Pues tanto Carlos, de manera más apasionada, como Yago, más analítica, lo han expuesto. Tan apabullante visualmente como alejada del concepto que todos añoramos.
Quizás duele menos porque era una derrota esperada.
-¿Para qué sirve un poeta? -El poeta tiene que ver con el verbo ver, con el verbo sentir y con el verbo escribir. El poeta sirve... como unas gafas, para que veas, hijo mío, para que veas.
Sale caro ser poeta
Sale caro, señores, ser
poeta.
La gente va y se acuesta tan tranquila
-que después del trabajo da buen sueño-.
Trabajo como esclavo llego a casa,
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede.
La duda me acribilla todo espanta ;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
-escribiendo me da la madrugada-.
Y luego los amigos me organizan recitales,
a los que acudo y leo como tonta,
y la gente no sabe de esto nada.
Que me dejo la linfa en lo que escribo,
me caigo de la rama de la rima
asalto las trincheras de la angustia
me nombran su héroe los fantasmas,
me cuesta respirar cuando termino.
Sale caro señores ser poeta.
Yo vivía allí y veía lo que escribe Javier, lo que rueda Ruy. Por momentos pensé que la insania se había apoderado de mi mirada. Reconforta leer a Javier, volver a ver a Ruy y que la mirada, no dejando de ver, ya no ocasione los desperfectos que ocasionó.
Brutal y sucia; húmeda y hedionda.
Con fiebre, más.
Los grandes thrillers y el mejor cine negro siempre dicen más sobre la sociedad en la que se desenvuelven que sobre el caso en sí. Su complejidad y su genio residen en los subtextos y su radiografía social, nunca en la trama o la intriga. Los asesinos en serie, y en la magnífica Que Dios nos perdone lo hay, son productos de una época y un ambiente, y acaban conformando un retrato ético de un colectivo; aquí, de un tiempo de soledad y amargura, de violencia y cochambre, de inmundicia física y decrepitud moral. Que el criminal de la película mate y viole viejas solitarias en el centro de Madrid no es baladí, es un estado de la cuestión.
El retrato que Rodrigo Sorogoyen ha compuesto de la capital en la tan fascinante como atroz Que Dios nos perdone es descorazonador en lo social. Y muy real para cualquiera que haya vivido aquí y tenga un mínimo sentido de la observación. Una ciudad de desconchones y humedades, de papel pintado roído y persianas rotas, de mugre en las calles y en las entrañas, un universo de pecado que pulula desde el título hasta el interior de buena parte de los personajes.
Y estos extractos, en esta entrevista publicada en el semanal del pasado fin de semana. Aunque hablando de asuntos distintos, la base es la misma.
Pues aquí y ahora no parece estar muy de moda escuchar… No nos han enseñado a escuchar. En las escuelas hay cursos de cómo hablar en público, pero no de cómo escuchar. Hay conversaciones que consisten en que solo estamos esperando a que el otro acabe para soltar lo que ya teníamos preparado. Se establecen diálogos de besugos que hacen que la gente no se entienda.
(...) Yo sigo el Método Balint, que sirve para entender al otro porque no hay prisa, porque nadie juzga. Juzgar hace un daño terrible. Estamos juzgando todo el tiempo a todo el mundo, sin pruebas. Y dictamos sentencias, lo cual cierra ya toda posibilidad de seguir tratando de entender a esa persona.
Lo no dicho. A menudo, mucho más importante que lo dicho, ¿no? En un equipo de trabajo, lo peor es lo no dicho, eso sí que es complicado de gestionar. Todo lo dicho, por duro que sea, se puede gestionar.
Se diría que ocurre lo mismo en las rupturas amorosas. Exactamente. “Yo pensé, yo ya vi que, aquello no me gustó… Yo ya sabía que tú…”. ¿Y por qué no me lo decías? El peor regalo que le puedes hacer a tu pareja es no decir cómo te sientes y no escuchar cómo se siente. Es la base. Pero vivimos en una sociedad en la que mostrar tus sentimientos equivale a ser vulnerable. Y no es verdad, es ser más fuerte.
Oxidadas tengo las bisagras de mis ojos
de tanto llanto llano;
se me van empequeñeciendo estas niñas,
que ayer me miraban alegres
desde el fondo del espejo;
desde el fondo de la botella
me miran taciturnas
las pasadas horas felices.
¡No me basta el pasado!
¡No quiero que se pase!
Y el pasado me pisa y me posa
y al final me posee, como una amante religiosa.
También había un ángel inocente
saltando a la comba con una culebra.
Todo esto acabo de verlo
en el fondo del fondo
de la botella.
Algunas veces vuelo y otras veces me arrastro demasiado a ras del suelo, algunas madrugadas me desvelo y ando como un gato en celo patrullando la ciudad en busca de una gatita, a esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar, cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar. Algunas veces vivo y otras veces la vida se me va con lo que escribo; algunas veces busco un adjetivo inspirado y posesivo que te arañe el corazón; luego arrojo mi mensaje, se lo lleva de equipaje una botella…, al mar de tu incomprensión. No quiero hacerte chantaje, sólo quiero regalarte una canción. Y algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la luna y le hablo de esa amante inoportuna que se llama soledad. Algunas veces gano y otras veces pongo un circo y me crecen los enanos; algunas veces doy con un gusano en la fruta del manzano prohibido del padre Adán; o duermo y dejo la puerta de mi habitación abierta por si acaso se te ocurre regresar; más raro fue aquel verano que no paró de nevar. Y algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la luna y le hablo de esa amante inoportuna que se llama soledad.
