Comencemos
por lo básico: se necesita una buena cita electoral. Una cita electoral
importante o incluso varias a un tiempo. Puestos a emitir un buen voto incluso
se pueden emitir dos y acertar en ambos. O no.
La
cita -o citas- electorales deben de tener enjundia, es decir deben de ser
capaces por si solas de cambiar una situación, de remover de su sillón a una
persona importante, a varias o incluso a muchas personas molestas y, si
me apuran, de poder cambiar las condiciones de vida de la mayoría de la
población. Si no es este el caso no merece la pena ni continuar leyendo esta
instrucción. Ejerciendo su libre albedrío quédese en casa o salga, siempre eso
si ajeno al alboroto electoral, y dedique su tiempo a la familia o a los
amigos.
Así se titula en relato corto que sigue. La peculiaridad que alberga, al menos para un servidor, es su fecha de escritura: diciembre de 1995. Como me imagino que le ocurre a Ángel F. Saura con sus fotografías que aparecen en este suplemento dominical, volver a aquello que se creó hace tiempo es una experiencia asombrosa. Es fácil que uno se reconozca en su trabajo tanto como se extrañe; que el recuerdo que tenga de su creación y las circunstancias que lo rodearon se asemeje al recuerdo de una película vista hace mucho tiempo, un recuerdo mitad olvidado, mitad inventado, más basado en sensaciones que en fotogramas. Yo creo recordar que por aquel entonces tenía un canario y que ella tenía veinte años.
No sabría decir cómo pero salió de la Tierra en dirección al espacio, camino de su viaje exterior; bueno, sí, fue con la imaginación y, sin embargo, era todo tan real como si estuviese ocurriendo a la manera convencional.
As I ate the
oysters with their strong taste of the sea and their faint metallic taste that
the cold white wine washed away, leaving only the sea taste and the succulent
texture, and as I drank their cold liquid from each shell and washed it down
with the crisp taste of the wine, I lost the empty feeling and began to be
happy and to make plans.
Comiendo las ostras con su fuerte sabor a mar y
su deje metálico que el vino blanco fresco limpiaba, dejando sólo el sabor a
mar y la pulpa sabrosa, y bebiendo el frío líquido de cada concha y perdiéndolo
en el neto sabor del vino, dejé atrás la sensación de vacío y empecé a ser
feliz y a hacer planes.
Ernest Hemingway. No sé de quién es la
traducción, lo lamento.
Entró anoche en mi correo, pero no la leí hasta
ahora con el café con leche, que hace las veces de ostras cada mañana. Gracias.
Si yo les dijera que en este nuestro país se acaba de celebrar la trigésimo segunda edición de EDITA, un festival internacional que reúne a poetas, editores y artistas, ¿ustedes que dirían? Que no es posible, es una posibilidad. Que es una reunión de barbudos marginales, chicas con faldas largas y pelos en las axilas y muchos aires grandilocuentes, otra. Que alguien, o mejor varios, llevan años cobrando comisiones bajo manga a costa de las subvenciones que recibe el evento, una más. Que debe de ser un desorden, un caos, un corro de fumetas, un canto a la gandulería bajo el paraguas de la desobediencia, un litroneo barato, un acostarse tarde para levantarse más tarde, un quince eme con algún libro editado a costa del erario público cantando la lírica del descontento y la épica del nihilismo.
Poco a poco el disco entero va apareciendo en mis cuadernos -aquí y aquí-. Un disco, por cierto, lleno de desesperanza y dolor cuando uno se pone a bucear en las letras y a tratar de comprender el sentido completo de la obra que presentaron allá por el '76. Esta que hoy abordo era la última de la cara A y la primera en una versión instrumental de la cara B. Esta última, reprise, me encanta. El tema, una descripción superlativa de una ruptura y las sensaciones que produce, tiene una letra de las mejores que un servidor ha escuchado acerca de la cosa, con un in crescendo final apoteósico y con frases -versos- magistrales: podría haber hecho tantas cosas...
