En su
alcoba, a la sazón cuarto de estar, ya que la cama plegable estaba oculta en la
pared, Spade recogió el sombrerito y el abrigo de Brigid, acomodó a la chica en
una mecedora tapizada y llamó por teléfono al hotel Belvedere. Cairo no había
regresado del teatro. Spade dejó su número de teléfono y el encargo de que
Cairo llamase tan pronto como regresara.
Se sentó
en el sillón que había junto a la mesa, y sin exordio de ninguna clase, sin
frase alguna para comenzar, empezó a relatarle a la muchacha una cosa que le
había ocurrido unos años antes en el Noroeste.
Hablaba en
tono corriente, sin énfasis y sin pausas, aunque de vez en cuando repetía una
frase modificándola ligeramente, como si tuviera gran importancia que cada
detalle quedara relatado exactamente tal y como ocurrió.
Al
principio, Brigid estuvo escuchándole sin especial atención, evidentemente más
sorprendida de que Spade le estuviera contando aquello que interesada en lo que
narraba, y sintiendo más curiosidad por los motivos que tuviera Spade en contar
el relato que por la propia historia; pero luego, según fue desarrollándose el
cuento, pareció sentir mayor interés y permaneció inmóvil y escuchando con
atención.
Un hombre
llamado Flitcraft salió un día de su oficina de corredor de fincas para ir a
comer. Salió y jamás volvió. No acudió a una cita que tenía a las cuatro de la
tarde para jugar al golf, a pesar de que fue idea suya concertarla y de que lo
hizo solamente media hora antes de salir para comer. Su mujer y sus hijos nunca
más le volvieron a ver. El matrimonio parecía feliz. Tenía dos hijos, dos niños
varones, uno de cinco años y otro de tres. Flitcraft era dueño de su casa en un
buen barrio de las afueras de Tacoma, de un «Packard» nuevo y de los demás
lujos que denotan el éxito feliz de una vida en Estados Unidos.
Flitcraft había heredado 70.000 dólares de su padre, y el ejercicio de su profesión de corredor de fincas aumentó aún más su peculio, que ascendía a unos 200.000 dólares en el momento de su desaparición. Sus asuntos estaban en buen orden, aunque existían entre ellos algunos aún pendientes; el hecho de que no hubiera tratado de concluirlos era una clara prueba de que no había preparado su desaparición. Por ejemplo, un negocio que le hubiera supuesto un bonito beneficio iba a concluirse al día siguiente al de su desaparición. Nada indicaba que llevara encima más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de esfumarse. Sus costumbres, durante los últimos meses, eran lo suficientemente conocidas como para descartar cualquier sospecha de vicios ocultos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque tanto lo uno como lo otro cabía dentro de lo posible.
—Desapareció
—dijo Spade— como desaparece un puño cuando se abre la mano.
Llegaba a
este punto su relato cuando sonó el timbre del teléfono.
—¿Diga?
—dijo—. ¿Mister Cairo? Habla Spade... ¿Podría usted venir a mi casa, en la Post
Street, ahora? Sí, sí, creo que lo es —miró a la muchacha, frunció los labios y
añadió rápidamente—: Está aquí missO'Shaughnessy, que quisiera verle.
Brigid
O'Shaughnessy se rebulló en la mecedora, pero no dijo nada.
Dejó Spade
el teléfono y dijo:
—Vendrá dentro de unos minutos... Bueno, eso ocurrió en 1922. En 1927 yo estaba trabajando en una de las grandes agencias de detectives de Seattle. Un día se nos presentó mistress Flitcraft y nos dijo que alguien había visto en Spokane a un hombre que se parecía prodigiosamente a su marido. Fui allí. Y, efectivamente, era Flitcraft. Llevaba viviendo en Spokane un par de años bajo el nombre de Charles, nombre de pila, Pierce. Era propietario de un negocio de automóviles y tenía unos ingresos de veinte oveinticinco mil dólares al año, una esposa, un hijo de menos de un año y una buena casa en un buen barrio de las afueras de Spokane. Solía jugar al golf a las cuatro de la tarde durante la temporada.
Spade no
había recibido instrucciones acerca de la que debía hacer si encontraba a
Flitcraft. Estuvo charlando con él en la habitación del hotel Davenporth.
