vibrante

retiñir
 

Del lat. retinnīre 'resonar'.

Conjug. c. mullir.

1. intr. Dicho del metal o del cristalDar sonido vibrante.


certo che cambierà


Ovviamente qualcosa cambia certo che cambierà se ti butti in mare il mare cambierà. Es milagroso: me acabo de olvidar de ti. Por una vez lo acabo de hacer. Por una vez lo acabo de hacer. Claro que va a cambiar: si te tiras al mar, va a cambiar el mar. Ojalá esto vaya a acabar en un accidente que me haga olvidar que tú no vienes. Tú no vienes. Qué otra cosa te puedo pedir nunca me digas que te acuerdas de mí. Tú no vienes. Tú no vienes. No me preocupa, me gusta sufrir. Sólo me pasa lo que veo venir y tú no vienes. Tú no vienes. Yo sí vengo y me dejo llevar a dar un paseo por tu mundo ideal ¿qué más quieres? ¿qué más quieres? Yo no quiero nada que contar tampoco me apetece otro bonito final ¿tú quién eres? ¿tú quién eres? Si aborreces todo lo normal, si apesta el sol y huele mal el mar, tú no vienes. Tú no vienes. Caramelle non ne voglio più.

como si acabaran de salir de un naufragio

Cuando bajaba del avión en Arlanda la semana anterior, se sintió vagamente triste, pero al mismo tiempo aliviado por no estar y a en un país donde en todo momento le vigilaban; tal era el sentimiento, que en un arrebato de espontaneidad quiso conversar con la controladora de pasaportes al introducir el suyo por debajo del cristal. « Me alegro de estar en casa» , le dijo, pero ella se limitó a dirigirle una furtiva mirada de asco y le devolvió el pasaporte sin abrirlo siquiera.

«Esto es Suecia —pensó—. En la superficie todo es limpio y bonito, y nuestros aeropuertos están construidos para que la suciedad y las sombras no puedan adherirse a ningún sitio. Aquí todo es transparente, todo es como dice ser. Nuestra religión y nuestra mezquina esperanza nacional es el bienestar, un bienestar inscrito en la Constitución, que proclama al mundo que en Suecia es un crimen morir de hambre. Los suecos no hablamos con desconocidos si no es absolutamente imprescindible, porque lo desconocido puede hacernos daño, ensuciar nuestros rincones y apagar las luces de neón. Jamás construimos imperio alguno, por lo que nunca tuvimos que ver cómo sucumbía, pero nos convencimos de haber creado el mejor de los mundos, aunque fuera pequeño: nos habían confiado la vigilancia de la entrada al paraíso, y ahora que la fiesta se ha acabado, nos vengamos teniendo la policía de aduanas más antipática del mundo» .

La pesadumbre sustituyó casi de inmediato a la sensación de alivio que acababa de experimentar. En el mundo de Kurt Wallander, en ese paraíso y a en parte desmantelado, no había cabida para Baiba Liepa. No podía imaginársela aquí, con toda esa claridad, con todas las luces de neón funcionando sin fundirse, a pesar de ser tan ilusorias. Y, sin embargo, y a empezaba a añorarla; mientras arrastraba la maleta por el largo pasillo similar al de una cárcel hacia la nueva terminal de tráfico nacional, en la que debía esperar su vuelo a Malmö, empezó a soñar con volver a Riga, la ciudad en que los perros invisibles le habían vigilado.

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Una mañana, al despertarse, se creyó enfermo.

Acudió al médico de la policía y le hicieron un chequeo minucioso. El médico le encontró bien, pero le sugirió que vigilara el peso. Llegó de Riga un miércoles y el sábado se fue a Åhus a cenar y bailar. Tras unos cuantos bailes, le invitaron a unirse a una mesa en la que había una fisioterapeuta de Kristianstadt llamada Ellen, pero incesantemente se le aparecía la cara de Baiba Liepa; le seguía como una sombra, por lo que se retiró temprano a casa. Tomó el camino de la costa y se detuvo ante el campo desierto donde todos los veranos se celebraban las ferias de Kivik, el mismo campo por donde había corrido como un loco el año anterior, pistola en mano, persiguiendo a un asesino. Ahora el campo estaba cubierto por una fina capa de nieve, la luna llena iluminaba el mar, y veía la cara de Baiba Liepa ante él, incapaz de apartarla de sus pensamientos. Continuó hasta Ystad y bebió hasta emborracharse en su apartamento; puso la música tan alta que los vecinos empezaron a golpear las paredes.
La mañana del domingo tenía palpitaciones, y se pasó el día entero esperando no sabía qué.