Well baby, there you stand With your little head, down in your hand Oh, my God, you can't believe it's happening again Your baby's gone, and you're all alone and it looks like the end.
And you're back out on the street. And you're tryin' to remember. How will you start it over? You don't know what became. You don't care much for a stranger's touch, But you can't hold your man.
You never thought you'd be alone this far down the line And I know what's been on your mind You're afraid it's all been wasted time
The autumn leaves have got you thinking about the first time that you fell You didn't love the boy too much, no, no you just loved the boy to well, Farewell So you live from day to day, and you dream about tomorrow, oh. And the hours go by like minutes and the shadows come to stay So you take a little something to make them go away And I could have done so many things, baby If I could only stop my mind from wondrin' what I left behind and from worrying 'bout this wasted time
Ooh, another love has come and gone Ooh, and the years keep rushing on I remember what you told me before you went out on your own: 'Sometimes to keep it together, we got to leave it alone.' So you can get on with your search, baby, and I can get on with mine And maybe someday we will find, that it wasn't really wasted time Mm,hm Oh hoo, ooh, ohh, Ooh,ooh, mm
Voy a regresar al modo play de nuevo, tras la pausa de estas últimas dos semanas.
Esta canción que sigue tiene versiones para aburrir. Paradójicamente, para quien fue escrita no me convence en su interpretación. Sin embargo, estas dos que aporto son las que realmente me parecen magníficas. No son pájaros menores...
José Buenaparte está cansado de ver cómo sus hermanos han estudiado, han obtenido licenciaturas, máster, becas, cursos de postgrado, doctorados, han opositado y han llegado, como mucho, a conseguir una plaza de auxiliar administrativo o una interinidad en Jaén. José se emancipa con tres años de carrera en la Facultad de Económicas. Es un alumno excelente y sus notas son, el verano que abandona, estas: 10 sobresalientes, 5 notables y tres matrículas de honor (...)
Rompo el silencio de la pausa para anunciar que ya ha sido inaugurado el Dominical de El pajarito en el que colaboro. Lo iré recordando los domingos. El de este comienza así:
Este relato corto que sigue fue escrito en septiembre de 2005. Han pasado casi diez años y no nos hemos enterado. Es un tema muy manido el del paso del tiempo, pero ciertamente lo es por algo. Todo ocurre muy deprisa y muy denso...
Y se puede leer entero, el artículo y el resto del Dominical, aquí.
Los
primeros suicidios que sufrí en mi vida fueron emprendidos por Ramón Moix,
antes de catalanizar su nombre de pila a lo latino, y por Leopoldo María
Panero, y en ambos actuó de intercesora o reparadora Ana María, la hermana
menor de Terenci. Los tres han muerto, muchos años después de superar aquellos
impulsos juveniles y sobrevivir, luchando bravamente los hermanos Moix contra
el mal de los fumadores, y desmoronándose Leopoldo, sin dejar, hasta el último
aliento, de hacer resonar en muchos lectores incondicionales el timbre de su
incomparable voz. Con la desaparición de Ana María y Leopoldo, ocurrida en el
transcurso de una semana, se acaba además, si no me equivoco, la huella
genética de dos familias que marcan una época y a mí me hicieron distinto y mejor
de lo que era al conocerles.
Aunque me angustió sobre todo la primera
ingestión de barbitúricos,presencial(como se dice ahora) y teniendo yo 19
años, aquellos suicidas no querían llegar hasta el último confín de la muerte;
la desearon sin duda brevemente, por sufrimiento o desconsuelo, la creyeron
resolutoria, más que necesaria, y antes que nada la escenificaron para media
docena de espectadores a quienes iba dirigido el mensaje de su desespero. En un
interesante artículo escrito para la revista francesaLe Gai Pied,Michel
Foucault se ríe de la antigua asociación entre suicidio y homosexualidad (el
texto es de 1979) y habla más seriamente de la voluntad de quitarse la vida;
los que sobreviven, dice Foucault, “no ven en torno al suicidio […] más que soledad,
torpeza, llamadas sin respuesta”. Ramón Terenci y Leopoldo (y también Ana María
en su propio intento conocido por mí, a través de una agitada conferencia
telefónica, ella en Barcelona, yo en Madrid) debieron ver de cerca esa antesala
lóbrega que prefigura a la muerte; quizá por ello, acabado el periodo de sus
sacrificios incruentos, se aferraron los tres con lujuria, casi con avaricia, a
la vida.
