophy.

Because I didn’t know enough.
Why didn’t I know enough of something?   
Greek drama or astronomy? The books   
I’d read were full of blanks;
the poems—well, I tried
reciting to my iris-beds,
“They flash upon that inward eye,
which is the bliss ...” The bliss of what?   
One of the first things that I did
when I got back was look it up.

The island smelled of goat and guano.   
The goats were white, so were the gulls,   
and both too tame, or else they thought   
I was a goat, too, or a gull.
Baa, baa, baa and shriek, shriek, shriek,
baa ... shriek ... baa ... I still can’t shake   
them from my ears; they’re hurting now.
The questioning shrieks, the equivocal replies   
over a ground of hissing rain
and hissing, ambulating turtles
got on my nerves.
When all the gulls flew up at once, they sounded
like a big tree in a strong wind, its leaves.   
I’d shut my eyes and think about a tree,   
an oak, say, with real shade, somewhere.   
I’d heard of cattle getting island-sick.   
I thought the goats were.
One billy-goat would stand on the volcano
I’d christened Mont d’Espoir or Mount Despair
(I’d time enough to play with names),   
and bleat and bleat, and sniff the air.   
I’d grab his beard and look at him.   
His pupils, horizontal, narrowed up
and expressed nothing, or a little malice.   
I got so tired of the very colors!   
One day I dyed a baby goat bright red   
with my red berries, just to see   
something a little different.
And then his mother wouldn’t recognize him.

Dreams were the worst. Of course I dreamed of food
and love, but they were pleasant rather
than otherwise. But then I’d dream of things   
like slitting a baby’s throat, mistaking it   
for a baby goat. I’d have
nightmares of other islands
stretching away from mine, infinities   
of islands, islands spawning islands,   
like frogs’ eggs turning into polliwogs   
of islands, knowing that I had to live   
on each and every one, eventually,   
for ages, registering their flora,   
their fauna, their geography.

Just when I thought I couldn’t stand it   
another minute longer, Friday came.   
(Accounts of that have everything all wrong.)   
Friday was nice.
Friday was nice, and we were friends.   
If only he had been a woman!
I wanted to propagate my kind,   
and so did he, I think, poor boy.
He’d pet the baby goats sometimes,
and race with them, or carry one around.   
—Pretty to watch; he had a pretty body.

And then one day they came and took us off.

Now I live here, another island,
that doesn’t seem like one, but who decides?
My blood was full of them; my brain   
bred islands. But that archipelago
has petered out. I’m old.
I’m bored, too, drinking my real tea,   
surrounded by uninteresting lumber.
The knife there on the shelf—
it reeked of meaning, like a crucifix.
It lived. How many years did I   
beg it, implore it, not to break?
I knew each nick and scratch by heart,
the bluish blade, the broken tip,
the lines of wood-grain on the handle ...
Now it won’t look at me at all.   
The living soul has dribbled away.   
My eyes rest on it and pass on.

The local museum’s asked me to
leave everything to them:
the flute, the knife, the shrivelled shoes,
my shedding goatskin trousers
(moths have got in the fur),
the parasol that took me such a time   
remembering the way the ribs should go.
It still will work but, folded up,
looks like a plucked and skinny fowl.
How can anyone want such things?
—And Friday, my dear Friday, died of measles
seventeen years ago come March.