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La noche que pasaron en la iglesia fue un punto de inflexión en la existencia de Kurt Wallander. Hasta entonces había dedicado muy poco tiempo a reflexionar sobre su vida desde una vertiente existencial; solo en momentos dramáticos le atenazaba la fugacidad de la vida, cuando veía a personas asesinadas, niños muertos en accidentes de tráfico, o personas desesperadas que se habían suicidado; le daba escalofríos la brevedad de la vida, y el larguísimo tiempo que se estaba muerto. Pero tenía la suerte de poder apartar tales pensamientos de su cabeza. Para él, la vida consistía en algo práctico y no se fiaba de su talento para enriquecer su existencia con recetas filosóficas. Tampoco se había preocupado por la época que por casualidad le había tocado vivir. Nacías cuando nacías y morías cuando morías, más allá de eso no había contemplado las fronteras de la existencia. Sin embargo, aquella noche, junto a Baiba Liepa en la gélida iglesia tuvo que mirar con más profundidad que nunca dentro de sí mismo. Se dio cuenta de que el mundo casi no se asemejaba en nada a Suecia, y que sus propios problemas parecían insignificantes en comparación con la despiadada vida que marcaba a Baiba Liepa. Era como si, por primera vez, esa noche pudiera comprender la carnicería que acabó con Inese y los otros; lo irreal se convirtió en real. Los coroneles existían, el sargento Zids disparaba balas asesinas con armas reales, armas que reventaban los corazones y en un instante podían crear un universo desierto. Pensó en la insoportable tortura que debía de suponer vivir en un permanente estado de temor. « La era del miedo —pensó—. Ésta es mi época, y no lo he entendido hasta ahora, cuando y a estoy en la mitad de mi vida» .

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Había una manta en un armario enrollada debajo de una vieja mitra. Baiba la extendió en el suelo, y se tumbaron abrazados para mantener el calor, como si fuese la cosa más natural del mundo.

—Duerme —le susurró—. Yo solo necesito descansar. Me mantendré despierto, y cuando tengamos que irnos te despertaré.

Esperó un rato.

No le respondió.

Ya se había dormido.


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Wallander sintió una callada melancolía que no exteriorizó, y tuvo que reconocer que él pertenecía al grupo de las personas culinarias que poblaban la Tierra. No era de los soñadores. Un policía no podía dejar que le afectaran lossueños; él miraba hacia la tierra sucia y no hacia un cielo futuro. Sin embargo, no podía negar que había empezado a quererla, y precisamente eso era el origen de su melancolía. Con esa tristeza abandonaría la misión más extraña y peligrosa que jamás había vivido y esto le dolía mucho. Casi no reaccionó cuando le contó que encontraría su coche de vuelta en Estocolmo. Y empezó a sentir compasión de sí mismo.

Le preparó la cama en el sofá. Oía su tranquila respiración en el dormitorio. Pese a estar cansado, no podía dormir. Se levantó una y otra vez, caminó por el suelo frío y contempló la desierta calle en la que el may or había encontrado la muerte. No había rastro de las sombras, estaban enterradas junto a Putnis. Solo quedaba un gran vacío, triste y doloroso.

El día antes de marcharse fueron a visitar la tumba, sin inscripción alguna, en la que el coronel Putnis hizo enterrar a Inese y a los amigos de Baiba, y lloraron desconsoladamente. Wallander lloró como un niño abandonado, y por primera vez vio el mundo espantoso en el que vivía. Baiba había traído unas rosas heladas que puso encima del montón de tierra.

Wallander le entregó la copia del testamento del mayor, pero ella no quiso leerla mientras él aún estuviera allí.

Nevaba sobre Riga la mañana de su partida.

El propio Murniers le acompañó al aeropuerto. Baiba le abrazó en la puerta, se agarraron como si acabaran de salir de un naufragio, luego él se marchó.


Los perros de Riga, Henning Mankell.


hágios

hagioscopio

Adapt. del ingl. hagioscope, y este del gr. ἅγιος hágios 'santo' y -scope '-scopio'.

1.m.Arq. y Rel. Abertura o pequeña ventana hecha en la pared de una

iglesia, desde donde se puede ver el altar, especialmente la consagración.

fe mía

Cuesta creer que por azar servidor publique a esta señora en la misma fecha, dos años después. Eje León-Segovia. Redondo, seguro azar, que diría aquel.
Debe ser primavera: el campo está verde.

Durar

Yo pasaré y apenas habré sido,
-frágil destino de mi pobre arcilla.-

Hijo, cuando yo no exista,
tú serás mi carne, viva.
Verso, cuando yo no hable,
tú, mi palabra inextinta.

Ángela Aymerich Figuera

legómenon

jansenismo

De C. Jansen, 1585-1638, obispo flamenco, e -ismo.

1. m. Doctrina que exageraba las ideas de san Agustín acerca de la influencia de la gracia divina para obrar el biencon mengua de la libertad humana.

2. m. En el siglo XVIII, tendencia que propugnaba la autoridad de los obisposlas regalías de la Corona y la limitación del poder papal.

hápax

Del gr. ἅπαξ [λεγόμενον] hápax [legómenon] '[dicho] una sola vez'.