De
mi generación, Leopoldo María era el genio que brillaba con mayor apresto, si
bien su incandescencia tuvo pronto alguna opacidad, algún apagón, que no le
impidieron escribir al menos tres de los libros mayores de la poesía novísima.
A sus 18 años, cuando nos encontramos por primera vez, ya no podía ser
literalmente precoz, pero su madre, Felicidad Blanc, tenía pruebas documentadas
de algo que precedía a la precocidad de ese segundo hijo; el deseo de darlas a
conocer se acentuó con las desdichas de aquél. Felicidad era una mujer de gran
capacidad fantástica, pero no creo que su buena educación le permitiese mentir
cuando, en su hermoso libro memorialEspejo de sombras(1979), reproduce un poema escrito por
Leopoldo María —el “poetiso” de la casa como gustaba de llamarse él mismo— a
los cinco años. Parece el poema póstumo de un niño dotado de misteriosos
poderes de anticipación, y que escribe versos como estos: “Yo me hallaba en la
tumba / echado con las piedras, yo / decía / Sacadme de la tumba pero / allí me
dejaron con los habitantes / de las cosas destruidas / que no eran ya más que /
cuatro mil esqueletos”.
Esa hoja de papel del hijo de cinco años
guardada por la madre tiene toda la truculencia, y también el don de la imagen
inesperada y convulsiva del autor deAsí se fundó Carnaby Street,el
primer libro suyo. Leopoldo María era un grafómano, y lo ha sido, por lo dado a
conocer, hasta el final, aunque hace tiempo que algunos dudaron de que todo lo
que publicaba bajo su nombre hubiera sido escrito por él. La leyenda, una de
las que le acompañarán siempre, es que recogía las palabras sueltas que sus
compañeros de internamiento clínico escribían en cualquier paquete de
cigarrillos o servilleta manchada, les daba elimprimátur paneriano y
las mandaba a algún editor complaciente.Así se fundó Carnaby Streetes de
1970, asimismo año de aparición de la antología de Castellet,Teoríadel
73,Narciso en el acorde último de
las flautasdel 79; son a mi entender los tres
grandes títulos de su obra, aunque el poeta siguió produciendo versos de
calidad extraordinaria por lo menos hasta la mitad de los años ochenta. El
libroPoesía 1970-1985que
editó Visor en 1986 es así el compendio más riguroso del escritor.
Dejamos de vernos por aquel entonces. No era
fácil seguirle en su desorden febril, ni tampoco sostener una conversación que
reprodujera la elocuencia dislocada, pero nunca intrascendente del Leopoldo
María joven. Una vez, debió de ser en 1988, siendo yo profesor de Filosofía del
Arte en la Universidad del País Vasco, los alumnos de los cursos superiores,
que le adoraban, lo trajeron desde el manicomio de Mondragón a dar una charla.
El aula magna de la desvencijada Facultad de Zorroaga (un antiguo asilo) estaba
llena hasta los topes cuando, al acabar las clases, quise escuchar a mi antiguo
amigo, el más íntimo que tuve entre los Novísimos. Me quedé de pie junto a la
puerta, no pudiendo pasar más allá por el gentío. Leopoldo iba por la mitad de
un discurso tan cautivador como ininteligible, que al verme aún lo fue más,
pues empezó a introducir alusiones crípticas, y sicalípticas algunas, que
descolocaron al alumnado. Salí entonces del aula, aunque al acabar su
intervención (los aplausos se oyeron por todo el caserón) tomamos unoszuritosen el
bar de la facultad, donde su risotada alcanzaba ecos de novela gótica. La risa
del ángel rebelde. No volví a verle de cerca ni a hablar con él hasta el mes de
octubre del 2012, cuando el festivalCosmopoéticahomenajeó en Córdoba a los Novísimos.