Elizabeth Bishop

Crusoe en Inglaterra

Un nuevo volcán entró en erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada estaba leyendo
dónde un barco vio nacer una isla:
primero una nube de vapor, a diez millas;
luego una mota negra –probablemente basalto–
surgió en los binoculares del oficial de cubierta
y se fijó en el horizonte como una mosca.
La nombraron. Pero mi pobre isla todavía sigue
in-redescubierta, in-renombrada.
Ninguno de los libros ha acertado.
Bueno, yo tenía cincuenta y dos
miserables, pequeños volcanes que podía escalar
con unas pocas zancadas resbalosas –
volcanes muertos como pilas de ceniza.
Solía sentarme al borde del más alto
y contar los otros que seguían en pie,
desnudos y plomizos, con sus cabezas voladas.
Pensaba que si eran del tamaño
que yo pensaba que los volcanes debían ser, me había
convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no podía soportar pensar en el tamaño de
las cabras y tortugas,
o las gaviotas, o las olas sucesivas
– un hexágono brillante de olas
cercándome, cercándome, pero sin cerrarse,
brillando y brillando, aunque el cielo
solía estar nublado.
Mi isla parecía ser
una especie de vertedero de nubes. Todas las nubes
desechadas del hemisferio venían a juntarse
sobre los cráteres – sus gargantas resecas
se sentían calientes al tocarlas.
¿Por eso entonces llovería tanto?
¿Por eso a veces todo el lugar siseaba?
Las tortugas avanzaban con sus altos domos a cuestas,
silbando como teteras.
(Y yo habría dado, o aceptado, algunos años
a cambio de una tetera de cualquier tipo, por supuesto.)
Los pliegues de lava, extendiéndose hacia el mar,
siseaban. Yo miraba hacía otro lado. Pero luego
me daba cuenta de que eran tortugas.
Las playas eran todas de lava, en varios tipos:
negra, roja, y blanca, y gris:
los colores jaspeados se veían bien.
Y tenía trombas marinas. Sí,
de a docenas, lejos,
iban y venían, avanzaban y retrocedían,
la cabeza en una nube, los pies en parches movedizos
o rasguños blancos.
Chimeneas de vidrio, flexible, atenuadas,
seres sacerdotales de vidrio… Vi
como el agua ascendía por ellos en espiral como humo.
Hermoso, sí, pero no muy buena compañía.
A menudo sentí compasión de mí mismo.
“¿Me merezco esto? Debe ser que sí, supongo.
Si no, no estaría aquí. ¿Hubo
un momento en que de hecho escogí esto?
No me acuerdo, pero puede ser.”
¿Qué tiene de malo, en todo caso, la autocompasión?
Balanceando mis piernas confiadamente
al borde de un cráter, me dije.
“La compasión empieza por casa.” Así que mientras más
compasión sentía, más me sentía en casa.
El sol se ponía
y salía del mar,
era uno solo, y yo también.
En la isla todos estaban de a uno:
un caracol de árbol, azul-violeta brillante
con una caparazón delgada, reptaba por todas partes,
sobre la única variedad de árbol,
una cuestión hollinosa como matorral.
Debajo de ellos, se amontonaban conchas de caracol,
y desde lejos
uno juraría que eran macizos de lirios.
Había un tipo de baya, rojo oscuro.
Las probé, de a una, con un intervalo de horas.
No muy ácidas, y nada malas, sin efectos nocivos;
así que fermenté un licor. Me tomaba
esa pócima pésima, hedionda y burbujeante,
que se me iba directo a la cabeza
tocaba mi flauta casera
(creo que tenía la escala más rara de la tierra)
y, mareado, gritaba y bailaba entre las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿no lo somos todos?
Sentía un afecto profundo por
la más pequeña de mis industrias insulares.
No, no exactamente, la más pequeña era
una filosofía miserable.
Porque no sabía suficiente,
¿por qué no sabía suficiente de algo?
¿Drama griego, astronomía? Los libros
que había leído estaban llenos de huecos;
los poemas – bueno, traté de recitarle a mis lirios,
“Resplandecen en el ojo interno,
que es el goce…” ¿El goce de qué?
Una de las primeras cosas que hice
cuando volví fue mirarlo en el diccionario.
La isla olía a cabras y guano.
Las cabras eran blancas, también las gaviotas,
y ambas mansas, o bien pensaban
que yo era también una cabra, o una gaviota.
Baa, baa, baa y criii criii, criii
baa…criii…baa
…todavía no puedo sacarme
ese sonido de los oídos; me duelen ahora.
Los gritos interrogantes, las réplicas equívocas
con una base de lluvia siseante,
siseante, las tortugas ambulantes
me sacaban de quicio.
Cuando todas las gaviotas
se echaban a volar al mismo tiempo, sonaban
como un árbol enorme en el viento, sus hojas.
Cerraba mis ojos y pensaba en un árbol,
un roble, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído que el ganado puede enfermarse
por estar en una isla.
Me parecía que las cabras lo estaban.
Un macho cabrío subía al volcán
al que había bautizado como Mont d’Espoir o Mount Despair
(tenía tiempo para juegos de palabras),
y balaba sin parar, y olisqueaba el aire.
Lo tomaba de la barba y lo miraba.
Sus pupilas, horizontales, se estrechaban
sin expresar nada, o un poco de malevolencia.
¡Hasta los colores me cansaban tanto!
Un día teñí a una cabrita de rojo brillante
con mis bayas rojas, sólo para ver algo distinto.
Y luego su mamá no la reconocía.
Los sueños eran lo peor. Por supuesto que soñaba con comida
y amor, pero eran agradables más que
otra cosa. Pero luego soñaba con cosas
como cortarle el pescuezo a una guagua, confundiéndolo
con un cabrito. Tenía
pesadillas con otras islas
que se extendían lejos de la mía, una infinidad
de islas, islas y más islas,
como huevos de rana vueltos renacuajos
de islas, sabiendo que tendría que vivir
en cada una de ellas, eventualmente,
por siglos, registrando su flora,
su fauna, su geografía.
Justo cuando pensé que no podría soportarlo
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Los relatos de eso están completamente equivocados.)
Viernes era amable.
Viernes era amable, y fuimos amigos.
¡Si sólo hubiera sido una mujer!
Quería tener descendencia,
y él también, creo. Pobre.
A veces regaloneaba a los cabritos,
y corría con ellos, o los llevaba en brazos.
- Me gustaba mirarlo, tenía un hermoso cuerpo.
Y entonces un día vinieron y nos sacaron de ahí.
Ahora vivo aquí, en otra isla,
que no parece serlo, pero ¿quién decide?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se extinguió. Estoy viejo.
Estoy aburrido, también, tomando té de verdad,
rodeado de cachivaches que no me interesan.
El cuchillo ahí en la estantería –
olía a sentido, como un crucifijo.
Sobrevivió. ¿Por cuántos años
le pedí, le imploré que no se rompiera?
Conocía cada mella y rasguño de memoria,
la hoja azulosa, la punta rota,
las vetas de madera en el mango…
Ahora ni me mira.
Su alma se ha escabullido.
Mis ojos descansan en él y siguen su curso.
El museo local me pidió
que les dejara todo:
la flauta, el cuchillo, los zapatos ajados,
mis pantalones desharrapados de cuero de cabra
(la piel se llenó de polillas),
la sombrilla que me tomó tanto tiempo
para acordarme de cómo iban las varas.
Todavía funciona, pero, cerrada,
se ve como un ave de corral flaca y desplumada.
¿Cómo puede alguien querer estas cosas?
Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
en marzo harán diecisiete años.

El Robinson de Elizabeth se puede escuchar aquí, leído por ella misma -impagable-. La traducción la he encontrado aquí e imagino que es del propio Fernando Pérez.