Flitcraft no sentía remordimientos de ninguna clase. Había dejado a su familia
en posición desahogada, y su conducta le parecía completamente razonable. Lo
único que parecía preocuparle era hacerlecomprender a Spade que, efectivamente,
se había conducido razonablemente. Nunca había contado a nadie todo aquello, y,
por tanto, hasta ahora no había necesitado explicar a ningún interlocutor que
su conducta había sido sensata. Y en ese momento estaba procurando hacerlo.
—Bueno, yo
le comprendí —dijo Spade a Brigid—, pero su mujer no.
Todo aquello le pareció estúpido. Puede que lo fuera. En cualquier caso, la cosa acabó bien. La mujer no quería escándalos; y después de la faena que él le había hecho -faena según ella-, no quería saber nada de Flitcraft. Así que se divorciaron discretamente y todo el mundo tan contento. Lo que le ocurrió a Flitcraft fue lo siguiente. Cuando salió a comer pasó por una casa aún en obras. Todavía estaban poniendo los andamios. Uno de los andamios cayó a la calle desde una altura de ocho o diez pisos y se estrelló en la acera. Le cayó bastante cerca; no llegó a tocarle, pero sí arrancó de la acera un pedazo de cemento que fue a darle en la mejilla. Aunque sólo le produjo una raspadura, todavía se le notaba la cicatriz cuando le vi. Al hablarme de ella se la acarició, se la acarició con cariño. Naturalmente, el susto que se llevó fue grande, me dijo; pero la verdad es que sintió más sorpresa que miedo. Me contó que fue como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo.
»Flitcraft
había sido un buen ciudadano, un buen marido y un buen padre, no porque
estuviera animado por un concepto del deber, sino sencillamente porque era un
hombre que se desenvolvía más a gusto estando de acuerdo con el ambiente. Le
habían educado así. La vida que conocía era algo limpio, bien ordenado, sensato
y de responsabilidad. Y ahora, una viga al caer le había demostrado que la vida
no es nada de eso.
Él, el
buen ciudadano, esposo y padre, podía ser quitado de en medio entre su oficina
y el restaurante por una viga caída de lo alto. Comprendió que los hombres
mueren así, por azar, y que viven sólo mientras el ciego azar los respeta.
»Lo que le conturbó no fue, primordialmente, la injusticia del hecho, pues lo aceptó una vez que se repuso del susto. Lo que le conturbó fue descubrir que al ordenar sensatamente su existencia se había apartado de la vida en lugar de ajustarse a ella. Me dijo que, tras caminar apenas veinte pasos desde el lugar en donde había caído la viga, comprendió que no disfrutaría nunca más de paz hasta que no se hubiese acostumbrado y ajustado a esa nueva visión de la vida. Para cuando acabó de comer ya había dado con el procedimiento de ajuste. Si una viga al caer accidentalmente podía acabar con su vida, entonces él cambiaría su vida, entregándola al azar, por el sencillo procedimiento de irse a otro lado. Me dijo que quería a su familia como los demás hombres quieren corrientemente a las suyas; pero le constaba que la dejaba en buena posición, y el amor que tenía por los suyos no era de la índole que hace dolorosa la ausencia.
—Se fue a Seattle —continuó Spade— aquella misma tarde, y desde allí a San Francisco. Anduvo vagando por aquella región durante un par de años, hasta que un día regresó al Noroeste, se estableció y se casó en Spokane. Su segunda mujer no se parecía a la primera físicamente, pero las diferencias entre ellas eran menores que sus semejanzas. Ya sabe usted, mujeres las dos, de esas que juegan decentemente al bridge y al golf y que son aficionadas a las nuevas recetas para preparar ensaladas. No lamentaba lo que había hecho. Le parecía razonable. No creo que nunca llegara a darse cuenta de que llevaba la misma clase de vida rutinaria de la que había huido al escapar de Tacoma. Y sin embargo, eso es lo que me gustó de la historia. Se acostumbró primero a la caída de vigas desde lo alto; y no cayeron más vigas; y entonces se acostumbró, se ajustó, a que no cayeran.
—Una historia subyugadora —dijo la muchacha. Se levantó de la mecedora y quedó delante y cerca de él. La mirada de sus ojos muy abiertos era penetrante—. No necesito decirle que, estando Cairo aquí, mi situaciónserá más que desfavorable si usted le escoge a él.
Spade
sonrió levemente con los labios juntos y asintió.
—No, no necesita decírmelo.
Dashiell Hammet, El halcón maltés.