Ana María Moix ya no pudo venir, por sus problemas de salud, pero Leopoldo
María llegó desde Las Palmas —acompañado por una de las voluntarias protectoras
que los tres hermanos, es otro de los fascinantes enigmas de este linaje,
tuvieron siempre—, mostró su apremiante necesidad decoca-colas,ahora
que ya no tomaba alcohol, leyó inconexamente y dejó, al menos en mí, la
sensación de una majestad caída.
Hay una literatura de los Panero escrita por
ellos mismos que forma en conjunto un cuerpo artístico mucho más rico que el de
la leyenda o las glosas que los demás podamos hacer. Los dos libros, de
Felicidad Blanc, el editado por Argos Vergara y el de coleccionista (con 10
espléndidas litografías del pintor Juan Gomila), las cartas personales y los cuentos,
bastantes más de los publicados, del hermano pequeño Michi, la excelente poesía
de madurez de Juan Luis, y la obra completa, preferiblemente incompleta, de
Leopoldo María, que contra todo pronóstico, ha sido el último en morir. Desde
antes de cumplir los 20, y con los antecedentes infantiles mencionados,
Leopoldo María especulaba sobre la muerte, la cortejaba. A veces en esa
aproximación se mezclaba la imagen del padre, fallecido cuando él contaba 14
años.Glosa a un epitafio. Carta al
padre,es
uno de sus poemas capitales, en el que hay evocaciones y citas de Leopoldosenior,“irremediablemente
/ unidos por la muerte”, escribe Leopoldojunior.El poema es de finales de los setenta.
Yo no creo que Leopoldo María haya estado —volviendo al dictamen de Foucault
sobre los suicidas fallidos— en soledad, y mucho menos desoído, en el largo
tiempo de vida al borde de la locura que siguió a sus primeros deseos de
matarse. Solitario quizá sí se haya sentido en el interior de su cabeza, pero
no le ha faltado, ni le faltará en el futuro, la respuesta de quienes al leer
sus versos oyen su llamada.
Vicente Molina Foix en El País
el 29 de marzo de 2014.
1.m. Licencia que da la autoridad eclesiástica para imprimir un escrito.
Me encanta el símbolo habitual de pausa: este que les escribe va a hacer uso de él con este cuaderno. Como si de un periodo de silencio monacal se tratara.
El mensaje que da lugar a esta entrada entró a las 22.30 de ayer, pero yo no estaba ya para abordar el asunto, así que lo hago hoy con café con leche y chocolate. Hoy ya lunes. Me pregunto qué pensaría de los lunes Arturo. En realidad me pregunto si él tendría lunes. Imagino que no.
Siento especial fascinación por este hombre. Su foto más conocida es de 1871, donde él tendría unos 17 años; esa foto me recuerda a Roy Batty no por casualidad: la luz que ilumina dos veces...
La historia de cómo se gesta Una temporada en el infierno y de la edición para él mismo y poco más -de los cien, sólo seis no quedan en un sótano- es asombrosa. Londres, del hachís al opio, Verlaine, más opio, las horas en el British Museum, la mensaulidad de la madre de Verlaine, más opio, la escritura alucinada, ni un penique en el bolsillo, las clases particulares de francés, más opio, la reclusión final en la granja de Roche, ya en Francia, para poder darle forma a ese compendio de psicotropía y capacidad anticipatoria. Poco después dejaría de escribir. Para qué, le diría su subconsciente, si me he saltado siglos; luego ya se fue, primero a pie por Europa, luego al quinto pino como soldado y finalmente en el África negra, de mercader de lo que fuera, armas incluidas.
El extracto que hoy dejo pertenece al capítulo Alquimia del verbo.
Me
acostumbré a la alucinación sencilla: veía muy abiertamente una mezquita en
lugar de una fábrica, una escolanía de tambores integrada por ángeles, calesas
en los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; los monstruos, los
misterios; un título de vaudeville hacía que ante mí se alzaran espantos.