1. m. Ling. En lexicografía o en crítica textualvoz registrada una sola vez en una lenguaen un autor o en un texto.

amartelar
 

De a-1 y martelo.

1. tr. enamorar. U. m. c. prnl.

2. tr. desus. Dar celosEra u. t. c. prnl.

3. prnl. Dicho de los enamoradosAcaramelarse o ponerse muy cariñososU. m. en part.

a little dark question mark on the snow

 "I must go."
"I'll walk with you a bit of the way."
The dark was almost down: the snow had ceased for a while to fall: and the great statues of the Ring, the prancing horses, the chariots and the eagles, were gunshot grey with the end of evening light. "It's better to give up and forget," Anna said. The moony snow lay ankle deep on the unswept pavements.
"Will you give me the doctor's address?"
They stood in the shelter of a wall while she wrote it down for him.
"And yours too?"
"Why do you want that?"
"I might have news for you."
"There isn't any news that would do any good now." He watched her from a distance board her tram, bowing her head against the wind, a little dark question mark on the snow.

«Tengo que irme».
«Le acompañaré un poco».
Casi era de noche; la nieve había dejado de caer durante un rato y las grandes estatuas del Ring, los caballos corveteando, los carros y las águilas tenían el color gris acero como del final de la tarde.
«Es mejor dejarlo y olvidar», dijo Anna.
La nieve, iluminada por la luna, llegaba hasta los tobillos sobre el pavimento.
«¿Me dará las señas del médico?».
Permanecieron resguardados bajo un muro mientras ella le escribía la dirección.
«¿Y la suya?».
«¿Para qué la quiere?».
«Quizá pueda darle alguna noticia».
«Ninguna noticia serviría ya de nada».
La miró desde lejos subir a su tranvía, inclinando la cabeza contra el viento, como una oscura señal de interrogación sobre la nieve.

****************

Poor Crabbin... Poor all of us when you come to think of it.
Pobre Crabbin. Si lo piensa uno bien, pobres todos nosotros.
The third man. Graham Greene. Traducción de Barbara McShane y Javier Alfaya.

el XXX

When to the sessions of sweet silent thought

I summon up remembrance of things past,
I sigh the lack of many a thing I sought,
And with old woes new wail my dear time's waste:

Then can I drown an eye, unus'd to flow,
For precious friends hid in death's dateless night,
And weep afresh love's long since cancell'd woe,
And moan th' expense of many a vanish'd sight;

Then can I grieve at grievances foregone,
And heavily from woe to woe tell o'er
The sad account of fore-bemoaned moan,
Which I new pay as if not paid before.

But if the while I think on thee, dear friend,
All losses are restor'd, and sorrows end.

William Shakeaspeare



the law of life

"Is it well with you?" he asked.
And the old man answered, "It is well."
"There be wood beside you," the younger man continued, "and the fire burns bright. The morning is gray, and the cold has broken. It will snow presently. Even now is it snowing." 

No se quejaba. Así era la vida y aquello le parecía justo. Él había nacido junto a la tierra, y junto a ella había vivido: su ley no le era desconocida. Para todos los hijos de aquella madre la ley era la misma. La naturaleza no era muy bondadosa con los seres vivientes. No le preocupaba el individuo; sólo le interesaba la especie. Ésta era la mayor abstracción de que era capaz la mente bárbara del viejo Koskoosh, y se aferraba a ella firmemente. Por doquier veía ejemplos de ello. La subida de la savia, el verdor del capullo del sauce a punto de estallar, la caída de las hojas amarillentas: esto resumía todo el ciclo. Pero la naturaleza asignaba una misión al individuo. Si éste no la cumplía, tenía que morir. Si la cumplía, daba lo mismo: moría también. ¿Qué le importaba esto a ella? Eran muchos los que se inclinaban ante sus sabias leyes, y eran las leyes las que perduraban; no quienes las obedecían. La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos que él conoció de niño ya habían conocido a otros ancianos en su niñez. Esto demostraba que la tribu tenía vida propia, que subsistía porque todos sus miembros acataban las leyes de la naturaleza desde el pasado más remoto. Incluso aquellos de cuyas tumbas no quedaba recuerdo las habían obedecido. Ellos no contaban; eran simples episodios. Habían pasado como pasan las nubes por un cielo estival. Él también era un episodio y pasaría. ¡Qué importaba él a la naturaleza! Ella imponía una misión a la vida y le dictaba una ley: la misión de perpetuarse y la ley de morir.

El original, completo, está aquí. Traducido, aquí. Superlativo Jack London.

de la noche

conticinio

Del lat. conticinium.

1. m. p. us. Hora de la noche en que todo está en silencio.

de náyades

 La salvación

Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines de palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo -sin duda estaba pensando el tirano- es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?" Entonces un pájaro que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor descubrió la idea que lo salvaría. "Por humildes que sean -dijo indicando al pájaro-, hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros."

Adolfo Bioy Casares