Vuelvo a don Francisco, a Leocadia, a Rosarillo, al saturnismo, a las paredes de su quinta. Se me pasan las horas con él, sus circunstancias y su obra. Esta vez me asomo con detenimiento al cartón de un tapiz, antes de que la salud empezara a torcérsele. Es extraño el cartón: esos colores contando lo que cuenta; quizás esa era la gracia, el contraste entre la escena y el amable contexto de fondo.
Por hoy no será igual y no pondré la letra, tan ñoña y azucarada, tan almibarada como casi todas las letras de amor de estos clásicos. Tan certeras y afinadas bajo su capa de sacarosa.
Yo sé que me amaste once upon a time a summertime, creo que podría decir casi todo el mundo. Y que robábamos besos en cada café. Y que eras dulce, tanto o más que las flores que veíamos abrirse por las mañanas. Y que llega el invierno, y que pasará, y que el verano volverá y un día como aquel, de nuevo en verano, me vendrán estos recuerdos. Yo lo sé.
El espanto, de Juan José Millás, se publico en la columna de la
contraportada de El país el viernes pasado. Me lo envió Rq a las 10 de la
mañana de ese día. Yo lo leí unas 12 horas después donde trabajo. No daba crédito.
Léanme con piedad. No soy más que
un pobre texto periodístico precipitándome en caída libre hacia el final de la
hoja como por el hueco de un ascensor mal mantenido. Caigo y caigo desplegando,
a modo de alas, adjetivos que suavicen el golpe, extendiendo oraciones
subordinadas que actúen de colchón para las principales. Ni idea de si estoy ya
en la cuarta, en la quinta o en la sexta línea porque dejé hace un rato de
contar. Y no por falta de tiempo, porque el tiempo, en las situaciones límite,
se estira de tal modo que nos permite observarlo todo a cámara lenta. De hecho,
no veo el momento de alcanzar el final del primer párrafo, si el texto que les
habla lo tuviera, para tomar un poco de aire en él. Los finales de párrafo son
un respiro, un punto y aparte, casi como volver a empezar el descenso hacia la
oscuridad del significado, cuando lo hay, o de la mera forma si el texto es muy
experimental. Pero caigo y caigo, además de hacia el fondo, hacia el olvido. En
el olvido, tarde o temprano, nos encontramos casi todos los textos como pedazos
de automóviles en el desguace. Cuando los lectores te abandonan, se acelera la
velocidad de la caída y aumenta la intensidad del pánico. Soy un texto sombrío,
escrito a las tres de la madrugada por un tipo insomne que quizá tenga
problemas económicos, o familiares, o mentales, no lo sé, los textos no sabemos
nada de nuestros creadores como los hombres, pese a la Teología, no saben nada
de Dios. Hay quien niega la autoría como hay quien niega a Dios. Pero el autor
existe, puedo certificarlo, porque se desliza por el hueco del ascensor
conmigo, abrazado a mí, lleno de espanto. A punto ya de rompernos la crisma
contra el suelo, deja colgado el texto, me abandona, y regresa a la cama.
La retirada de la selección de Juan Carlos Navarro ha marcado las últimas horas de la competición. Es normal por el tremendo impacto que ha tenido en nuestro básket desde el fantástico campeonato del mundo junior ganado en Lisboa. Mucha admiración por un jugador sin un gran físico pero con una gran técnica y que fue capaz de marcar diferencias durante muchos años al máximo nivel. La gran generación del 80 —aunque parece que Pau aún no ha dicho su última palabra— está llegando al final del camino. Es ley de vida, como ha dicho el propio Navarro. Su impulso a nuestro baloncesto es muy grande y creo que va a servir para que los que vienen detrás, aunque con menos talento, sigan en una buena línea competitiva en el futuro. Sin ellos seguramente la selección será menos favorita. Entonces se verá todavía mejor el tremendo legado que deja la mejor generación de nuestra historia.
Buscaban rancheras, encontraron una y de ahí saltaron directamente a la calle del olvido, con ese entendimiento profundo de qué es un ranchera. Cantaban en una esquina del bar, mesa de madera desvencijada de por medio, cigarrillo en la mano queriendo encenderse y bebida sobre el tapete. Destilaban complicidad y dolor de heridas añosas, ingredientes imprescindibles para adentrarse en según qué mundos musicales.
Enrique era un devoto de las rancheras y en muchas de sus composiciones pop subyacen esas tonadas y esos contenidos. La publicaron en un álbum al que dio nombre en el 89, con Enrique con 29 años.
Por momentos tuve la sensación de que me estaban dando la banda sonora de mis últimos días. El alcohol y la emoción es lo que tienen, pienso hoy, sereno.
En fin, K., que me alegro mucho de haberte acompañado en tu aniversario de medio siglo. No es asunto baladí.
Ahora que todo acabó y que el tiempo te ha vencido, y tu amigo te dejó dices que cuentas conmigo.
Como tienes el valor, yo que siempre me he dolido de recordar lo que fue y lo que pudo haber sido.
Por la calle del olvido vagan tu sombra y la mía, cada una en una acera por las cosas de la vida.
Por la calle del olvido donde nunca brilla el día, condenados a una noche tan oscura como fría.
No sabes lo que luché para no soñar contigo y no quieres entender que por fin lo he conseguido.
Yo estaba dispuesto a todo para tenerte conmigo hasta hubiera trabajado, y te fuiste con mi amigo.
Por la calle del olvido vagan tu sombra y la mía, cada una en una acera por las cosas de la vida.
Por la calle del olvido donde nunca brilla el día, condenados a una noche tan oscura como fría.