¡Luego
expliqué mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras!
Acabé
por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu. Estaba ocioso, presa de
pesada fiebre: envidiaba la beatitud de los animales, - las orugas, que
representan la inocencia de los limbos, los topos, ¡el sueño de la virginidad!
Se me agriaba el carácter. Decía adiós al mundo de una especie de romances:
Canción Desde La
Torre Más Alta
Que venga ya, que venga
el tiempo que enamore.
Tuve tanta paciencia,
que para siempre olvido;
miradas y sufrimientos
al cielo se marcharon.
Y la sed malsana
me oscurece las venas.
Que venga ya, que venga
el tiempo que enamore.
Igual la pradera
al olvido entregada,
agradada y florida
de incienso y cizaña,
ante el hosco zumbido
de las sucias moscas.
Que venga ya, que venga
el tiempo que enamore.
Amé
el desierto, los vergeles calcinados, las tiendas mustias, las bebidas
entibiadas. Me arrastraba por las callejas malolientes y, con los ojos
cerrados, me ofrecía al sol, dios del fuego.
"General,
si todavía asoma un viejo cañón por tus murallas en ruinas, bombardéanos con
bloques de tierra seca. ¡A las vidrieras de los espléndidos almacenes! ¡A los
salones! Haz que la ciudad se trague su propio polvo. Oxida las atarjeas. Llena
los camarines de arenilla de rubí ardiente…" ¡Oh! ¡El insecto beodo en el
meadero del albergue, enamorado de la borraja, y que un rayo disuelve!
Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud. Ramón Buenaventura
un
poema es una ciudad preguntando por qué a un reloj,
un
poema es una ciudad ardiendo,
un
poema es una ciudad bajo las armas
sus
barberías llenas de borrachos cínicos,
un
poema es una ciudad donde Dios cabalga desnudo
por
las calles como Lady Godiva,
donde
los perros ladran en la noche y persiguen
la
bandera; un poema es una ciudad de poetas,
muchos
de ellos muy similares
y
envidiosos y amargados...
un
poema es esta ciudad ahora,
a
50 millas de ninguna parte
a
las 9:09 de la mañana,
el
sabor a licor y cigarrillos,
sin
policía, sin amantes, caminando en las calles,
este
poema, esta ciudad, cerrando sus puertas,
fortificada,
casi vacía,
enlutada
sin lágrimas, envejecida sin pena,
las
montañas rocosas,
el
océano como una llama de lavanda,
una
luna carente de grandeza,
una
leve música de ventanas rotas...
un
poema es una ciudad, un poema es una nación,
un
poema es el mundo...
y
ahora pongo esto bajo el cristal
para
el loco escrutinio del editor
y
la noche está en cualquier lado
y
lánguidas damas grises se alinean
el
perro sigue al perro al estuario
las
trompetas anuncian los patíbulos
mientras
los hombrecillos deliran sobre cosas
que
no pueden hacer
Charles
Bukowski. Desconozco la autoría de la traducción.
Y esto que sigue es una prueba que voy a hacer leyendo algunos poemas durante un tiempo, a ver si me convence o no el resultado.
Me encontré este vídeo que me pareció que tenía su gracia:
a poem is a city filled with streets and sewers filled with saints, heroes, beggars, madmen, filled with banality and booze, filled with rain and thunder and periods of drought, a poem is a city at war, a poem is a city asking a clock why, a poem is a city burning, a poem is a city under guns its barbershops filled with cynical drunks, a poem is a city where God rides naked through the streets like Lady Godiva, where dogs bark at night, and chase away the flag; a poem is a city of poets, most of them quite similar and envious and bitter … a poem is this city now, 50 miles from nowhere, 9:09 in the morning, the taste of liquor and cigarettes, no police, no lovers, walking the streets, this poem, this city, closing its doors, barricaded, almost empty, mournful without tears, aging without pity, the hardrock mountains, the ocean like a lavender flame, a moon destitute of greatness, a small music from broken windows …
a poem is a city, a poem is a nation, a poem is the world …
and now I stick this under glass for the mad editor’s scrutiny, and night is elsewhere and faint gray ladies stand in line, dog follows dog to estuary, the trumpets bring on gallows as small men rant at things they cannot do.
Lady Godiva, de John Collier, a finales del XIX. Cómo no empatizar con el sastre Tom.
Esto que sigue me lo regalaron esta madrugada, entre ramas de apio y tomates. Un enorme regalo porque me volvió a recordar a esta familia tan peculiar, tan talentosa y tan, al menos aparentemente, poco dotada para la felicidad, valga la paradoja, porque la madre así se llamaba: Felicidad. Vamos con ello:
Es hora de recapitular las
hostias que me ha dado el mundo. Hoy querrán oír mi último adiós. Bien. Poco a
poco van llegando y yo los recibo en batín.
Y unos me llaman
chaval
y otros me dicen caballero.
Alguno no se ha querido pronunciar.
Yo una vez tuve un amor,
pero si he de ser sincero
dije “no” en el altar
y cuando digo no es no.
Fracasé una vez,
fracasé diez mil
y aun así alzo mi copa hacia el cielo
en un brindis por el hombre de hoy
y por lo bien que habita el mundo.
¡Mirad, las niñas van cantando!
(Niñas): Shalalaralalá…
Y no me habléis de
eternidad. No me habléis de cielos ni de infiernos más. ¿No veis que yo le rezo
a un dios que me prometió que cuando esto acabe no habrá nada más? Fue bastante
ya…
Nunca fui en nada el
mejor,
tampoco he sido un gran amante.
Más de una lo querrá atestiguar.
Pero si algo hay capital,
algo de veras importante,
es que me voy a morir
y cuando digo voy es voy.
Lo he pasado bien, y
casi conocí en
una ocasión a Michi Panero,
y es bastante más de lo que jamás
soñaríais en mil vidas.
¡Mirad, las niñas van cantando!
(Niñas): Shalalaralalá…
Dejadme preguntar:
¿Esto es el final? Y si es así, decid: ¿Me vais a extrañar? ¡Ah, veo que
asentís pero yo sé que no!
Qué lástima, no
dejaré
nadie a quien transmitir mi savia;
consideré insensato procrear.
Y diréis de mí que soy
un viejo verde y cascarrabias,
y diréis muy bien,
y cuando digo bien es bien.
¡Largo ya de aquí!
¿Qué queréis de mí?
¿Es mi alma o es mi dinero?
Si de uno carezco y la otra es
una anomalía en esta vida.
¡Mirad, las niñas van cantando!
(Niñas): Shalalaralalá…
¡Y unos me llaman
chaval, y otros me dicen caballero! ¡Alguno declinó mi oferta para hablar! ¡Yo
una vez tuve un gran amor, pero si os he de ser sincero dije “no” en el mismo
altar, y cuando digo no quiero decir que no!
He bebido bien, y
casi conocí en
una ocasión a Michi Panero,
y ahora brindo en paz por la humanidad
y por lo bien que habita el mundo.
¡Escuchad, os lo diré cantando!
(Viejo): Shalalaralalá…
Has…ta… nun…ca…
En la muerte de Michi Panero
Como si después de tanta muerte hubiera preferido no contarse ya entre los vivos, a unos días escasos de la terrible masacre de Madrid, ha muerto Michi Panero, el menor de los Panero. Hijo de poeta, hermano de poetas. Actor de dos películas sobre la vida familiar, actor de su propia vida, que, muchas veces, como nos sucede a todos, le parecía insuficiente. Insuficiente. Siempre es así. Sobre todo, cuando se ha conocido la felicidad, cuando se ha perdido. Éramos tan felices. Creo que ésta era la frase que Michi Panero repetía a lo largo de El desencanto, la película de Jaime Chávarri. 1976. La frase que, de pronto, causa un profundo dolor. Una frase que mira hacia atrás, que deja al presente desasistido y solitario. No, ya no somos felices. En l994, Ricardo Franco, que también ha muerto, hizo una nueva versión de El desencanto, una especie de continuación. Después de tantos años. ¿Eran tantos? No llegaban a veinte. Pero eran muchos, eran años que pesaban como plomo. Felicidad Blanch, la madre, ya ha muerto. La familia se ha disgregado. Curiosamente, aquel jovencito que en la película de Chávarri miraba hacia atrás con nostalgia, ese Michi de mirada risueña, un poco pícara, se ha convertido, prematuramente envejecido, en el bastión familiar. En su brazo se apoya su hermano Leopoldo María mientras caminan juntos por el sendero desdibujado del jardín de la vieja, abandonada, casa de Astorga, la casa del padre. El primero en morir. El que deja el legado de esa familia rota que decide exponer ante nuestros ojos las miserias de las difíciles relaciones humanas, de los lazos de la sangre. Enfermo, cansado, Michi Panero parecía al borde de la extenuación. Pero aún sonreía levemente, aún le brillaban un poco los ojos, en medio del polvo que habían dejado a su alrededor los años desencantados. En la película de Ricardo Franco y en la película de la vida. Michi era otro. Dejó radicalmente de beber. Empezó a escribir sus memorias. Sin acidez, decía, ¿qué sentido tiene la acidez? Ironía, sí, humor. Pero nada de reproches ni de acusaciones, nada de amargura. Eso me decía, mientras consumía un vaso tras otro de agua embotellada y miraba, sin asomo de nostalgia, mi cerveza o lo que fuere que estuviera bebiendo yo. No dejaba de parecerme heroico que Michi pudiera estar bebiendo agua mientras, a su alrededor, los demás consumíamos bebidas alcohólicas. Pero ese Michi, el que se crecía con el alcohol, el que nos hacía reír con sus comentarios punzantes, ya estaba lejos. Nuestra risa era ahora una risa tranquila. Seguía siendo un observador de la realidad. Cada vez más lejano. Pero la realidad aún le hería. Poco antes de marcharse a Astorga a pasar los dos últimos años de su vida, a morir en el último y modesto refugio que le quedaba, a morir solo, sin causar molestias a nadie, me comentó que se sentía muy dolido por algo que alguien, un conocido, había dicho de él. No importa qué. Hablamos de la maldad gratuita. Michi lo decía con sorpresa, con perplejidad. Ahí estaba el acento con que, en plena juventud, exclamaba, mirando hacia atrás, qué felices éramos. ¿Por qué perdimos la felicidad?, ¿por qué la gente es tan mala, mala en lo pequeño, mala de una forma absurda, mala como para dejar caer unas malas palabras sobre ti, mala como para querer causarte, cuando ya apenas te queda nada, un poco de daño? Pero todos causamos algo de daño a los demás, a fin de cuentas. A todos nos remuerde un poco la conciencia cuando juzgamos a los otros con intolerancia. A todos nos duele lo que no hicimos para ayudar a alguien, la mano que no dimos. En los últimos años de su vida, en aquellas conversaciones tranquilas alrededor de su vaso agua, Michi buscaba rescatar. Le propuse un título para sus memorias: Instantes de felicidad. Porque, cuando sus ojos eran atravesados por ráfagas de alegría de esa risa que, inesperadamente, nos sacude el cuerpo, yo sentía que volvía, aunque fuera con tanta fugacidad, un mínimo pedazo de esa dicha perdida. Estaba allí de nuevo, entre nosotros. ¿No buscamos eso todos? ¡Qué de cosas nos arrebata la muerte! Más que nunca, lo sabemos ahora. Entre tanta muerte, buscamos rescatar. Buscamos signos de vida, la felicidad de todas las vidas perdidas. Buscamos los fugaces momentos de alegría en que todo se recupera. Buscamos la forma de convertir la fugacidad en algo imperecedero. Michi, seguiremos intentándolo.
Soledad Puértolas en El País el 19 de marzo de 2004.
Por cierto: en Suiza, el apio es la causa principal de las reacciones anafilácticas.